Conocí a Vicente Martínez Carrillo allá por los años setenta. Apareció por el despacho de dirección de Información con las credenciales de un progresista de carné, una buena barba y un cartapacio con la programación de un homenaje « mundial» a Miguel Hernández, del cual me adelantó los pormenores en los términos apasionados con los que se entregaba, sin reservas, a las causas en las que creía.

Con ese mismo entusiasmo y determinación se volcó a la hora de aprovechar el mínimo resquicio que le permitiera cumplir un sueño: formar parte de la redacción del periódico de su tierra. Tenía tan claro el objetivo -y tan pocos anillos que perder- que no le importó que el abordaje se produjera en la categoría laboral de corrector de pruebas. Al poco tiempo, subió la escalera que llevaba a la redacción ya para quedarse allí.

Su pasión por este endiablado oficio, su dedicación y su talento profesional fueron los cimientos sobre los que edificó una notable carrera periodística que cuajó al ser nombrado director de su periódico en 1988 y allí permaneció tres años cuando pasó a integrarse en el equipo directivo de Editorial Prensa Ibérica en el área mediterránea, en un tiempo de frenética actividad y crecimiento de la envergadura de este grupo, participando, muy activamente, en el desarrollo de su expansión y en las fundaciones de nuevas cabeceras. Y en ese apasionado ejercicio profesional se desenvolvió Vicente hasta que su salud se resquebrajó.

Este racimo de datos afloró en mi memoria, hace unas horas, como un flashback, cuando el maldito teléfono, una vez más, cumplió su papel de tenebroso emisario: Vicente había muerto.

Vivir con intensidad una profesión de alto riesgo como ésta puede conllevar la compañía de un peaje, físico y espiritual, que no todas las armaduras biológicas pueden soportar y ese tributo se acrecienta cuando el vértigo de un oficio, tan hermoso y absorbente, descubre alguna fragilidad en el ser humano que lo ejerce. Y esa colisión espiritual apartó a Vicente Martínez de una profesión que amaba con pasión y que sirvió con brillantez.

Fue un periodista completo, con sobrada sensibilidad periodística, intuitivo, culto, comprometido con su tiempo, dotado de una imaginación que nos divertía cuando, por exceso, sobrevolaba la propia realidad. Se nos marcha un amigo leal y un excelente periodista hasta que la salud y los demonios interiores que acompañaban a su deterioro le obligaron a dar un paso atrás.