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Polémica

El Gobierno empieza a denegar el asilo a los refugiados del Aquarius

Interior deniega el asilo a un joven que llegó en el barco - La mitad de los migrantes que llegaron, 371 de los 629, esperan ahora la resolución de la solicitud de asilo que formularon al arribar

Mohamed mira sus pertenencias en el piso que tiene que abandonar, al quedarse fuera del sistema. germán caballero

Tiene 20 años pero la muerte ya le ha mostrado su guadaña en tres ocasiones. En su país de origen (El Chad), en Libia y en el mar Mediterráneo. Del primero salió huyendo con lo mínimo porque su vida corría peligro; al segundo llegó tras seguir una de las rutas más peligrosas para llegar a Europa; y en medio del mar que se ha convertido en un cementerio, naufragó la embarcación en la que ocupaba un diminuto sitio, previo pago a las mafias que están haciendo el agosto con la miseria de los más vulnerables. Se llama Mohamed Mustapha Mohamed Ali y por un momento pensó que España le daría, por fin, la oportunidad que necesita con 20 años y una vida por delante. Pero no ha sido así. Mohamed es uno de los migrantes que llegaron en el Aquarius, aquel barco que es emblema de solidaridad valenciana y orgullo de Estado español. Aquel barco de SOS Mediterranée que rescató a 629 inmigrantes frente a las costas de Libia el 9 de junio de 2018 y llegó al puerto de València 8 días después ante una expectación mediática sin igual (598 periodistas de 138 medios de comunicación y 15 freelance) por traer a puerto seguro a migrantes rescatados del mar y que navegaban a la deriva tras ver cerradas las fronteras de los países que tenían más próximos (Italia y Malta) entre el silencio cómplice del resto. Pero España alzó la mano y el gobierno de Pedro Sánchez ofreció el puerto de València. Y desde ese mismo instante, el imaginario colectivo dibujó una idea bien diferente de la realidad. El imaginario colectivo pensó que esos migrantes ya estaban a salvo y protegidos en España. Pero eso no es así. Pidieron asilo y el Gobierno les empieza a contestar ahora si sí o si no. Y a Mohamed le han dicho que no. Y puede que no sea ni el primero ni el último.

Los migrantes desembarcaron y respiraron al estar en tierra firme; agradecieron la atención del enorme dispositivo sanitario, policial y humanitario (2.320 personas) que se desplegó a su alrededor; solicitaron el asilo para entrar en el sistema de protección; y ocuparon la plaza designada en función de los recursos distribuidos en todo el territorio nacional. Han pasado un año cumpliendo su parte del trato: aprender el idioma, acudir a los cursos, ocupar la plaza designada sin quejas, trabajar o buscar empleo, prepararse para la vida autónoma... Mientras rehacen sus vidas e inician un proyecto futuro. Mientras tanto, sus expedientes se sumaron a los miles que la Oficina de Asilo y Refugio tiene pendiente de resolución. Y este verano le llegó el turno a Mohamed Mustapha Mohamed Ali, 20 años, del Chad, integrante del Aquarius. El joven leyó la resolución y se le encogió el alma. España le niega el asilo. Lo rescató del mar, pero ahora, cuando ya ha comenzado una nueva vida desde hace más de un año, lo condena al olvido y le obliga a esconderse. Esa carta significa que Mohamed está ahora mismo, mientras se realiza este reportaje, en situación irregular. Ilegal. Sin papeles. Vulnerable. Solo. Muerto en vida. Con 20 años y una vida por delante. No puede regresar a su país. Allí le espera la muerte que ya ha esquivado en tres ocasiones. Lo dijo cuando llegó y lo repite ahora.

El Gobierno de Pedro Sánchez, el mismo que le rescató del mar, le dice un año después que «los hechos alegados por el solicitante no se encuentran incluidos entre las causas establecidas en la Convención de Ginebra de 1951 ya que el solicitante no ha sufrido una persecución personal, en el sentido de la citada convención y la ley 12/2009 de 30 de octubre reguladora del derecho de asilo y de la protección subsidiaria otorgan a este término, ni se desprende de su declaración la existencia de un fundado temor a sufrirla». El 29 de junio Mohamed pidió el asilo en las instalaciones que el Consell habilitó en Cheste. Un total de 371 migrantes de los 629 que llegaron hicieron lo propio. Allí, Mohamed le explicó a un traductor una historia que quedó plasmada en un papel por uno de los 356 funcionarios de la Policía Nacional que participaron en el dispositivo. Ese papel es el que estudia la Oficina de Asilo y Refugio que, finalmente, el 19 de agosto emitió su dictamen y tiró por tierra una vida futura con dos palabras: petición denegada. El joven ha presentado alegaciones.

En pleno proceso de integración

Mohamed recibe a Levante-EMV en un piso del barrio de Torrefiel en el que vive desde hace tres meses, cuando inició la segunda fase del programa de protección internacional (la de integración) tras cumplir 9 meses en el CAR de Mislata (Centro de Acogida de Refugiados del ministerio), en la fase de acogida. Paga el alquiler gracias a la ayuda que le proporcionaba (hasta ahora) el Gobierno por estar en la segunda fase. «El piso es caro y lo destino casi todo a pagar el alquiler. Vivo con dos chicos más, de Mali y de Camerún, a los que no conocía y que también ha destinado aquí el CAR», explica.

La carta del ministerio significa que ya no hay ni piso ni ayuda para pagarlo. Ni clases de español, ni cursos para la búsqueda de empleo. Tiene que salir de allí ya. Sus cosas están recogidas en una mochila que hay encima de la cama desnuda. Es la mochila que usa cualquier joven de su edad para ir a la universidad. Y sin embargo, la vida de Mohamed cabe allí. Vino sin nada y algo de ropa es lo único que se lleva. Y unas gafas de vista. Y un móvil. Esas son todas sus pertenencias.

Mohamed habla poco y lo hace muy bajito, como si no quisiera molestar. No sonríe. Alguna media sonrisa, por pura educación. Sus ojos transmiten el dolor vivido y la incertidumbre actual. Tiene la mirada de alguien que ha vivido mucho y acumula tristeza. A sus 20 años. Ojos profundos que encogen el alma. Da algunos detalles de su vida y de una dramática travesía hasta España. Le guardamos los secretos. Dolor y sufrimiento en un cuerpo que aún parece en edad de crecimiento.

El joven cuenta que, ya embarcado en el Aquarius, les comunicaron que España les había acogido y permitía el desembarco. ¿España? Mohamed no sabía ni donde estaba ese país. Porque él lo que quería era ir a Francia ya que, al menos, ese idioma lo domina (además del árabe). Nació pobre y creció pobre en un país donde el terrorismo amenaza a la población civil e ir a la escuela supone un riesgo real. «Huí del Chad con mi tío, que también llegó en el Aquarius, porque nuestra vida peligraba. Él pidió asilo en Francia y ya tiene protección definitiva, no se bien porqué», explica. No conocía España y en un año habla el idioma con muy poca dificultad. Es aplicado. No falta a las clases. Ni de español ni de informática ni de búsqueda de empleo. Dejar de asistir es lo que más le fastidia porque es su chaleco salvavidas. Asegura que esa misma tarde irá a su última clase de castellano. Luego, ni sabe el día ni la hora, se marchará en autobús a Alicante, donde un amigo (que también conoció en el Aquarius) le ha ofrecido un «hueco». Mohamed se asoma al abismo.

El joven recibe las clases en la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) y allí preguntamos por la situación de desamparo a la que ahora se enfrenta. «Nos sorprende ver que tras la acogida del Aquarius y en pleno proceso de inclusión se trunque de esta manera un proyecto personal de vida con la denegación del asilo porque dejan a estos migrantes en situación irregular en España, y eso supone que, en cualquier momento, se les puede abrir un procedimiento sancionador o de expulsión», explica el coordinador de CEAR València, Jaume Durà. Y añade: «Le pedimos al Gobierno que conceda algún tipo de protección definitiva a las personas rescatadas por el Aquarius y el Open Arms porque hay mecanismos y herramientas para hacerlo como la protección subsidiaria o por razones humanitarias o extraordinarias. Esa acogida debe completarse con algún tipo de protección». Suerte, Mohamed, allá donde vayas. Allá donde estés.

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