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Tratamiento

"En dos meses de diálisis casi no he visto trastocado mi día a día"

Con el sistema peritoneal, el paciente se realiza el tratamiento a sí mismo en su propia casa en apenas media hora, un avance que le libera de tener que ir al hospital varios días a la semana

"En dos meses de diálisis casi no he visto trastocado mi día a día"

"En dos meses de diálisis casi no he visto trastocado mi día a día"

Al hablar de diálisis, mucha gente piensa en una especie de condena. En tener que ir varios días a la semana a un centro hospitalario para que, durante varias horas una máquina te limpie la sangre. Y precisamente esto fue lo que pensó José Vicente Tineo, un enfermo renal crónico de 57 años que, desde enero de 2018, vive con diálisis. «Cuando me dijeron que tenía que empezar con este tratamiento, se me cayó el mundo encima. Pensé que se me había acabado todo. Estaba hecho polvo», reconoce. Sin embargo, todo cambió cuando le ofrecieron la diálisis peritoneal, un tratamiento que se hace el propio paciente en su casa, a diario y durante aproximadamente media hora varias veces al día.

Como explica Amparo Soldevila, nefróloga del Hospital La Fe de València, una enfermedad renal crónica se da cuando, durante un periodo superior a tres meses, la función del riñón -el filtrado de la sangre- está a niveles bajos. «Aunque el tratamiento ideal y definitivo es el trasplante, normalmente los pacientes, por diferentes motivos, han de pasar un tiempo por diálisis (terapia sustitutiva) para mantener en niveles óptimos su situación clínica», explica la doctora.

Existen dos tipos de terapias sustitutivas: la hemodiálisis, que se puede recibir en el hospital o en casa (hemodiálisis domiciliaria) y la peritoneal, que se puede hacer manual o con una cicladora. Esta segunda modalidad es la menos conocida, explica Soldevila. «La gente piensa que va ligada a más infecciones y a más problemas, pero no es así. De hecho, la media es una cada dos años y más del 90 % se curan con tratamiento antibiótico», explica.

Y es menos conocida porque está menos extendida. Según la Conselleria de Sanitat, a cierre del año 2017, de los 6.988 pacientes con un tratamiento renal sustitutivo en toda la Comunitat Valenciana, solo 461 (el 6,6 %) se decantaron por la peritoneal frente a los 3.417 que optaron por la hemodiálisis (el 48,9 %).

Leo (nombre ficticio de un paciente de 22 años que no ha querido mostrar su identidad), lo tiene claro: «Yo le recomendaría a todo aquel que tenga que empezar la diálisis que se decante por la peritoneal. En dos meses casi no he visto trastocado mi día a día». El tratamiento, explica, es muy sencillo. El paciente se somete a una operación en la que le ponen un catéter en el abdomen que conecta con el peritoneo. Pasadas unas semanas, empieza un entrenamiento en el hospital para aprender a dializarse. «Es una especie de ritual de 30 minutos. Durante los primeros 20, conectas el catéter a una bolsa de vaciado para drenarte. Cuando ya has sacado todo, te infundes durante aproximadamente 10 minutos el líquido que te haya pautado tu médica y ahí acabas», cuenta Leo. En definitiva, lo que hace este líquido -una mezcla de agua con glucosa- es atrapar la suciedad de la sangre que el riñón no es capaz de filtrar.

«En mi caso, solo me hago dos recambios, por la mañana y por la noche», explica. «A mí no me ha alterado mucho mi rutina, solo a la hora de salir a cenar o a tomar algo. Mi único miedo es a la hora de trabajar. Tengo 22 años y acabo de salir al mercado laboral, temo que o la diálisis o un futuro trasplante pueda perjudicarme a la hora de encontrar trabajo», confiesa.

José Vicente Tineo es otro ejemplo de cómo la peritoneal no tiene por qué alterar la vida. «Este verano estuve de viaje en Alemania, este fin de semana me voy con mi hija a Madrid, hago 60 kilómetros en bici...», narra.

En cambio, la historia de José Luis Zavala, de 28 años, es algo distinta. Este joven empezó la peritoneal hace poco más de un año con tres recambios al día. Reconoce que, en su caso, su enfermedad sí que alteró su rutina. «Dejé a gente de lado, estaba muy involucrado en todo este mundo. Yo era de no pisar mi casa, de hacer mucho deporte, pero todo cambió», dice.

Pero la vida de Zavala dio un cambio hace tres meses cuando le operaron para extirparle los dos riñones ya que a partir de ahora va a empezar a usar una cicladora para hacerse la diálisis peritoneal. Con esta modalidad, el paciente, en su casa y normalmente mientras duerme, se conecta a una máquina que le hace automáticamente los recambios. «Para mí la cicladora ha sido un cambio para bien. Estoy empezando a retomar el contacto con gente», afirma Zavala con una sonrisa en la boca. «Si algo he aprendido durante mi enfermedad es a apreciar las pequeñas cosas. Ahora valoro hasta poder bajar al supermercado a hacer la compra», expresa.

El trasplante, la solución

«La solución a todo este proceso es el trasplante. Con él, el paciente recupera la función renal y deja el tratamiento sustitutivo, la diálisis», explica la doctora Soldevila. El trasplante puede efectuarse de vivo a vivo (cuando una persona sana le dona a un enfermo un riñón) o de cadáver, es decir, el paciente entra en lista de espera hasta recibir un riñón compatible. El año pasado de los 558 trasplantes que se realizaron en la Comunitat, 323 fueron renales, el 57,8 %.

José Vicente lleva aproximadamente 9 meses en lista de espera aunque en el hospital le advirtieron que podría estar hasta tres años esperando un riñón. «Juega en contra mi grupo sanguíneo y mi edad (57)», reconoce. En el caso de José Luis, estuvo en lista de espera pero, al extirparle los dos riñones, se pausó el proceso. «Yo quiero estar bien, estar sano y no tener dolores. Que las cosas lleguen cuando tengan que llegar, pero que lleguen bien», valora.

Leo, por su parte, es el único que no está en lista, aunque por poco tiempo. «Antes de firmar, has de pasar varias pruebas. Me queda solo una a finales de este mes. Quiero que llegue ya. Me acuesto cada noche deseando que me suene el móvil y que me digan: “Vente al hospital, tenemos un riñón para ti”», concluye.

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