11 de octubre de 2019
11.10.2019
Testimonios

Valencianos en Ecuador: "Los estantes del supermercado están vacíos y las vías bloqueadas"

Tres valencianos en la localidad ecuatoriana de Cuenca alertan del desabastecimiento de alimentos tras una semana de revueltas - No hay gas, la basura se acumula y aumenta la violencia callejera

11.10.2019 | 00:08
Manifestantes en las calles de Cuenca

Ecuador vive una crisis sin precedentes. La eliminación de los subsidios a los combustibles por parte del Gobierno de Lenín Moreno ha desatado una oleada de protestas que mantiene en vilo al país desde hace más de una semana. La inestabilidad ha llevado a Moreno a trasladar la sede del Gobierno de Quito a Guayaquil, muestra de la violencia que se vive en la capital. En la tercera ciudad más grande del país, Santa Ana de los cuatro ríos de Cuenca, tres valencianos viven con inquietud y nerviosismo la crisis política y social que invade de norte a sur el país.

A media mañana de ayer, hora local, el alcalde de la ciudad decretó el Estado de Emergencia. José Luis Arnal, periodista de Torrent, lo cuenta casi en directo a Levante-EMV. Contra todo pronóstico, en lugar de desinflarse las protestas, se han acrecentado. «En un enfrentamiento entre los manifestantes y la policía, un dirigente indígena ha muerto, lo que ha provocado el secuestro de ocho policías y 30 periodistas en Quito», explica Arnal. «Eso ha avivado los enfrentamientos aquí», señala.

En Cuenca, el desabastecimiento ya es evidente en los supermercados. Las estanterías están vacías, como también reconoce Daniel Gómez, profesor universitario de Anna. Las carreteras llevan una semana cortadas, por lo que los camiones no pueden acceder a esta ciudad ubicada en los Andes. «No hay arroz, no hay pollo, no hay atún en lata...», dice Arnal, quien reconoce que ha comenzado a dosificar los alimentos «más de lo habitual».

Arnal trabaja en una institución pública pero también regenta un cátering de comida española. Como al hostelero José Ibáñez, ambos disponen de más víveres que la media, con alimentos de primera necesidad como aceite, patatas o huevos. Esas reservas les generan cierta tranquilidad, pero como reconoce Ibáñez, «la gente está comprando compulsivamente, por lo que el ambiente es inquietante y la desesperación aumenta para los que no pueden comprar», explica.

Cabe recordar, como explica Arnal, que la subida del precio de los carburantes «disparará los precios de los productos en un país ya de por sí caro por la dolarización». Tal es la emergencia que el ejército envió desde Quito dos aviones con alimentos de primera necesidad para distribuir en la ciudad andina.

Las carreteras se cortaron el jueves pasado, cuando se produjo la jornada más violenta. Taxis, camiones y autobuses bloquearon los cruces de la ciudad y las dos vías principales: la que llega desde Guayaquil y la carretera Panamericana. Los comercios han cerrado y abren solo los que no se ven afectados por las revueltas. Los colegios, institutos y universidades están cerradas desde el 3 de octubre.

La situación se agrava porque el gas ha sido cortado en buena parte de la ciudad. Gómez ha sido avisado que deben limitar el consumo en su edificio de viviendas. En el caso de Ibáñez, cerrará este fin de semana su negocio en el centro de Cuenca porque ya no llega el combustible ni tiene alimentos frescos para servir. Si se necesitan bombonas de gas butano, no hay en toda la ciudad desde el lunes.

Con escasez de alimentos, combustible y las calles del centro de la ciudad sitiadas por los manifestantes y la policía y el ejército, se suma un problema más. El servicio municipal de basuras no puede recoger ni transportar los residuos debido a las barricadas, por lo que las bolsas se amontonan en las aceras desde hace varios días.

Mientras, en el centro de ciudad se produjo ayer una gran marcha liderada por el Movimiento Indígena, quienes se han desplazado a las grandes ciudades como Quito, Guayaquil y Cuenca para secundar las manifestaciones. Junto a estudiantes, profesores, transportistas y sindicatos, protagonizan las reyertas desde la semana pasada. Ibáñez señala que a las autoridades preocupa la llegada de los indígenas, «no tienen nada y, por tanto, no temen nada».

Ibáñez trabaja en el centro y el miércoles se vio afectado por los gases lacrimógenos que la policía no deja de lanzar para disipar las concentraciones. «Era una imagen de guerra, como las que se ven en la televisión, con neumáticos ardiendo, peleas con la policía y personas sangrando en el suelo».

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