Pasan las diez de la noche del martes. Ximo Puig abandona la pequeña sala contigua a la de plenos del Consell con el grueso de miembros del Ejecutivo (siete y él) que forman la comisión interdepartamental frente al coronavirus. Acaban de decidir el aplazamiento de las Fallas y la Magdalena. El gesto es cansado. También la voz, cuando se pone ante el micrófono en el patio gótico del Palau de la Generalitat. Ha sido el acto final de un día largo y una tarde acelerada, en la que ha hablado con el ministro de Sanidad, el presidente del Gobierno, los alcaldes de las capitales afectadas y unos cuantos expertos. Un acto final más complicado de lo esperado ante las diferencias iniciales entre los socios sobre la decisión adoptada.

Una reunión tan tensa que algún asistente acaba con un tirón en el cuello. Una noche para la historia con una decisión drástica ante una situación excepcional en Europa de la que la Comunitat Valenciana no queda al margen. Ni las Fallas lo consiguen. No hay singularidad posible.

A las siete de la tarde habían sonado los teléfonos de los miembros de la comisión. Algunos acababan de llegar a casa. Otros aún estaban en el despacho. Eran llamados de urgencia al Palau. Ninguno está tan alejado de la realidad como para no sospechar qué está en juego. Hacía horas que todos los focos (aquí y en Madrid) estaban sobre el futuro de las Fallas, esa gran concentración humana durante cuatro días y algo más. El propio ministerio había esquivado cualquier decisión hasta conversar con la Generalitat. Tampoco Pedro Sánchez se había pronunciado. Ni la consellera del ramo. Cundía la sensación de que el asunto quemaba e iba de mano en mano. Para la Generalitat hubiera sido políticamente mejor despejar la responsabilidad, admiten altos representantes del Ejecutivo, pero la convicción en el Estado descentralizado (tan subrayada) se demuestra, también, en estos casos.

Todos los convocados tenían idea de a lo que iban, pero la decisión no estaba tomada, aseguran las distintas fuentes consultadas. Quizá no definitivamente, pero a la hora de sentarse la comisión, sobre la mesa estaba ya la «recomendación» de los epidemiólogos del ministerio en un informe técnico. Una forma elegante de señalar el camino a seguir. Poco margen quedaba. Era la recta final de la sensación de última mascletà que distintos cargos del Consell habían tenido al mediodía y que había ido fraguando durante la tarde. Con todo, existía la posibilidad de demorar la decisión al día siguiente, tomarla a medias (cancelar solo los actos de alta concentración de personal) o aplazar toda la fiesta, que era la propuesta de los especialistas: al fin y al cabo, argumentaban, dejar los monumentos en pie y permitir su quema era abrir la puerta a aglomeraciones en torno al cartón piedra, lo que se trataba de evitar para frenar la expansión de la epidemia.

Fue la tesis que acabó imponiéndose, pero el final se retrasó más de lo esperado. Algunos miembros del Consell preveían un encuentro de quince minutos y fueron dos horas largas y tensas.

Representantes de Compromís cuestionaron el aplazamiento de las grandes fiestas. El argumento, según algunos de los asistentes, era la reacción contra el Gobierno del Botànic que podía generar. «Una insurrección», se llegó a vaticinar, de acuerdo con las fuentes citadas. Se llegaron a sugerir medidas para contener la llegada a la ciudad de visitantes desde Madrid, donde está el gran foco de contagio en España. También que la C. Valenciana era víctima de un trato que no se daba a otros lugares.

La vicepresidenta del Consell y líder de Compromís, Mónica Oltra, rechazó ayer que «la diferencia de opiniones» fuera por la reacción del mundo fallero. Pasada esa fase (de disensiones), « mi objetivo en el debate fue que algunas personas fueran conscientes de la dimensión del tema, dado que no parecía que lo fueran; desde mi condición de fallera desde hace 25 años podía aportar esa visión», explicó a Levante-EMV.

Un wasap que empezó a circular la noche del martes en ambientes falleros próximos a la coalición trasladaba la responsabilidad a una «orden del ministerio» y daba cuenta de una posición de Oltra y Carlos Galiana (el concejal de Fiestas de València) distinta al resto. Habían ofrecido suspender todos los actos oficiales y mantener la actividad de las comisiones. «No ha habido opción», concluía.

La posición de Compromís no sedujo a los representantes del PSPV, y tampoco a los de Unides Podem. En un determinado momento, el vicepresidente segundo, Rubén Martínez Dalmau, dijo algo así al estilo de André Malraux como que todas las fallas no valen una vida. Puig dio la decisión por tomada y empezó a preparar la explicación. El telón estaba a punto de levantarse.

Ribó se salió a la mitad de la ópera, pero no evitó la polémica

Menos de 24 horas después del aplazamiento, las Fallas de València ya tienen fecha: del 15 al 19 de julio. El anuncio, realizado ayer por el alcalde, Joan Ribó, tras un encuentro con el mundo fallero, se superpone sobre la tormenta política que empezó a generarse por la ausencia de Ribó en el encuentro en que se analizaba el futuro de las Fallas, porque estaba en la ópera. El alcalde aclaró ayer que no estaba convocado. Y que no veía agravio en ello, porque la comisión interdepartamental frente al coronavirus es de cargos autonómicos. Pero sí estaba Carlos Galiana, aunque no como concejal, sino como presidente de Junta Central Fallera, precisó alcaldía. No para opinar, sino por si podía ayudar. ¿Quién lo envió El alcalde dijo que fue él. Otras fuentes aseguran que lo llamó la vicepresidenta Oltra. Ribó explicó por otra parte que la directriz era mantener la agenda y en la suya estaba la asistencia al Palau de les Arts. Eso hizo, hasta que Ximo Puig le llamó para notificarle la decisión. Entonces abandonó la ópera y se fue al ayuntamiento. Para la oposición, quedan lagunas por aclarar. María José Catalá (PP) ha instado en Corts a Puig y Oltra a explicar por qué estaba Galiana y no Ribó. Cs criticó su «nula previsión» y comparó el caso con el del dimitido cargo en Murcia durante la DANA.

Aplazadas las Fallas 2020 por el alto riesgo de contagio del coronavirus