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El último dilema del feminismo

En plena esfervescencia del feminismo, el movimiento vive momentos de tensión por la división de opiniones entre la teoría clásica y la «queer». Asuntos como la prostitución o los vientres de alquiler subyacen en un debate filosófico con implicaciones prácticas.

El último dilema del feminismo

El último dilema del feminismo

El feminismo adquiere velocidad de crucero. Sorprendió el ocho de marzo de 2018 cuando miles de mujeres tomaron las calles con un grito unánime contra el machismo. Volvió a demostrar su fuerza en 2019 e incluso hace un semana, en tiempos ya de coronavirus. La multitudinaria movilización demostró que ha llegado para quedarse, pero justo cuando su ola arrastra las agendas políticas y mediáticas, afronta una crisis interna cuya magnitud es difícil de calibrar. El feminismo, como teoría, no ha sido monolítico. Hondos debates la han atravesado, pero hay uno que ahora salta de los sillones académicos a la calle y tiene consecuencias prácticas en el activismo y a la hora de abordar leyes y políticas públicas. El debate es sesudo, filosófico, pero (aún a riesgo de caer en el reduccionismo) podría resumirse en la confrontación entre la teoría queer/transgénero y el feminismo 'clásico' o 'radical'. El dilema teórico se deriva de entender que no sólo el género es un constructo social (la mujer no nace sino que se hace, dijo Simone de Beauvoir), sino que también el sexo es algo construido, impuesto socialmente (teoría queer). Si el género y el sexo son algo líquido, en tránsito, el sujeto de los derechos, es decir, la mujer, puede quedar diluido y las políticas para combatir la desigualdad estructural desmantelarse. ¿ Si el sexo es sentido y no determinado por los órganos genitales podría hablarse de violencia de género? Este es al menos el temor del feminismo clásico que, desde la teoría queer, es atacado por 'mirarse al ombligo', desconocer la complejidad de las discriminaciones que afectan a las mujeres, en especial las del colectivo LGTBIQ). En el terreno político, el PCE ha expulsado al partido feminista tras acusarlo de tránsfobo, mientras que en Madrid, la manifestación del 8M acabó en trifulca entre el colectivo trans y las feministas con pancartas por la abolición de la prostitución y contra los vientres de alquiler. En la Comunitat Valenciana se trabajó mucho para consensuar un lema común y evitar que las tensiones florecieran ese día. Y se logró. No obstante, hay debate y Levante-EMV ha consultado a la universidad y al activismo para tratar de arrojar luz sobre la última controversia que afecta al feminismo.

La filósofa Rosa María Rodríguez Magda, autora del libro La mujer molesta ha teorizado sobre las consecuencias de la teoría queer cuya principal referente es la estadounidense Judith Butler. Rodríguez Magda considera que la diversidad sexual es un tema apasionante, pero tiene claro que «no puede considerarse feminismo»: «Si puedes cambiar el sexo y el cuerpo según tú deseo, esto significa quitar a las mujeres, dejar de considerar que son oprimidas por su sexo y por su cuerpo. Ser mujer, dar a luz, no es algo anecdótico», subraya. Para esta pensadora, el incremento del movimiento transgénero tiene una consecuencia práctica ya que pone en cuestión al feminismo más tradicional que siempre lucha contra los vientres de alquiler o la prostitución. Y va más allá al denunciar la existencia de un colectivo de hombres trans muy beligerantes contra el feminismo y que «parece dirigido». «Igual -apunta­-que ocurre con los encuentros de las'trabajadoras del sexo' que están financiadas por la industria». Rodríguez denuncia las «trampas» que hay detrás de la discusión sobre conceptos como igualad y diversidad y lamenta que estas corrientes puedan debilitar el movimiento. Pone ejemplos de sus consecuencias, como son las leyes aprobadas sobre identidad de género (tanto la estatal como la valenciana) ya que entran en conflicto con la de violencia de género. ¿Y si el hombre que maltrata dice sentirse mujer?, se pregunta.

Mar Esquembre, especialista en Derecho Constitucional y teoría feminista incide en las consecuencias de la confusión de conceptos: «Igualdad y diversidad aparecen unificadas, pero la igualdad es una aspiración, mientras que la diversidad es un hecho, porque somos diversas». Y añade: «Equiparar ambas cosas está teniendo un efecto, no sé si intencionado o no, de retroceso en las políticas de igualdad de mujeres y hombres». «El género es una categoría de análisis que significa la existencia de un sistema jerárquico de relaciones de poder, de los hombres sobre las mujeres, mientras que en esta confusión parece reducirse a la categoría individual que refleja los deseos de una persona concreta», señala.

Esquembre tampoco comparte que el sexo sea algo construido. «Es irreal, incluso cínico». Para la jurista, es entendible que haya personas que sufren situaciones de discriminación, pero «no es justo que se desactive por un movimiento teórico que recoge el descontento de personas excluidas y que reclaman su inclusión en el feminismo a través del vaciado del feminismo». «Se puede confluir en puntos, pero no se puede tratar la parte por el todo». El problema, insiste, es que la teoría queer «diluye el sujeto político» del feminismo. «Es el borrado de las mujeres y su manifestación más extrema son los vientres de alquiler», denuncia.

Por su parte, María José Gámez, catedrática en Comunicación Audiovisual cree que las repercusiones no han hecho más que empezar en todos los niveles. «El progresivo reconocimiento de los derechos del colectivo LGTBIQ ha problematizado los debates en ciertos sectores del feminismo, lo que, además, se usa por parte de los grupos de extrema derecha para dinamitar el movimiento». Pero subraya: «El problema no es el colectivo ni la teoría queer, que lleva tiempo luchando por los derechos civiles y políticos, el problema es que no aprendemos del legado matrilineal de la lucha feminista». Para la investigadora, «la división no es en sí mala», ya que «nuestras predecesoras tuvieron que lidiar con las feministas blancas, de clase media, heterosexuales y capacitistas cuyo mensaje marginaba a las mujeres negras, lesbianas...», explica. «La forma de transformar un conflicto no es excluir, sino trazar alianzas con los grupos precarizados por el heteropatriarcado neoliberal», apunta. Gálvez cree que el abordaje político debe tener en cuenta «sujeciones estructurales comunes que atenten contra los derechos humanos, pero tanto a mujeres como a miembros LGTBIQ».

La socióloga por la Univesitat de València Enma Gómez tercia en el debate partiendo de la base de que no es cierto que el feminismo sea mayoritariamente abolicionista al tiempo que ve «difícil» rastrear sociólogas que se alineen con posiciones tránsfobas. En su opinión, detrás de esta discusión hay «un tira y afloja, una lucha simbólica por el poder de la definición». Y baja al detalle. «En la preocupación de algunas de que la mujer quede desdibujada, hay en realidad un temor a perder el poder vinculado al feminismo institucional y relacionado con un partido concreto (el socialista) u otras instituciones y sindicatos». «Es una resistencia para retener el poder», asegura. ¿Alianzas? Enma Gómez considera que se pueden establecer, pero «hay algunas posiciones que no lo hacen posible en el momento en que niegan sus privilegios desde una visión etnocéntrica», critica. La clave, insiste, «es la posibilidad de dejarnos interpelar y pensar que tu punto de vista no es el único válido». «Hay colectivos de mujeres jóvenes que no se han socializado leyendo a Celia Amorós», apunta y aboga por tratar de no ser «acomodaticia»: «Añadir complejidad, da riqueza y la teoría queer ha añadido complejidad al feminismo, ha dado más herramientas para pensar», apunta. Considera que es faltar a la verdad decir que la teoría queer no atiende al cuerpo. «Hay que releer a Butler y repensar la manera en que nos relacionamos con las personas». «La acción no está en la universidad, en la judicatura, sino en la práctica cotidiana; lo importante no es tener o no una concejalía de la mujer, sino cómo sostener la vida desde la dignidad», sentencia.

Y de la universidad al activismo con dos visiones. Desde la Federació de Dones Progressistes, Amalia Alba, apela a no caer en las «trampas» de diluir el concepto de mujer: «La división es un arma letal para el movimiento, no siempre coincidimos en todo, pero no podemos desdibujar a la mujer», advierte. Alba, que lleva años de lucha a sus espaldas, niega la mayor: no tenemos un problema con la transenxualidad ni el lesbianismo, «siempre hemos hablado y hay espacios comunes», pero se queja de las descalificaciones. «Decir que somos antiguas nos hace daño, eso sí es excluyente, mientras el patriarcado se frota las manos». Y asegura que contra los vientres de alquiler y la prostitución hay que ser combativos. «Hay que sumarse a la lucha contra al machismo, pero el relativismo cultural es peligroso». Alba asegura que el feminismo nunca se ha olvidado de la diversidad, pero «de ser algo que acompañar, ha mutado y se nos ha colado».

La responsable del colectivo Lambda, María Jarda, envía un mensaje conciliador y reafirma la condición de asociación feminista. Mantiene que no es posible entender los movimientos del colectivo LGTBI y del feminismo por separado porque «siempre han ido de la mano»: «El feminismo que no incluye el feminismo trans no es feminismo». Y valora que la Conselleria de Igualdad haya creado una Dirección General de Igualdad en la Diversidad y que esta área y el Instituto de la Mujer sean responsabilidad del mismo departamento. «Los derechos de todas las mujeres son inalienables». En este sentido, Lambda, que sí apoyó la expulsión del partido feminista del PCE, recuerda su posición contraria a los vientres de alquiler, si bien muestra su apoyo a las «trabajadoras sexuales ante situaciones de delitos de odio, violencia o salud sexual».

¿Y cuál es la posición institucional? La vicepresidenta y consellera de Igualdad, Mónica Oltra, cree que el punto de partida es situar en el tiempo las teorías clásicas del feminismo y valorar la aportación de la teoría queer en cuanto a la identidad sexual y de género, si bien considera «irreal e ingobernable» las posiciones más extremas de entender el sexo como un constructo. Ahora bien, hay que velar, indica, por evitar un feminismo «excluyente» que hiera la sensisibilidad de otras mujeres e intentar gestionar una realidad diversa hasta alcanzar el objetivo de igualdad.

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