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Entrevista

Enrique Anrubia: "El aislamiento nos enseña a ser menos individualistas"

El profesor, autor de «La soledad», asegura que el coronavirus nos muestra «lo frágiles que somos»

Enrique Anrubia: "El aislamiento nos enseña a ser menos individualistas"

P La población está aislada desde que se decretó el Estado de Alarma, pero ¿qué significa estar aislado?

R Estar aislado no es estar solo aunque uno puede estar solo y no sentirse aislado. La soledad no es propia de situaciones de confinamiento porque una persona rodeada de gente puede estar muy sola. Por ejemplo, un alumno en una clase que no entiende la explicación está muy solo a pesar de tener gente a su alrededor, o alguien estando aislado puede no sentirse solo. Por otro lado, hay una soledad que es propia del ser humano y que tiene que ver con la irreductibilidad de la libertad.

P ¿Hay diferentes tipos de aislamiento?

R Los fenómenos más conocidos de aislamiento son los confinamientos en prisión o los naufragios. Hay dos libros que son reveladores. Uno es la experiencia de Robinson Crusoe porque exporta su mundo interior a la realidad para sentirse cómodo, pero el problema es que esa realidad se puede derrumbar muy fácilmente. El otro es El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, porque su premisa no es trasformar el mundo acorde a nuestros deseos internos, cosa imposible en estas situaciones, sino que sabe que primero ha de entender la realidad que está viviendo para poder saborearla en toda su intensidad. Saber y sabor tienen, de hecho, la misma raíz. También hay una forma apocalíptica de entender el aislamiento y es que el mundo se acaba pero hay que observarlo como que el mundo se ha reducido, no se ha acabado. Ahora no hay que ver películas de apocalipsis zombies, sino de eremitas, náufragos o presos.

P Entonces, ¿el confinamiento será positivo o negativo dependiendo de cómo se mire?

R No depende únicamente de la actitud que se tenga frente a él, pues ese es un error muy común. Más bien se trata de cuanto deje afectarme por la realidad que tengo delante. Es decir, hay que estar abierto a las personas y a las situaciones. Dejar de ser indiferente. Por ejemplo, Viktor Frankl, que estuvo en campos de exterminio nazis, entendió que la vida le permitía lograr la excelencia humana incluso allí. ¿Cómo lo hizo? Porque entendió que incluso dentro de esas limitaciones se puede estar abierto a que la realidad ofrezca un significado. Desde luego no será el que nosotros impongamos por nuestra actitud interna, sino el que sepamos encontrar ante lo que se nos ofrece. Más que hacer o actitud se trata de estar atentos y saber escuchar a los demás o la realidad, cosa mucho más difícil hoy en día.

P ¿Pero qué podemos aprender de este aislamiento?

R Que hay que mejorar la calidad de la comunicación sin dejarse llevar tanto por las redes sociales. La crisis de incomunicación humana ya estaba antes de la crisis sanitaria que estamos viviendo. Es decir, hay que revalorizar la conversación presencial porque concebir la realidad a través del móvil es estar desconectado de ella. El aislamiento nos puede enseñar a ser menos individualistas, es decir, a mirar más lo que pasa enfrente de nosotros y menos dentro de nosotros.

P ¿Vamos a ser menos egoístas después de estos días?

R No tiene por qué. Ahora todos son deseos y añoranzas, pero eso se verá después. Los filósofos clásicos hablaban de la búsqueda una perfección moral como parte natural de la personas. Ahora bien, esa excelencia moral y, en este caso, ser menos egoístas, no está garantizado. No basta con desearlo nostálgicamente. La gente habla de las crisis como oportunidades de crecimiento pero hay que decir que ese crecimiento personal, social o cultural no está garantizado porque depende de la libertad y la fortaleza de las personas. Es decir, no es un efecto automático. Conseguir algo mejor requiere el uso de la voluntad y eso se llama trabajo o, en términos morales, fortaleza. Hay que ser fuertes ahora, pero habrá que ser más fuertes después en nuestros propósitos.

P ¿Por qué necesitamos a los demás en este confinamiento?

R Porque el ser humano es esencialmente responsable de los demás, de su cuidado. Si somos frágiles y mortales, cuidar a los débiles es lo que nos hace humanos. Mi libertad está entretejida con tu libertad. La sanidad no es pública o privada, es primero humana. Levinas, un filósofo francés, decía que la moral empezaba con la famosa frase bíblica: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?», pregunta Caín. La respuesta es obvia: por supuesto. En el cuidado de los demás también entra el dejarse cuidar porque yo soy la posibilidad de la libertad del otro. Difícilmente una madre puede ser feliz si su hijo está enfermo, por eso nuestras vidas se entretejen.

P ¿La soledad beneficia a la sociedad del entretenimiento?

R El confinamiento ha puesto en entredicho el entretenimiento de las personas y esto produce un gran aburrimiento. La forma contemporánea de tener en movimiento a las personas es entreteniéndolas.

P ¿Y por qué se produce el aburrimiento?

R Surge porque la libertad, que es tener dominio sobre uno mismo y no solo libertad de elección, deja de existir y, en ese sentido, un aburrido es una persona que no se domina a sí misma. En términos clásicos eso era la incontinencia. Por eso, una persona aburrida no es capaz de contenerse ni de ser libre y el aburrimiento genera muchas adicciones.

P Durante este tiempo, ¿podemos a aprender a ser uno mismo?

R Para conocernos debemos mirar enfrente, no dentro de uno. Las situaciones de sufrimiento y los dramas invitan a preguntarse hasta qué punto estamos dispuestos a implicar nuestras vidas con la de los demás, es decir, comprometerse. Por eso, una sociedad que solo se mira emocionalmente a sí misma se basa en el entretenimiento y consumo, que es lo que tenemos ahora. Parece que el gran problema real de la gente confinada es que no sabe cómo entretenerse.

P Ahí se desencadenan las depresiones.

R Sí, porque el mundo ficticio que uno intenta vivir se desploma. Byung-Chul Han dice que la depresión es una enfermedad narcisista, una definición un tanto excesiva. Pero que las sociedades nórdicas sean las mayores consumidoras de antidepresivos es un indicador de que nuestro gran problema es la ausencia de sentido en las vidas a pesar de tener grandes libertades legales, materiales o culturales que ahora están restringidas por el coronavirus.

P ¿Cuál es la solución?

R Entender la crisis existencial y cultural que ya teníamos antes de esta pandemia. Esta tesis la han defendido pensadores como Zygmunt Baumann, en el ámbito internacional, o Higinio Marín en España. No se trata de volver a tiempos pasados, sino de algo más difícil: entender que el futuro no siempre es lo mejor y saber recoger las cosas del pasado que eran mejores que las presentes.

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