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EnDomingo

La hora clave de Europa

En cuanto el virus ha llegado al continente, ha puesto a la UE frente al espejo. Debilitada desde la crisis de 2008, la gestión de esta emergencia marcará su futuro: poner a la ciudadanía en el centro, agilizar y dotar de soberanía a sus instituciones y dar una respuesta solidaria son las claves de un proyecto irrenunciable.

La hora clave de Europa

La hora clave de Europa

La crisis del coronavirus ha devuelto al proyecto europeo a la casilla de salida. Lo que hoy conocemos como Unión Europea debe su origen al intento de dar una respuesta comunitaria a la desolación que trajo consigo la II Guerra Mundial. El viejo continente quería aprender la lección y se embarcó en un proyecto basado en la unidad, la cooperación y la solidaridad. Un proyecto que avanzaba a trompicones ya antes de la crisis sanitaria, con los nacionalismos y populismos reforzados tras la crisis financiera de 2008 poniendo a prueba su sistema inmunológico desde dentro y con el Brexit -¿quién se acuerda ahora del Brexit?- a la vuelta de la esquina. Tras tocar suelo europeo, la covid-19 no tardó más que unos días en destapar las carencias de la Unión Europea: unas instituciones que avanzan con lentitud incluso ante emergencias extremas y en la que sus miembros operan desde la unilateralidad y la búsqueda del beneficio propio a corto plazo y siempre desde enfoques nacionales y de política interior.

«Lo acontecido en las últimas semanas resulta doloroso de relatar. Cuando Europa ha necesitado solidaridad muchos solo han buscado ayudarse a sí mismos. Muchos dieron respuesta solo para ellos. Ningún Estado miembro puede hacer frente a esta crisis en solitario». Son palabras de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, este mismo jueves. Un rapapolvo público dirigido, aunque sin poner nombres, a aquellos países que adoptaron sus propias medidas ante el avance de la pandemia, pero con escaso recorrido práctico. Mientras la mandataria alemana señalaba con el dedo a algunos estados, los líderes de los Veintisiete, separados por el habitual abismo entre norte y sur, volvían a fracasar en la implementación de políticas comunes, en este caso un plan de choque económico. Los primeros, fanáticos de la estabilidad fiscal. Los segundos, necesitados de flexibilidad en sus cuentas y sobre todo de liquidez ante el parón industrial.

Este fiasco no ha sido el único de la UE desde el estallido de la crisis en su territorio. El primero llegó con el cierre unilateral de fronteras de algunos estados miembro, una puñalada al espíritu comunitario de libre circulación de personas. Es lo que la eurodiputada socialista Inmaculada Rodríguez-Piñero califica como un «sálvese quien pueda» que fue «la respuesta menos deseable» que podía ocurrir ante la emergencia sanitaria. La política valenciana considera que «Europa ha llegado tarde», pero mantiene su optimismo porque es «cuando más falta hacen» sus instituciones y alerta: «Un fracaso avivaría el fuego de los populismos». Comparte opinión en este sentido con el también eurodiputado y valenciano Esteban González Pons. El popular entiende que «no ha faltado Europa», sino «europeísmo» en sus líderes, pero no cree que el proyecto corra peligro, ya que «no hay alternativa», defiende.

González Pons cita a Jean-Claude Juncker, antecesor de Von der Leyen en la Comisión, para explicar la necesidad de cooperación entre socios comunitarios: «Hay dos tipos de países: los pequeños y los que aún no saben que son pequeños», decía el luxemburgués. Y aporta datos para respaldar esta afirmación, como que ningún país de la UE por sí solo alcanza a representar el 1 % de la población. «La única forma de sobrevivir es estar juntos», zanja Pons.

El doctor en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) Ernesto Pascual, entronca estas tesis con la oportunidad que surge de esta pandemia para reivindicar el papel de lo colectivo frente al «paradigma neoliberal» que exalta el individualismo. Pero el experto diferencia entre lo colectivo y lo solidario, al matizar que pese a lo positivo de las donaciones que estos días se suceden, la situación actual evidencia la necesidad de que sea «el Estado el que provea» a sus ciudadanos. Una idea que, dice, no nos debe hacer pensar en el comunismo o el socialismo necesariamente, sino en «repensar» el capitalismo, enfocándolo hacia el que Roosevelt implementó en EE UU tras la II Guerra Mundial, basado en el colectivismo y que originó la potente clase media del país.

Pero, ¿tiene la UE la capacidad de desarrollar políticas anticrisis urgentes? Javier de Lucas, catedrático de Filosofía del Derecho y Política, lo considera «complicado», ya que el «dogma del déficit» sigue imperando en los países del norte como Alemania y Holanda. Los cuatro coinciden en que un primer paso ineludible es dotar a las instituciones europeas de una mayor soberanía. Rodríguez-Piñero pone el ejemplo de la crisis de 2008, tras la que se dotó de más capacidad ejecutiva al Banco Central Europeo, gracias a la cual ha podido ser el único organismo junto con la Comisión Europea que ha activado un plan con cierta agilidad. González Pons, por su parte, sitúa el foco en las competencias sanitarias comunitarias. Europa no tiene, lo que ha provocado que se estén dando «27 respuestas distintas a un mismo virus». Un hecho que provocará una «salida más lenta y desacompasada» de la crisis. Una crisis que el eurodiputado prevé «más larga y profunda» de lo que se está anticipando y de la cual «saldremos cambiados» y «con el mundo analógico muerto». La predicción de De Lucas es que la «salida sanitaria» llegará, pero a costa de una «mayor desigualdad económica», ya que no confía en que la UE «responda con cercanía» a los problemas ciudadanos. Por su parte, tanto Piñero como Pascual piden «aprender de los errores» de 2008, a lo que la eurodiputada socialista añade otro elemento: una reflexión sobre la gestión de las crisis y la preparación que tiene Europa ante ellas. «Hay que anticiparse a la próxima», reclama.

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