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Hambre, estraperlo y confinamiento de una centenaria

La vecina de Simat de la Valldigna, Rosa Cháfer Soler, ha cumplido 100 años en plena crisis del coronavirus y no podido celebrarlo en familia

Hambre, estraperlo  y confinamiento  de una centenaria

Hambre, estraperlo y confinamiento de una centenaria

«Mi madre es una mujer con mucho carácter, muy fuerte físicamente, con las ideas muy claras y muy inteligente, a pesar de no haber ido a la escuela». Así define Silvia Brines a Rosa Cháfer Soler, una vecina de Simat de la Valldigna que el pasado 18 de abril cumplió cien años.

Seguramente no ha sido el cumpleaños que esperaba, encerrada en casa, como el resto del vecindario, y viviendo una situación que nunca hubiera imaginado. Este año no ha podido celebrar su aniversario como siempre en la plaza del Mercat con sus cuatro hijas, nietos, bisnietos, tataranietos y otros familiares. «El año pasado lo celebramos allí y tiramos una traca», señala Silvia, quien explica que este año también le habían preparado una sorpresa, pero el confinamiento no lo ha permitido. «Los nietos la han felicitado a través de una videollamada, pero ya tenemos ganas de estar todos juntos», añade la hija.

A pesar de no haber podido estudiar, Silvia reconoce que su madre «es muy inteligente y sabe contar, leer y se ha adaptado muy bien a los cambios». Para poder ayudar a su familia, cuando tenía 14 o 15 años, Rosa se dedicaba al «estraperlo» con el tabaco. «Nos ha contado que, como era una niña delgada, le enrollaban el tabaco alrededor del cuerpo y encima le ponían la ropa y, cuando las pillaban en el tren, las echaban», explica.

Silvia es la pequeña de las cuatro hijas. Todas nacieron en casa. «Mi madre esperaba que yo, que era la última, fuera un niño, pero no fue así», asegura con una sonrisa. Su infancia estuvo marcada por la muerte de su padre, Salvador Brines, ya que tan sólo tenía dos años cuando falleció a causa de un cáncer de garganta. «No recuerdo nada de él, sólo lo que mi madre me ha contado», señala con un poco de tristeza.

La centenaria Rosa tuvo que convertir su casa en una tienda de alimentos para poder salir adelante y también vendía algunos productos en el mercado. «Mi madre, además, tuvo que emigrar a Francia a la vendimia», añade. Salvo ese tiempo, Rosa siempre ha vivido en Simat, municipio que le tiene mucho aprecio, ya que muchos son los vecinos que la ven pasear por sus calles o tomar un

café con alguna de sus hijas. Pero, debido al confinamiento, su rutina ha cambiado. Silvia explica que a su madre le gustaba mucho salir de casa, pero «ahora se conforma ante esta situación y no pregunta mucho». Cada semana se encarga una hija de llevarle la comida y se van alternando cada noche para estar con ella.

«Al principio nos preguntaba mucho cuándo volveríamos a tomar café en el bar, pero al vernos con mascarilla y guantes, lo ha ido asumiendo», señala.

Todas las mañanas Rosa se acomoda en su mecedora para ver la televisión. «No oye nada, por lo que utiliza cascos auriculares y, por ello, no entiende demasiado qué pasa porque capta pocas cosas», recalca Silvia.

Durante el día, Rosa también aprovecha algún rato para dar un paseo por su casa y las hijas le hacen compañía hasta pasadas las nueve, hora en que se acuesta. Sin embargo, esta vecina desea poder volver a su rutina, pero sobre todo, ver a toda la familia y a ver si se pueden celebrar sus cien primaveras.

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