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El virus en la ciudad extrema

El miedo cala en la frontera en la que colectivos de extrema vulnerabilidad se ven más expuestos al coronavirus. Levante-EMV acompaña al convoy de Cruz Roja en su asistencia en los asentamientos de infravivienda de València.

Un hombre, en el asentamiento de la calle Actriz Pepita Serrador de València.

Un hombre, en el asentamiento de la calle Actriz Pepita Serrador de València. Fernando Bustamante

Entre los matorrales del patio del antiguo colegio Tirant lo Blanc, abandonado hace tres décadas, Marcela arranca una flor silvestre, muy blanca, y se la regala a Estefanía, una de las sanitarias de Cruz Roja, mientras le ayuda a organizar la fila para el chequeo médico y calmar un malentendido con Roberto, uno de sus compañeros en este asentamiento de la calle Pepita Serrador, que se resiste a decir qué medicamentos se toma por temor a que se los roben. «¡Gracias Marcela, te mereces el cielo!» Una luminosa confianza entre sanitarios y personas sin hogar abriga de pronto el soleado mediodía, en la jornada 42 de confinamiento, en una ciudad que cambia de piel con solo doblar una esquina, en una realidad que nos esforzamos por desconocer. «Si no fuera por Marcela aquí nos vendríamos todos abajo», añade con una gran sonrisa Jesús David, de 47 años, originario de Bolivia, cuyo recorrido en València define irónicamente como «bien bacano». Hace tiempo dejaron de requerirle en las canterías, y su gesto se torna pudoroso cuando recuerda que quizá podría pedir ayuda a un hermano, que regenta una tienda en la ciudad. Sentado, espera a que le tomen la temperatura corporal, la presión arterial y le entreguen un par de mascarillas.

Marcela llegó hace 25 años a València desde Colombia y ha ido subsistiendo con todo tipo de trabajos, especialmente en las temporadas de vendimia en Francia. La emergencia del coronavirus no solo la ha obligado a salir de un piso compartido «con varios morenos», sino que la ha dejado sin posibilidad de sustento económico por la obligatoriedad de quedar aislada. Y, como ella, el resto de la docena de personas sin hogar repartidas en el primer piso de un edificio ruinoso, del que se llegó a proyectar un centro de entrenamiento de bomberos y un retén de policía. Los techos de las viejas aulas han quedado ennegrecidos de las hogueras del invierno y ya no queda rastro de puertas o ventanas. Las paredes sin azulejos dan constancia de grafitis que compiten en antigüedad. En cada estancia hay colchones, mantas, cajas de fruta y alguna tetera humeante. Todo dispuesto en un orden que camufla la suciedad.

A este colectivo en condiciones de extrema vulnerabilidad se destina el proyecto Anem València, participado por el ayuntamiento de la ciudad, Ibercaja Banco y Cruz Roja, y que desde el inicio del estado de alarma ha atendido las necesidades básicas de más de quinientas personas sin recursos, que en su mayor parte vivían de la mendicidad y cuya situación se ha agravado con la crisis de la covid-19. El reparto de alimentos es diario y quincenal el suministro de kits de higiene. El pasado 24 de abril Levante-EMV acompañó al convoy de Cruz Roja en la expedición que, tres veces por semana, realiza en su asistencia socio-sanitaria en poblados de chabolas de la ciudad, la frontera más desprotegida. La infraciudad ante los estragos del virus.

El equipo sanitario está formado por cinco integrantes. Los síntomas que la médica Kelsie Aramburu se ha ido encontrando en las últimas semanas son de toda índole, hasta enfermos con cáncer terminal: «Lo que más prevalece es la diabetes y la hipertensión. Entre las pertenencias también encontramos muchos medicamentos contra la depresión. En la población de niños, lo que hemos visto sobre todo es falta de aseo, pero patologías no». Y, por supuesto, entre todos los signos despunta el miedo. La diferencia entre la valentía y la inconsciencia radica en «saber convivir» con la nueva dimensión de un miedo ya no amenazante, sino vencedor. Tan imposible de esquivar que, a una y otra parte de la mesita plegable que separa a los sanitarios de las personas sin hogar, solo se le puede plantar cara reconociendo su entidad. «Desinfectamos el edificio con alguna botella de lejía que nos trae algún amigo. Hay miedo, no nos movemos para no atraer al virus, tenemos muy claro que nuestra situación es más arriesgada», señala Marcela.

El impacto que ha sentido con el coronavirus José María del Amo, técnico de emergencias sanitarias, acompañado de sus dos hijas enfermeras, es el de un miedo antiguo. «Es una sensación parecida a cuando acudí con la ambulancia al primer accidente de tráfico en el que murió un niño. Esa noche estuve dándole vueltas a si dejaba el trabajo. O con el accidente del metro. Es una situación que la asumes o puede contigo». De aquella primera noche han transcurrido 25 años con la piel encallecida cubriendo toda clase de emergencias: «Esto te afecta, no somos robots. El bajón viene siempre de noche, cuando regresas a casa. Ayer apenas pegué ojo pensando que igual tengo el coronavirus. Hemos encontrado casos de fiebre, pero no tenemos test. Al final siempre te levantas. Y es otro día. Y lo vuelves a hacer. En algunos asentamientos, como el de la calle San Vicente, hay más de 150 personas. Faltan manos y debes actuar». «Sabemos que estamos en la primera línea», afirma la doctora Aramburu. Una primera línea distinta a la de los hospitales, sin el tranquilizador olor a desinfectante trepando por fosas nasales. «Pasamos miedo y somos conscientes de que podemos contagiarnos. Pero cuando te pones en acción desconectas y prevalece el pensamiento de que estás haciendo algo necesario». La adrenalina no baja con treinta personas en fila india esperando a ser asistidas: «Es en casa cuando la mente te pasa cuentas. Se pasa mucho peor estando en casa».

En la misma calle, a escasos cincuenta metros, se levanta otro asentamiento, de población rumana, con hijos menores de edad. Atendemos la exigencia de no preguntar ni disparar fotografías. La mayor dificultad idiomática no impide la realización del chequeo. Los más pequeños, como Valentina, rompen en llanto pero reciben la recompensa de un paquete de papas, por haber accedido a tomarse la temperatura. Ya es más de la una de la tarde («siempre se nos hacen las cuatro», confiesa José María), y seguimos a la ambulancia más hacia el sur, por la carretera real de Madrid, hasta el barrio de San Jorge, limítrofe con Alfafar, Sedaví y Benetússer.

La ambulancia no puede pasar por una estrecha calle que conduce a cuatro humildes casas en precario estado, en las que se abre el campo abierto del último trozo de huerta ante el skyline de València, más nítido que de costumbre. Las instrucciones son las mismas y las familias, dependientes de la mendicidad y del traslado de chatarra, guardan fila respetando la distancia de seguridad ante una pared en la que alguien escribió en grandes caracteres «C. Ronaldo». Vestido con pantalón, camisa y zapatos negros, Antonio, portugués de Miranda do Douro, no hace caso a la pintada de su célebre y millonario compatriota: «Nunca me ha gustado el fútbol y con la delicada situación que vivo junto a mi mujer ni me permito soñar con distracciones». Antonio lleva «fatal» no poder salir de casa porque ya ahora no puede vivir «de la caridad de las personas que acuden a los supermercados». Tiene la esperanza de poder coger algún autobús, cuando se reabra el tráfico en la desescalada, y reunirse con parte de su familia, que habita en Madrid. «Gracias a Dios, de salud nos encontramos bien, pero no tenemos nada de comer». El tono apagado de su voz recobra algo de optimismo al señalar con la mirada el operativo de Cruz Roja: «Si sé que saldremos adelante es porque, cuando peor están las cosas, la gente es más solidaria. La gente es buena».

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