Una alfombrilla con líquido desinfectante recibe a los pacientes en la consulta. Las nuevas precauciones en tiempos de pandemia en las clínicas dentales empiezan incluso antes de entrar. Teresa, la recepcionista, guía al visitante en la ruta antivirus hacia el sillón del dentista, hoy un lugar hiperprotegido: coloca dos calzas de quirófano en los pies, previo lavado de manos con gel hidroalcohólico, y le invita a pasar a la sala de espera. Antes hay que tomarse la temperatura con un termómetro infrarrojos: Hasta 36,7º no hay problema.

Un estudio publicado en el New York Times situaba a los dentistas entre los más expuestos al contagio por la Covid-19. Un estricto protocolo de actuación, y la ventaja de haber trabajado siempre con especiales medidas de bioseguridad, convierten esa amenaza en más aparente que real. Si había alguien adiestrado para atender enfermedades infectocontagiosas eran los dentistas. Ya usaban guantes, gafas, mascarillas y hasta pantallas. En los años 90, el VIH y la hepatitis C marcaron un punto de inflexión en las consultas.

En plena desescalada, las clínicas dentales han dado un paso más para anular la posibilidad de contagio de la Covid-19. El protocolo del Colegio de Odontólogos valencianos, en este caso, es tan estricto como efectivo. «Queremos transmitir un mensaje de tranquilidad. Nosotros estamos acostumbrados a trabajar con medidas higiénicas muy fuertes, así que nos costado poco adaptarnos. Siempre hemos tratado a los pacientes como si fuesen infecciosos por una cuestión de seguridad. Estamos muy acostumbrados. Tenemos esterilizadores muy potentes y utilizamos medidas barrera que son inherentes a nuestra profesión», explica la odontóloga Encarna Piquer desde su consulta en la calle Maestro Valls de València, en pleno barrio de El Cabanyal. Reabrió el pasado lunes, como muchos de su gremio.

El ideal de todo paciente de tener una sala de espera solo para él es un hoy un deseo cumplido. No hay nadie. El único 'cliente', el que nos precede, está siendo atendido en el gabinete. «La mejor prevención del colegio de odontólogos es que haya solo un paciente en la sala de espera, dos en el caso de que sea un menor o también necesite llevar acompañamiento y separados a 2 metros de distancia», explica Encarna, que acaba de practicar una endodoncia a un paciente habitual.

La sorprendente imagen de la sala de espera vacía será la costumbre a partir de ahora. Al menos, en los próximos meses. Adiós a las largas esperas en el dentista, a veces eternas, que no solo eran responsabilidad del centro, sino de la falta de rigurosidad en la puntualidad de los pacientes, que provocaban un efecto dominó en el retraso de la cita. «De este golpe vamos a aprender. La calidad asistencial ha subido y el trabajo es más lento. De esto hay que sacar calidad asistencial por tener más tiempo para cada paciente y por el espacio», puntualiza la doctora. El mito de que la buena imagen del dentista es tener una sala de espera llena se acabó. Ahora se atiende a un paciente cada hora y media. Un margen seguro para evitar colas y, también, para que el virus no se paseé a sus anchas.

De la sala de espera han desaparecido los cuadros y los floreros. El aire acondicionado no se enciende hasta que lleguen los nuevos filtros antipartículas y las estancias se ventilan con frecuencia. Antes de ocupar el sillón en el gabinete, toca ponerse un gorro y echarse en las manos otra vez gel hidroalcohólico. Nos ponen, además, unas gafas de plástico protector para anular el mínimo riesgo de contagios por los ojos. La dentista y su asistente llevan puestas dos mascarillas cada una -una quirúrgica y una FP2- tras la pantalla de plástico. Encima, un EPI cada una. La inversión en material, eso sí, ha sido obligada.

Antes de entrar en acción, al paciente se le da un enjuage con peróxido diluido. Más seguridad. El otro gabinete que ha ocupado el paciente anterior ya sido desinfectado con productos virucidas y estará una hora y medio vacío. Todo el material, excepto las EPIs, que se tiran cada vez, será esterilizado después a 60 grados. «Con estas medidas es prácticamente imposible un contagio. La cadena de desinfección es muy potente. Y al estar tan espaciadas las consultas, es muy seguro», añade la doctora. «Los pacientes están respondiendo muy bien», apostilla Piquer.