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El golpe social tras el virus

La pandemia ha acentuado el riesgo a un estallido social. Existe una clase media que puede sentirse marginada de las soluciones. Las protestas han emergido por los barrios ricos. El camino que se elija para salir de esta crisis hará decantarse a la sociedad entre la serenidad o los totalitarismos.

Manifestantes, ayer en València.

Manifestantes, ayer en València. F. Calabuig

qué le pasa a una sociedad cuando sufre una sacudida como la actual. Es la pregunta que muchos se hacen estos días ante el desgaste emocional y económico que ha supuesto la pérdida de miles de vidas y la cuarentena. La pandemia del coronavirus ha deteriorado la paz social y España se enfrenta a una crisis económica, social, política e institucional sin precedentes.

Porque no solo es una crisis sanitaria. El empobrecimiento de una clase media que empezaba a salir de la crisis de 2008 y que puede sentirse marginada de las soluciones, la polarización de los discursos políticos y la pérdida de credibilidad de las instituciones influirán en la respuesta que se dé a partir de ahora en la calle.

La sociedad española había encontrado caminos alternativos para encauzar su malestar tras las dificultades, pero los expertos advierten que con esta crisis estamos perdiendo la confianza en nosotros mismos. El miedo al virus nos balancea entre los totalitarismos y la serenidad. El camino que se elija para salir de esta crisis hará decantarse a la sociedad española y los países que no resuelven los problemas de la gente que está desesperada se arriesgarán al conflicto.

La sociedad civil ha empezado a organizarse por la derecha. Las protestas de la última semana en los barrios pudientes de grandes ciudades, como Madrid o València, son un síntoma de lo que puede venir. El personal sanitario no ha sido el que ha salido a la calle pese a que se ha enfrentado cara a cara con el virus sin recursos suficientes. Es una paradoja, pues son las zonas adineradas las que han prendido la mecha de las protestas.

Hacía más de 100 años que España no se enfrentaba a una emergencia sanitaria como la actual. La gripe española de 1918 precedió a la expansión de los fascismos por Europa tras dejar sin oportunidades a una parte de la clase media que se sintió excluida de las soluciones a la crisis. Así lo explica la historiadora de la Universitat de València (UV) y escritora Isabel Morant.

«La peste de 1918 ha dejado muy poco relato, pero sí conocemos lo que llegó después. La crisis estaba ahí, se veía, y ¿qué hizo la clase media, los burgueses? Dijeron 'el fascismo no es un problema, nosotros no somos fascistas. Somos demócratas, liberales y ya lo pararemos. Pero de momento están ahí dando gritos para que nadie se desmadre'. Así fue una parte de la sociedad europea y también española antes de la Guerra Civil». Todo lo demás fue guerra y odio.

La historiadora valenciana razona que en los contextos de crisis, en el que la gente sufre como ahora, «son también momentos de miedo y ese miedo hace tambalear muchas cosas. Las clases medias son un sector importante de la población que pueden decantarse hacia soluciones más autoritarias o extremistas».

«En los años 20 y 30 lo que ocurrió es que la sociedad tuvo miedo. Vio que había problemas, creyó en salvadores y eso sí que puede ser peligroso, que alguien crea que de una situación como esta se sale a las bravas. Todos vamos a perder en esta crisis, pero unos más que otros. No se trata de hacer una política para las personas más desfavorecidas, sino de una política que iguale o permita un país con oportunidades». En este sentido, Morant revela que «el problema sería dejarnos llevar por aquellos que, por una mirada muy inmediata de tomar el poder o por un miedo o egoísmo excesivos, no se den cuenta de que hay que arrimar el hombro para resolver problemas que ya venían de antes, como el empleo precario».

El riesgo a un estallido social no es una singularidad de España. El desencanto también se ha extendido por Europa o EE UU. «Mas que politización del problema hay una partidización», puntualiza el catedrático en sociología de la UV Antonio Ariño. «Vox trata de sacar pecho y votos del resentimiento que pueda haber en determinados sectores. Pero es curioso que ese resentimiento quede amalgamado a dos elementos. El cabreo de las clases altas, no ultra ricas, pero sí altas, y la españolización de las protestas. He visto muchas imágenes religiosas en los balcones y entiendo que la gente ha tratado de sacar remedios que le pueden ayudar a encontrar un sentido al momento en el que vivimos. Pero también veo imágenes de España pese a que se trata de un fenómeno global porque el virus no tiene nacionalidad», apunta Ariño.

A su juicio, estos dos elementos simbólicos, con base social, son muy significativos, pero cree que hay que distinguirlos de los malestares que se puedan producir más adelante y que van a tener que ver con el desarrollo de la crisis y la pérdida de confianza que generará el miedo.

«La solidaridad social se tiene que manifestar con los grupos que ya estaban en una situación difícil, compleja, y que ahora han sido castigados con un cierre repentino de sus negocios. Los despidos no han acabado, la fase más grave ha pasado pero hay mucha gente a la que no están renovando contratos. Vamos a tener un periodo muy duro de descenso al purgatorio. Creo que la alegría por salir a la calle tras el confinamiento no nos hace percibirlo en este momento», dice Ariño. Augura protestas, unas más justas, de gente maltratada durante la pandemia, y otras interesadas e instrumentalizadas por los extremismos que «tratan de pescar en río revuelto». «El sistema sanitario necesita un gran refuerzo, no se discute, y eso supone inyecciones económicas potentes», manifiesta el sociólogo.

La covid-19 ha generado muchísima tensión al conjunto de la ciudadanía. Al coste humano y económico se le suma la sensación de incertidumbre y la desconfianza en el sistema. Sin embargo, y pese a que hay cierto consenso en que será difícil que volvamos a los niveles precrisis antes del segundo trimestre de 2021, «es improbable que el descontento social se traslade a las calles en forma de revueltas masivas», razona el politólogo y consultor de Atrevia David Sabater.

«La insatisfacción puede derivar en cambios importantes, pero se canalizarán a través de las urnas. El riesgo que suponen situaciones como esta, donde el hartazgo social llega al extremo, es que muchos ciudadanos voten por opciones rupturistas. En España hablaríamos de formaciones como Vox o escisiones radicalizadas de partidos preexistentes, el recién escindido sector anticapitalista de Podemos». Sabater explica que en estos escenarios también es habitual la irrupción de políticos que se presentan como outsiders entre los partidos tradicionales -es el caso de Boris Johnson en los conservadores británicos-, «aunque en España parece muy poco probable que puedan surgir esta clase de liderazgos dada la estructura interna de nuestros partidos».

¿Por qué podría un conjunto grande de la ciudadanía dejarse seducir por opciones situadas en los extremos? Según Sabater, «un factor importante es el efecto demoledor que una crisis de este tipo puede tener en las clases medias. De la noche a la mañana, muchas personas están pasando de una situación de cierta tranquilidad económica a una situación de verdadera angustia. Muchos ciudadanos pueden cambiar drásticamente el sentido de su voto porque su perfil sociológico también ha sufrido un cambio».

¿Y si el camino que se elije es el de los partidos tradicionales? «Una crisis así, por su enorme impacto, puede provocar que los ciudadanos se refugien en los partidos tradicionales. El votante puede considerar que no es momento de experimentar. Se puede dar un voto del gatopardo: cambiarlo todo para que no cambie nada», concluye.

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