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Un verano a la antigua

Se acabaron los vuelos internacionales, las fotos en redes sociales de playas paradisíacas y conocer culturas exóticas. Al menos este verano, porque volvemos a los pueblos, a las raíces, a las semanas infinitas del «dolce far niente», sin más presión que volver a pisar las calles y plazas que nos vieron crecer.

Vera y Claudia junto a tres niños en la Fuente Vieja de Ademuz.

Vera y Claudia junto a tres niños en la Fuente Vieja de Ademuz.

Ramón y Rosa se conocieron hace 45 años en Casa Domingo. Para cualquiera que haya visitado el Rincón de Ademuz, sabrá que este local era uno de los enclaves de la comarca para comer, dormir o, como les sucedió a Ramón y Rosa, forjar un matrimonio que dura hasta hoy. Casi medio siglo después, ambos pasan el verano una calle más arriba del lugar donde se conocieron (hoy cerrado), pero rodeados por dos hijas y cinco nietos.

La familia Hernández Pérez vive un verano distinto. A estas horas, en estos días, deberían estar en la playa, en Tavernes, como llevan haciendo cada julio desde hace años. El apartamento lo alquilan los abuelos y hasta allí se desplazan sus dos hijas y todos los nietos. No ha sido así en este verano pospandémico, y la arena y el salitre han sido sustituidos por la tierra y el agua de río. Están en Ademuz, en la casa familiar de Ramón, donde pretenden quedarse todo el verano. «Siempre hemos venido unas semanas en agosto, pero este año nos hemos instalado ya. Ni siquiera sabía qué ropa traer porque no se qué temperatura hace en el Rincón en julio», explica Eva, la menor de las dos hijas.

Llegó hace unos días junto a sus hijos Diego y Arantxa. Con su primo, César, han invadido la calle con sus juguetes y han montado allí su campamento. No entran en casa más que para comer y dormir, como explica Rosa, su abuela. «Aún así, hay que entretenerles, porque este año las piscinas están cerradas y no está permitido bañarse en los ríos. A ellos les gusta mucho la playa, pero para estar sufriendo por las aglomeraciones o no poder movernos con libertad, mejor aquí». Ramón disfruta con ellos y se ve reflejado en los juegos de la Fuente Vieja y en la Plaza del Ayuntamiento. «Ahora vienen a jugar, pero nosotros veníamos a por cántaros de agua. Estaba aquí, en el mismo sitio, donde ahora están mis nietos», recuerda. Sin embargo, hay algo en lo que han sido implacables: contratar internet en la casa del pueblo.

A Rosa le interrumpe César y casi sin pestañear, entra y sale de casa como un relámpago. Entonces se produce un gesto que cualquier lector o lectora será capaz de recordar: aparece, a través de las cortinas de la puerta, con un bocadillo de almuerzo para su nieto, que lo devora. Hay instantes que son una patria en la memoria.

En los veranos de pueblo, las horas las marcan las comidas y, entre medias, juegos, paseos, escapadas y vuelta a empezar. Este año, como recuerda Eva, ni siquiera habrá fiestas en Ademuz ni en los pueblos de alrededor, pero tampoco hará mucha falta. Cada noche montan una mesa en la calle y cenan allí con otros vecinos y vecinas. «Este año ha venido más gente y, como nosotros, muchos han llegado antes», dice Eva.

Conviven en la casa familiar y comparten las tareas del hogar, aunque Eva reconoce que es su madre quien lleva el peso de la casa. Ella se encarga de los niños porque su marido se ha quedado en València. Solo tendrá una semana de vacaciones ya que regenta un bar y los meses de confinamiento han sido «un desastre». «Con el año que llevamos ni siquiera nos planteamos hacer un viaje. El verano lo pasaremos entero aquí», asegura Eva.

El verano y parte de la primavera han estado Gema y Dani en Vallanca. Llegaron 15 días antes de Semana Santa con previsión de quedarse durante todas las vacaciones pero una pandemia y su consiguiente estado de alarma les «forzaron» a hacer de su casa de verano una fortaleza. «Tenemos la sensación de no haber vivido el confinamiento tal como se ha visto en los medios de comunicación. Además, para los niños ha sido como La vida es bella», reconoce Dani.

Viven en Barcelona junto a sus dos hijos, Gabriela y Leo. Vallanca es el pueblo de la madre de Dani, Edith, y se siente «más de aquí» que de la ciudad Condal. Gema es de València y ha encontrado en este pueblo el entorno en el que siempre quiso estar. El teletrabajo les ha permitido no volver a la capital catalana y en estos meses han disfrutado de lo que habitualmente hubieran condensado en unas semanas de agosto. «La pandemia nos ha obligado a frenar y nuestros hijos están encantados», dice Gema. En parte es gracias a que el 1 de mayo comenzaron a reacondicionar el huerto de su tío abuelo. Con ayuda de vecinos encontraron las lindes y dos meses después han tenido que regalar en el pueblo las lechugas. Lo mismo pasará con los tomates y tantas otras hortalizas que crecen sin parar. «Campesino tonto, patatas gordas», ríe Dani.

El huerto se ha convertido en el refugio y en el proyecto de esta familia. Todo para Gabi y Leo es un aprendizaje: «Hay que cavar, arreglar la acequia, sembrar, regar, ver cómo algunas mueren, recoger la fruta... ha sido un descubrimiento para ellos. Ahora, los castigos son con la amenaza de no ir al huerto», explica Dani.

En cualquier otro mes de julio, esta pareja estaría haciendo escapadas de fin de semana por España aunque siempre pivotando alrededor del despacho. Hasta agosto no pisarían Vallanca, un sitio, según Gema, «mejor que Disneyland para los niños».

Gabi ha construido con la ayuda de Leo una casa de las hadas en el arce que da entrada al huerto. Queda junto al río y a escasos metros del «chiringuito» del pueblo, el bar municipal junto a las instalaciones deportivas de Vallanca. Este año y de manera excepcional la concesión salió para un año y fue Manel Gascón, vecino del pueblo aunque residente en Barcelona, quien optó para quedárselo. Abrió el 2 de julio y por ahora «todo marcha bien». En la capital catalana también tiene un bar por lo que está hecho al sector de la hostelería y al enterarse de que salía la licencia del chiringuito, la cogió «por probar». Gascón reconoce que no le está resultando tan fácil como esperaba: «Yo vengo cada verano de vacaciones desde que nací y ahora estar aquí trabajando se hace raro. Sin embargo, con este entorno, rodeado de montañas, del río, con el sonido de los pájaros... vale la pena».

No será un verano igual, pero desde luego no será peor. Serán semanas de echar el freno y volver a lo de siempre: a lo que nunca se fue.

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