Comer o cenar de improvisado en un restaurante de la Malva-rosa un domingo a mediodía es ya un recuerdo. En el primer fin de semana de agosto tras la pandemia de la covid-19, la afluencia en la playa valenciana ha descendido casi a la mitad respecto a la misma fecha en 2019. Un verdadero drama para la economía que ve cómo su principal cliente, los turistas extranjeros, no llegan. «Ahora tendríamos un 90 % de clientes europeos y en estos momentos no debe llegar al 20 %, como mucho», dice Pablo, maître del restaurante Tridente. Ha visto cómo en las últimas semanas la afluencia descendía en el restaurante que regenta. Julio comenzó con mucha fuerza y movimiento de personas, pero los brotes de contagios por la covid-19 y las restricciones europeas han terminado por complicar un verano ya de por sí atípico.

El ejemplo lo da el mismo maître: «Todos los años contratamos a tres personas para la sala y tres más para cocina, pero este año nos estamos apañando los que estamos en plantilla». De hecho, según reconoce, las reservas para comer en fin de semana se mantienen pero con «llenos simples». Se acabó aquello de comer por turnos y doblar el horario de las comidas. En el caso de los desayunos, si el año pasado se servían unos 90 al día en Tridente, ahora apenas llegan a los 30. «Salvaremos la temporada y puede que con nota, pero las pérdidas han sido brutales», sentencia Pablo.

En este mismo sentido se expresa Verónica, compañera de Pablo pero en Hotel Neptuno. El fin de semana han estado completos, pero ayer domingo la mitad de los huéspedes recogió sus maletas y de 90 habitaciones, la mitad se quedó vacía. «Así se mantendrá toda la semana», prevé.

La incertidumbre por la que los hosteleros pasan es la misma que los clientes, por lo que la recepcionista reconoce que el tipo de reservas ha cambiado por completo. Este año son todas de última hora, cuando uno ya sabe si va a poder viajar o si se va a encontrar con restricciones. De hecho, la mayor parte de las cancelaciones que se han producido la última semana han sido la de turistas extranjeros y sobreviven gracias a los nacionales. «De Italia casi no llegan personas, los ingleses ni se les ve y son los franceses los que más se están dejando ver», reconoce Verónica.

En la playa, alrededor de las 13 horas, los bañistas comienzan a salir hacia el paseo. Es el caso de Ana, de Madrid, que apura las horas antes de volver a la capital ayer por la tarde. Sus padres están aquí y vino a verles el fin de semana y se lo ha pasado en la playa. «El viernes y el sábado había más gente que hoy-por ayer-», reconoce, y asegura que ha encontrado la Malva-rosa más vacía que otros años. No es una percepción errónea. Oleh, Svetlana e Ilya también se secan en el paseo mientras explican que hace dos semanas costaba encontrar huecos cerca del mar: ayer podían elegir estar cerca del agua o más retirados.

Mientras, los dos auxiliares de playa que custodian uno de los accesos, apuntan que ayer la afluencia estaba contenida.Además, los toques de atención por el uso de la mascarilla han caído en picado porque la gente está más concienciada y la usan en todo momento.

Es el caso de Sonia y Diego, que salen del agua de hacer «paddle surf». La valenciana asegura que desde el espigón parece que haya muchas sombrillas pero una vez en la arena, la distancia de dos metros entre toallas se mantiene a la perfección. Diego, su compañero, que viene de Castelló, explica que no han tenido ningún problema por saturación de tablas.

Ya en La Marina, Diego, que regenta el chiringuito «El Rincón de los bajitos», asegura que el año pasado, a mediodía, «no podría atenderte, estaría sirviendo mesas. Ahora, ya ves, no más de diez personas sentadas». El público al que más ha atendido es valenciano y sobre todo por la tarde, ya que por la mañana las altas temperaturas de todo el fin de semana han disuadido a los paseantes de acercarse a la arena.