Este es un escrito que un historiador y periodista nunca deseaba tener que redactar, pues obliga a dirigirse a los lectores desde el yo, lejos del abrigo que la distancia académica o la perspectiva periodística permiten. Por ello su título es un nombre propio, Roberto Ruiz Belén, y no Una persona imprescindible o Uno de los nuestros, pues cualquier titular al uso me resultaba siempre manido para referirme a Roberto, mi Roberto, nuestro Roberto; el albaceteño más valenciano que cabe imaginar.

Camino del tanatorio de València no podía pensar en otra cosa que en conjurarme para no llorar y, sobre todo, refugiarme en los versos del poeta de la Generación del 27 Manuel Altolaguirre: Era mi dolor tan alto, que miraba al otro mundo por encima del ocaso? incluidos en su obra Las Islas Invitadas, cuya edición vio la luz en la emblemática fecha de julio del año 1936, dedicada a Los heroicos defensores de la libertad y la democracia, que es la nómina donde Roberto habita.

Me dirigí directamente a la ceremonia fúnebre, plena de hermosas intervenciones en sus dos lenguas, recordando así mismo que mi última visita a ese lugar fue para las exequias de Alejandra Soler, con parecida emoción dolorosa, y otra figura marcada por una labor social y política inconmensurable, dos personalidades que exigen una biografía.

Resulta por tanto imposible resumir, querido Roberto, una puntera labor como sindicalista en CC OO, como camarada y compañero del Partido Comunista y de EUPV, como fallero de la Comisión Jacinto Labaila Manuel Simó y del Casal Bernat i Baldoví o de la JCF, como republicano, en la Plataforma 14 de abril por la III República, como persona familiar, vaya por delante un abrazo para su Rosa y sus parientes, y como hombre de grandes amigas y amigos de todas las fragancias y colores, dada su natural bonhomía.

Eran las cinco de la tarde, de un 20 de agosto del 2020, al día siguiente de su partida, y allí estaban cargos políticos de peso, desde eurodiputados, Marisa, hasta diputados en el Congreso, Roser y Ricardo, y en las Corts, Marga, o regidores municipales de València, Rosa o Amadeu, y tantos familiares, compañeros, camaradas, falleros, sindicalistas, republicanos y amigos. El secretario general de su Partido, Javier, nos prometió un acto cuando acabe la maldita pandemia.

Un emocionado abrazo de su compañera al féretro, bien arropado con la bandera roja y con la tricolor, un Viva la República, Visca, y el inevitable regreso a la ciudad de sus amores en compañía de otros imprescindibles, en el automóvil de María José, con Francesc y Guillem, rememorando, en valencià y castellano, la perenne sonrisa de Roberto, la de Manolo Escobar como él decía con sorna, y convinimos en que se parecía más a la del gran actor Jack Nicholson. Un maestro es siempre un maestro: Roberto Ruiz Belén. Sit tibi terra levis.