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Casarse en tiempos de rebrote

Una pareja contrae matrimonio tras retrasar mes y medio el evento, afectado por las nuevas medidas

Un momento de la ceremonia nupcial, el pasado sábado.

Un momento de la ceremonia nupcial, el pasado sábado. eduardo ripoll

Samuel y Belén ya son oficialmente marido y mujer. El sábado la joven pareja se daba el «sí, quiero» en una celebración que ha navegado en las últimas semanas entre el aumento de datos de contagio por coronavirus, las órdenes administrativas y un mar constante de cambios que han afectado al funcionamiento habitual de este tipo de eventos.

En un mundo sin covid, la boda se habría celebrado el 9 de julio. La pandemia se llevó por delante cualquier posibilidad de hacerla en el inicio de verano. Sin embargo, el buen avance en el control de la epidemia en los meses de mayo y junio alentaron a la pareja a poder organizarla un mes y medio más tarde.

Nadie contaba con las malísimas cifras de mediados de agosto ni con un rebrote tan fuerte en medio del verano. Ante esto, las autoridades sanitarias se vieron obligadas a reforzar los protocolos en este tipo de eventos. «Nunca hemos leído tanto el BOE», explica la pareja. Comenzó la carrera por adaptarse a la nueva realidad.

Primero, fue la caída de invitados prácticamente hasta el último día, pasando de más de 300 a alrededor de 140 por las complicaciones de las fechas o por miedo a un posible contagio. Después, a las nuevas medidas. «Hemos revisado mil y una veces el protocolo, no queremos que nadie se ponga malo por venir a nuestra boda», dice el novio liberado de los nervios de los días previos.

Pocos días antes del evento avisaron de que adelantaban la ceremonia una hora. El sábado, la Basílica de San Vicente Ferrer lucía mascarillas y expresiones de sufrimiento ante el calor de las cinco de la tarde. El motivo era aprovechar el mayor tiempo posible el convite ya que el cierre del ocio nocturno obligaba a dejar la fiesta acabada a la 1 de la madrugada.

El autobús de invitados hasta el banquete era también una colección de caras cubiertas por mascarillas camino de la masía. Nada más llegar, unas hojas esperaban a que todos apuntaran su nombre, apellidos y teléfono para que, en caso de contagio, se puedan rastrear los contactos y hacer las pruebas necesarias, un hecho clave en el control de la expansión del virus.

Los nervios no han sido un asunto exclusivo del nuevo matrimonio. La empresa planificadora ha vivido con la misma intensidad la organización. «Es la primera boda que hacemos desde marzo», explican desde Catering 5, donde aseguran que el despliegue de medidas busca «garantizar al máximo la seguridad» de los presentes. Para ello, el mantra es evitar aglomeraciones, facilitar la distancia de seguridad y recordar el uso de la mascarilla, una pelea constante para la organización ante actitudes individuales.

Las mesas se expanden por todo el jardín con una separación entre ellas de más de tres metros. En cada una de ellas, preferentemente ocho comensales aunque hay un par de

excepciones de diez y repartidos conforme a grupos que tengan el mayor contacto habitual posible. La mascarilla, recuerdan los camareros, es obligatoria si no se está comiendo o bebiendo y hasta el regalo de los novios ha ido en esa línea: una bolsa de tela y una cinta para

guardarla de una manera higiénica cuando se esté comiendo.

Evitar aglomeraciones en las que la distancia de seguridad se vuelve quimera es el objetivo que más obliga a cambiar el funcionamiento habitual. Los primeros entrantes vuelan en bandejas buscando mesas altas en las que apoyarse. Después de la cena no hay corte de tarta. La primera copa de la reducida y tempranera barra libre se sirve en la mesa para evitar que haya colas ante el ansia del primer cubata, en esta ocasión, a contrarreloj.

El baile sólo está previsto para los recién casados. Ni padrinos ni familiares ni discoteca posterior. Sin embargo, nadie evita que en el momento en que Samuel y Belén hacen suyos los primeros compases del vals se cree expectación en forma de familiares y amigos de pie amontonados en torno a los pasos de la pareja.

Pista de baile

En un momento, la música rompe y un grupo entra en la pista de baile. Se rompen el círculo y las distancias. El DJ vuelve a insistir en la necesidad de llevar la mascarilla, una prenda que vive un subeybaja constante ante la copa. La pista de baile, no obstante, dura apenas unos minutos y acaba diseminada entre mesas que coloca la organización. La idea es que si hay baile, que este sea en torno a las mesas en grupos mucho más reducidos.

Se ve alguna pequeña columna de humo frenada por el personal de la sala. «Hay una zona para fumar y siempre manteniendo la distancia de seguridad», les señalan indicando una esquina entre árboles con mesas y sillas a disposición. A la 1 la música se apaga. Hay quienes se dejan llevar por la emoción y se abrazan. Entre ellos, con el novio, con la novia. La boda se ha celebrado, con un horario exprés, con música, con mascarillas, limitaciones y modificaciones. Es la momentánea realidad. El final será del todo feliz en 14 días cuando se pueda confirmar que los protocolos funcionaron.

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