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Maestras valencianas al rescate de la escuela rural en Cataluña

Las maestras con los niños y niñas de entre 8 y 12 años, compartiendo el aula.

Las maestras con los niños y niñas de entre 8 y 12 años, compartiendo el aula.

A Montellà se llega por una carretera de curvas a la que se accede desde Martinet una vez cruzado el Segre, el río que atraviesa todo el valle de la Cerdanya. Desde el cartel del pueblo puede verse, a la izquierda, encima de una casa de nueva construcción de grandes ventanales, una portería de fútbol. Es una plaza pública, muy mejorable, por cierto, porque tiene las canastas medio rotas, pero también es el patio de una de las escuelas más singulares de la zona, la Ridolaina.

Peculiar porque lleva cuatro años aplicando un método educativo basado en la observación, la relación con el entorno, la convivencia y las emociones, pero también porque ha iniciado el curso de la covid con cinco profesoras substitutas (dos de ellas, llegadas desde la Pobla de Vallbona) después de detectarse un positivo que obligó a confinar a todo el claustro titular. Este es el relato de un inicio inesperado, pero también es la crónica de la supervivencia de la escuela rural catalana.

En la entrada, todos los zapatos de los chavales y sus mochilas. A la derecha, los niños de infantil y primero de primaria. A la izquierda, juntos, los de segundo hasta sexto.

Es lunes y los mayores tienen entre manos un proyecto sobre los animales. Han elegido el que más les gusta y en una cartulina pegan fotos y escriben cosas en cuatro idiomas. «Si no lo sabes decir en inglés, pregúntale a los demás», dice Gemma, la directora, invitando a una niña de 9 años a que consulte con una compañera de 12. Se levantan sin pedir permiso, usan el material a su antojo, charlan mientras trabajan.

Dos niños buscan en internet información sobre el rinoceronte. ¿Qué animal creéis que es más peligroso, el rinoceronte o el hipopótamo? Uno de ellos deja planchado al visitante. «El hipopótamo, clarísimo, porque es muy territorial». ‘Touché’.

Gemma Bach es la directora y causante involuntaria de este singular arranque de curso. Dio positivo a pocos días de empezar, y como las profes trabajaban en equipo, tuvieron que iniciar una cuarentena de 14 días. La Ridolaina se quedó sin maestras y fue una de las dos de toda Cataluña que no pudieron abrir las puertas el 14 de septiembre a causa de la covid, y la única que estrenó curso con un claustro formado únicamente por interinas. El Departament d’Educació eligió a cinco educadoras: dos de la Seu d’Urgell, una de Bellver y otras dos de la Pobla de Vallbona.

Estas dos últimas, de 24 años, amigas íntimas, se subieron al coche la noche del martes. Sonia es una de ellas. «Salimos a la una de la madrugada y buscamos Montellà en Google Maps». Nunca habían estado en la Cerdanya; cinco horas de trayecto. Aquella noche no durmieron, entre otras cosas, porque tampoco tenían dónde dormir.

Gemma les facilitó un contacto y desde ese día comparten habitación en una casa particular. Si hacen números, y teniendo en cuenta que habrán trabajado seis o siete días, es posible que la aventura les salga a devolver. Porque entre el transporte, el alojamiento y la manutención, habrán gastado más de lo que puedan ingresar. Pero ganar dinero no era el objetivo. Querían sumar puntos que, en siguientes convocatorias, les permitan acceder a otra plaza.

El caso de Sonia es peculiar. Llevaba un par de años dando clases en una escuela privada. De la noche a la mañana, literalmente, les dijo que se iba. Aquello no gustó. Pero ella, sostiene, siempre tuvo claro que quería dedicarse a la educación pública. «Sonará un poco raro, pero yo fui a la pública y creo que tengo una deuda con todo lo que me enseñaron».

El fin de semana lo aprovecharon para conocer Puigcerdà y algunos pueblos del entorno, como Prullans. Dice que les encanta este lugar. Si nada cambia, con el regreso de las maestras confinadas, deberán volver a Valencia. Se llevan un buen recuerdo y la experiencia de haber conocido «un modelo tan libre de educación».

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