El sustento de más de 1.600 millones de personas en el mundo depende de los bosques, que también albergan el 80 % de las especies terrestres. No obstante, las amenazas a las que estos ecosistemas deben hacer frente aumentan de forma exponencial, agudizando procesos como la desertificación —degradación del suelo o deterioro de tierra cultivable, entre otras consecuencias— o la pérdida de biodiversidad, como la caza furtiva o el tráfico ilícito de vida silvestre. Problemáticas que se han visto agravadas tras la crisis sanitaria de la covid-19, como denuncia la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Según alerta la entidad internacional, «las enfermedades que se transmiten de los animales a los humanos se incrementan de forma continuada». En este sentido, vinculan este hecho a la «destrucción sin precedentes de hábitats silvestres por la actividad humana». Así, la comunidad científica sugiere que estos espacios degradados pueden fomentar procesos evolutivos más rápidos y la diversificación de enfermedades, ya que los patógenos se propagan fácilmente tanto al ganado como los humanos.

Atendiendo a la información de la Organización Mundial de la Salud (OMS), «un animal es la fuente probable de transmisión de la covid-19», un virus que suma 33,7 millones de contagios a nivel mundial y más de un millón de fallecimientos a nivel mundial y que ha puesto en jaque al sistema económico. Aunque reconocen que los murciélagos son el portador más probable del coronavirus, admiten que «es posible que el virus se haya transmitido a los humanos desde otro huésped intermedio», ya sea un animal doméstico o uno salvaje. En este sentido, el Informe Fronteras 2016 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) sobre cuestiones emergentes de preocupación ambiental ya advertía que la zoonosis —enfermedades propias de los animales que incidentalmente pueden comunicarse a las personas— amenazan el desarrollo económico, el bienestar animal y humano y la integridad de los ecosistemas. De hecho, en los últimos años varias enfermedades de esta tipología, como el ébola, la gripe aviar o el Zika, entre otras, amenazaron con causar grandes pandemias. Atendiendo a las estimaciones del monográfico, estas patologías han supuesto un elevado coste económico en los últimos 20 años, sumando más de 100.000 millones de dólares. Una cifra que podría contarse en millones si esas enfermedades se hubieran tornado en pandemias.

En el supuesto del virus SARS-CoV-2, este virus está catalogado como zoonótico por la OMS, lo que significa que se transmite entre animales y personas. Como se explica desde la organización, investigaciones anteriores establecieron que el síndrome respiratorio agudo severo se transmitía de los gatos de algalia a los humanos, mientras que el síndrome respiratorio de Oriente Medio pasó de los dromedarios a los humanos. Así, partiendo de la premisa de que «los seres humanos y la naturaleza son parte de un sistema conectado», como asegura Doreen Robinson, jefa de Vida Silvestre de PNUMA, es importante abordar las amenazas múltiples que, con frecuencia, interactúan con los ecosistemas y la vida silvestre para evitar que surjan zoonosis, incluida la pérdida y fragmentación del hábitat, el comercio ilegal, la contaminación, las especies invasoras y, cada vez más, el cambio climático. Y es que, como advierte la ONU, «la salud de nuestro planeta también desempeña un papel importante». «A medida que seguimos invadiendo los frágiles ecosistemas, entramos cada vez más en contacto con la flora y fauna silvestre, lo que permite que los patógenos presentes en las especies silvestres se propaguen».

Riba-roja de Túria es un municipio tradicionalmente agrícola con una clara conciencia ambiental. El 70 % de su huerta se encuentra localizada en el entorno del Parque Natural del Túria. Bajo este prisma y desde la necesidad de proteger su entorno, el ayuntamiento ha realizado un estudio de dinamización agraria que pretende poner en cultivo todas las huertas que rodean el parque, así como sus productos bajo su propia denominación de origen. Actualmente, solo un 33,16 % de las tierras está cultivada, de las cuales un 90 % están destinadas a los cítricos, lo que define la necesidad de diversificar la producción para sacar un mayor rendimiento y beneficio e incrementar la oferta.

El proyecto municipal contempla la creación de una sociedad de productores locales y una oficina del agricultor, que será la encargada de aprobar un Plan de Gestión Agraria, así como la puesta en marcha de un mercado agrícola local en el que se comercialicen todos aquellos productos cultivados bajo la marca de Parcs Naturals y que cumplan con los criterios de sostenibilidad. Además de los beneficios económicos, se prevé la realización talleres educativos, visitas y actividades de ocio familiar. El consistorio ha expuesto ya el proyecto al Consell Agrari Local y va a iniciar en breve una ronda de contactos con agricultores locales para exponerles la iniciativa, así como el estudio de viabilidad realizado. «Dentro de nuestro compromiso por la sostenibilidad y la Agenda 2030, queremos poner en valor el trabajo de los agricultores y los productos de proximidad que se cultiven en estas tierras, así como la dinamización social y educativa que se derive de la protección de la huerta y el entorno del Parque Natural del Túria», asegura el alcalde de Riba-roja, Robert Raga.