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Puig decidió esperar andando

El proceso hasta el toque de queda: una medida apalabrada con Illa que se complicó y llevó a la decisión unilateral

Cruce de calles del centro de València, desierto en la noche. | G. CABALLERO

Cruce de calles del centro de València, desierto en la noche. | G. CABALLERO

«Esperar al Gobierno, sí, pero andando, no quietos». La frase de un colaborador del president resume la actitud del Consell en el proceso de esta semana hacia el toque de queda. La medida se madura desde unos días después del puente del Nou d’Octubre, porque la consecuencia de aquel periodo vacacional fue un peligroso crecimiento de las cifras de hospitalización por covid y de ocupación de camas de UCI.

En la sala de máquinas del Ejecutivo fue la constatación de que el problema no estaba en los espacios laborales ni en los medios de transporte, sino en las relaciones sociales: en las reuniones familiares y de amigos.

¿Actuar o esperar?, fue el dilema entonces, dado que el nivel de incidencia de la pandemia en la Comunitat Valenciana es bajo en comparación con otras autonomías. La respuesta fue: mejor no mirar al vecino de al lado. Por tanto, actuar. ¿Cómo? La idea del toque de queda entre la medianoche y las 6 de la mañana está sobre la mesa ya el lunes pasado, según las fuentes consultadas. Otros países y municipios habían optado por esa vía y gustaba.

«El toque de queda, más que la solución, es el mensaje», explican en el entorno próximo de Ximo Puig. Es un aviso a la ciudadanía cargado de connotaciones marciales. Una forma de transmitir que la situación es peligrosa, que el confinamiento (el nuevo) puede estar a la vuelta a la esquina. Es también una manera de disuadir reuniones y salidas fuera de casa si no pueden prolongarse más allá de la medianoche. Es una forma además de facilitar la acción de la Policía y una medida sin coste económico (o mínimo).

¿Bono viaje y toque de queda?

El mensaje ha coincidido con la puesta en marcha del bono viaje de la Generalitat. Por un lado, así, se disuade a la población de hacer vida nocturna y, por otro, se la invita a viajar por el interior de la C.Valenciana. Parece contradictorio. Pero es la estrategia de doble sentido que maneja el Consell: combinar mensajes de prudencia y contundencia con evitar más daños a una economía al límite de sus posibilidades de resistencia.

Por ello, mientras la web de solicitudes del bono viaje colapsaba, el Consell apalabraba nuevas restricciones con el ministerio.

Sanidad conoce los planes del Gobierno valenciano desde el martes pasado. Y los comparte, aseguran fuentes conocedoras de los contactos mantenidos en la última semana. Los sabe desde el martes porque la previsión era celebrar el consejo interterritorial era el miércoles. Pero luego se retrasó un día. La consellera valenciana, Ana Barceló, fue la primera en intervenir en el encuentro en una táctica apalabrada con el equipo de Salvador Illa para propiciar adhesiones al establecimiento de medidas restrictivas.

Pero antes de esa reunión de todos los responsables de Sanidad de las comunidades el Consell ya sabe que no va a tener el respaldo de una instancia superior. El ministerio ya ha comunicado en ese momento a la C. Valenciana que no va a ofrecer un sostén jurídico a las limitaciones de movilidad de las autonomías si no hay unanimidad. Y no la hay, como preveían. Madrid, Euskadi y Cataluña se oponen por diferentes razones.

Por entonces, antes de que los consejeros se sienten telemáticamente con el ministro, Puig ya ha decidido dar un paso al frente y aprobar un toque de queda. Esperar andando. En ese momento se decide que el president comparezca en el Palau y no lo haga en solitario Barceló. La decisión es suficientemente relevante.

En el Palau queda un poso de decepción con la posición ministerial, que en esta ocasión ha sido la de no chocar con Madrid y no ir al Congreso con una propuesta de estado de alarma sin el apoyo del PP. Al final, la presión autonómica quizá conduzca a la alarma. Pero el Consell ya estará andando.

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