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La última noche sin hora límite

Recorrido por las calles de València en la madrugada del viernes, un día antes de que entrase en vigor el estado de alarma que restringirá la movilidad nocturna, con división de opiniones entre los jóvenes que apuran el momento

La última noche sin hora límite |

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Andrés es una parte más del decorado de las noches del barrio del Carmen. Apostado en un lado de la calle Caballeros, su función es la de intentar atraer personas a su local a tomarse una copa, una cerveza, un algo que justifique haber abierto. «Ahora estamos cerrando a la una, pero con el toque de queda... tendremos que cerrar a las 11 y media y ahí ya es imposible». El resoplido a mitad de frase va cargado de semántica. «Esto está prácticamente muerto», añade. Faltan 15 minutos para la medianoche del viernes al sábado, la última sin la atmósfera del estado de alarma ni la limitación horaria como mezcla.

La última noche sin hora límite

Unos metros más adelante y girando por la calle Calatrava, el restaurante Trece luce uno de esos nuevos llenos en los que hay mesas vacías por las distancias. «La normalidad está muy cotizada», dice una copa rota firmada en noviembre de 2018 que para su dueña, Victoria, ha sido un mensaje casi apocalíptico. «Estamos al 40 % pero con las nuevas medidas tendré que abrir antes para intentar aprovechar algún almuerzo y no cerrar en todo el día hasta la noche», señala la también propietaria del local de enfrente, Casa Victoria, que mantiene cerrado.

«Todas las cenas del fin de semana han quedado suspendidas, la mayoría apostará por comer y alargar con el tardeo», expresa. Su presagio se ve corroborado por Inma, una de las seis comensales de la mesa central donde todavía brindan. «Me parece bien el toque de queda, hay muchos jóvenes que no se están sabiendo comportar», expresa Mónica. Se reúnen una vez al mes y Pepa, que llega desde La Nucía, asegura que las restricciones horarias no le afectarán. «Si queremos quedar, podemos hacerlo a comer». «O cenar antes, quizás nos viene bien para cambiar de horario», indica Mónica de nuevo. «Mejor eso a que nos encierren otra vez» es una opinión casi al unísono.

Botellón en Honduras

Del Carmen vacío de turistas a la calle Serpis y la plaza Honduras repleta de jóvenes hay 15 minutos en taxi. El acento uruguayo al volante se convierte en un cronista de las noches vacías a un 40 % de ingresos habituales: «A la 1 no se ve un alma por la calle». Y cuenta las zonas donde sabe que hay botellón los fines de semana: el Cedro, Blasco Ibáñez, Benimaclet, Honduras « y también suben del río las voces cuando sobre la 1 y media se ponen allá abajo».

La luz azul de un coche de la policía custodia una de las esquinas del parque. Alrededor de las terrazas hay numerosos grupos de jóvenes de pie. «Estamos desbordados», admite Pepe, jefe de servicio de la Policía Local. Bajo su mando hay otras tres patrullas de refuerzo. «Estamos rezando para que se ponga el toque de queda y sea efectivo porque no damos abasto», añade mientras pasea con la vista los alrededores.

Sentados en una de las jardineras de obra entre diez y quince jóvenes beben unas cervezas de lata y explican que han salido «por inercia». «Es mi cumpleaños y hemos decidido salir un rato a cenar y tomar algo, no estamos aquí porque sea la última noche, pero cuando nos digan que no podemos nos tocará cumplir las normas», indica una de ellas. A los 30 segundos la linterna despeja el grupo: «Demasiadas personas juntas». Los jóvenes se dispersan ante el aviso policial.

"Todas las cenas del fin de semana han quedado suspendidas, la mayoría apostará por comer y alargar con el tardeo", expresa. Su presagio se ve corroborado por Inma, una de las seis comensales de la mesa central donde todavía brindan

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«Siempre hay excusas», dice una de las agentes del operativo mientras identifica a dos jóvenes por beber en la calle. Explica que todos los fines de semana es igual y que «peor» es en las casas. «Las fiestas en pisos son el servicio estrella». Por eso espera que con las limitaciones de horario «se vayan cortando porque les vayamos pillando en las entradas y salidas».

En otro banco, cuatro chicos y tres chicas charlan sin bebida en la mano, aunque dos de ellos se llevan a la boca un cigarro. «Sí que nos afecta, sí». Otro se queja de que se ha convertido a los jóvenes «en cabeza de turco». «Es más fácil personalizar el mal en alguien y nos señalan a nosotros como si nuestros padres no fueran de cena o comidas», expresa una de ellas. «En verdad la medida es lógica...» razona otra mientras que uno de los fumadores asegura que le parece «incongruente» que no pueda bajarse al parque a las 12 de la noche con sus amigos mientras tenga que ir todos los días «con el metro a reventar de gente».

El asunto es tendencia en prácticamente todos los corrillos donde se pregunte. Hay opiniones para todos los gustos. «Yo la semana que viene voy a alquilar un chalé con mis amigos para celebrar Halloween», dice un chico. «Tendremos que quedar antes y a veces ni quedaremos», indica otro. «Al final es inevitable contagiarse», añade otra. «Pero no quieren que dejemos de consumir, que la economía no pare», protesta otro.

"Siempre hay excusas", dice una de las agentes del operativo mientras identifica a dos jóvenes por beber en la calle. Explica que todos los fines de semana es igual y que "peor" es en las casas. "Las fiestas en pisos son el servicio estrella"

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La música de un coche lleva la fiesta que está vetada en cualquier local público. Instantes después, las voces de diez jóvenes continúan la posibilidad de juerga que no encuentran. «¡Claro que hay que aprovechar, es la última noche!», dice una de ellas. «Y apunta: no va a servir para nada porque la gente va a seguir quedando igual», remata con el cubata en la mano. El reloj da casi las dos, se acaba la última noche en la que no importa no saber la hora.

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