Un milagro. Y por partida doble. Sobrevivir a una caída de 56 metros es toda una hazaña que solo supera una recuperación increíble que se constata un mes y medio después de que se produjera el accidente. El 13 de septiembre, Roberto Mañez Blanco volvió a nacer, sin saberlo. Era domingo y mientras trabajaba en una de las grúas más altas del Puerto de València, un barco la derribó y el estibador cayó con ella, dentro de la cabina. Un caída similar a la de un coche, desde un décimo octavo piso y con el conductor dentro. Los bomberos excarcelaron su cuerpo de entre el amasijo de hierros y cristales.

Así fue el momento en que un barco derriba la grúa en el Puerto de València

Llegó consciente al hospital y miró a la muerte de frente. Luchó durante semanas para quedarse en este lado de la vida. No cruzó la línea y despertó. Hoy sus ojos negros confirman que lo peor ha pasado y que ahora queda por delante trabajo, trabajo y más trabajo para rehabilitar cuerpo y mente, que no es poco. No le asusta. Él es un luchador y un «currante» así que si su recuperación depende de esfuerzo, descanso y constancia... tiempo al tiempo.

Recibe a Levante-EMV desde la habitación 501 del Hospital La Fe, aunque cuenta las horas para ser trasladado al centro de Rehabilitación de Levante. De hecho, el traslado se produjo ayer. Está tranquilo y contento. «Estoy vivo. Siento que la vida me ha dado otra oportunidad y la pienso aprovechar junto a mi mujer y mis hijas, con mis padres, con mi hermano, con mis amigos, con la gente que quiero. A veces nos preocupamos de lo que no es importante y sé que aún me queda mucho tiempo por delante de recuperación», explica. Y se ríe al contar que, en el puerto, entre los compañeros de trabajo que también son familia, su mote ha cambiado de «nube negra» a «el renacido».

Del momento del accidente ni quiere ni puede hablar. Sin embargo, sí quiere poner en valor su trabajo, el mundo de la estiba, la labor de los portuarios y las muestras de cariño y afecto que ha sentido desde todos los canales posibles, de personas que se esperaba y de otras que ni tan siquiera conoce. Recuerda, por ejemplo, el homenaje de los compañeros del Puerto de Algeciras, con sus luces encendidas y las bocinas sonando, y se emociona.

«He sentido mucho cariño»

«No esperaba tanta repercusión. He sentido mucho cariño y agradezco de corazón todo el apoyo de mis compañeros. Los estibadores somos una familia, para bien o para mal y cuando pasa algo nos volcamos», añade.

Roberto tiene 48 años y lleva 23 en el puerto como estibador, como formador de formadores y como capataz durante 14 años. Con 25 años leyó un anuncio en el periódico que le cambió la vida: oposiciones para estibador. Se sacó los carnés de camión, se preparó el examen y aprobó su plaza. Desde entonces no ha parado.

Recuerda el primer día que se subió a una grúa. «Impresiona muchísimo y te trasladan por la pluma para ver si te da miedo», explica. Su consejo para quienes van a empezar en el mundo de la estiba es siempre el mismo: «Que no se pongan nerviosos, que se relajen. Es un trabajo que necesita sangre fría en muchos momentos y tener una mente despejada porque errores podemos cometer todos pero en este trabajo una equivocación puede tener un desenlace fatal». De hecho, Roberto dio muestras de esa templanza el día de su accidente. Y es que no hubo más muertos por una maniobra que realizó con rapidez salvando una veintena de vidas, incluida la suya.

Por eso quiere destacar el trabajo de la estiba. «Es muy peligroso». Una vez soñó que un barco derribaba la grúa en la que trabajaba, algo que jamás había pasado en el puerto de València. Esa pesadilla se tornó realidad un domingo de septiembre pero está vivo y lo puede contar. Lo dicho, un milagro. Y por partida doble.

Amante de las motos y de la vida en familia

Roberto Mañez es un apasionado de las motos y cuando puede participa en rallys en los que disfruta del riesgo y de la adrenalina. El lunes después del accidente tenía previsto viajar a Granada para realizar una de estas aventuras. Antes de ir a trabajar, su mujer, Elena, le hizo prometer que tendría «cuidado» en el viaje. «No te preocupes que no es mi hora», le dijo antes de salir por la puerta. Ya no volvió a casa y su familia se aferró a esta frase en los momentos más difíciles. Tenía razón, no fue su hora y el accidente le ha hecho replantearse una vida que quiere disfrutar al máximo muy cerca de los suyos.