Es el Monasterio Mercedario de El Puig el que se lleva la fama pública y la palma de la admiración, pero entre naranjos y huertas el histórico pueblo guarda una joya arquitectónica tan valiosa como desconocida, la Cartuja de Ara Christi, levantada en el siglo XVI sobre los fértiles campos de un rahal o alquería árabe.

El monumental complejo emerge austero y gallardo en el camino de El Puig a Rafelbunyol, más cerca de este pueblo que de su titular jurídico municipal. Un camino flanqueado por cipreses, olivos y naranjos desemboca en su portalón y los guardeses me avisan que es propiedad privada y ni fotos se pueden hacer de él. Pregunto, al ser BIC, cuándo se enseña, y me informan que hay visitas guiadas organizadas por el Ayuntamiento de El Puig dos días al mes, y que, casualidad dónde las haya, el día que aterrizó por allí, a las doce horas, estaba programada una.

Me esperó y la guía turística, Carmen, que lleva hoy el grupo, me enrola a pesar de no haber estado previamente inscrito, lo cual agradezco. La mujer demuestra conocer más de lo previsible la Cartuja y su historia. Y la recorremos casi toda, además con la posibilidad de fotografiar algunas partes, al estar otras en fase de restauración. Una gozada de visita que venía tiempo deseando.

Impresionan el aula capitular, en obras, y el refectorio, enormes, grandes, amplios, altos, como la Iglesia. En el antiguo comedor, un lienzo panorámico de la Última Cena

La cartuja fue construida a caballo de los siglos XVI y XVII bajo la protección de la familia Roig de Valencia. En lo alto de uno de los claustros está su efigie en escayola, la benefactora se llamaba Elena Roig, y la cartuja Christi Ara, que en latín es más correcto que Ara Christi. Poco a poco se fue convirtiendo en una majestuosa cartuja. Entre sus dependencias se encuentran la iglesia, celdas, claustro mayor, dos claustros menores, sala capitular, refectorio, portería, huerta y cuadras. Debió contar con diversas estructuras defensivas, y con varias torres que le daban protección.

En ella se instaló una comunidad de monjes cartujos dependientes de la Cartuja de Porta-Coeli, de Serra.

La cartuja ha resistido bastante bien a los embates, guerras y saqueos de la historia. Sobre todo la de los salvajes franceses en la Guerra de la Independencia y a la rapiña del Estado cuando las Desamortizaciones, cuando desaparecieron los objetos más valiosos del cenobio. El mayor saqueo sufrido en su historia ocurrió en ocasión de la guerra con los franceses por parte de las tropas napoleónicas, quienes arrasaron tanto sus cuadros como los ornamentos del interior. Exclaustrada en 1835, cuando se disolvió la Comunidad, quedó abandonada por un largo periodo hasta que fue restaurada.

El 2 de noviembre de 1582, Elena Roig, viuda del caballero valenciano Gaspar Artés, testó legando la alquería de su propiedad sita en El Puig, llamada de mosén Roig, para que sobre ella y sus campos se levantara la Cartuja de Nostra Senyroa de Arachristi “per a que allí sia fundat monestir que se alabe lo nom de Nostre Señor Déu per a tots los temps”. También para ser ella enterrada aquí. Su tumba está en el trasagrario de la iglesia.

Esgrafiados valencianos

El 7 de abril de 1585, los cartujos tomaban posesión del lugar. Poco a poco, con dificultades, los frailes comenzaron a levantar los distintos edificios, que seguiría la traza de la cartuja AulaDei de Zaragoza, cenobio éste cerrado y adquirido por el gobierno de Aragón para asuntos culturales, y cuyos últimos monjes fueron trasladados a la cartuja de Portacoeli.

La cartuja sigue, como casi todas, el esquema de la casa madre francesa y sus dependencias construidas para la vida eremítica cenobial de los cartujos, cada uno en su casa y en silencio. Tiene una inmensa iglesia, hoy desacralizada, con su nave central cubierta por cuatro bóvedas de crucería estrellada y dos simples, donde existen, aún hoy, veinticuatro claves de madera doradas y policromadas (1625) por el escultor aragonés Juan Miguel Orliens, y que se superponen a las claves de piedra. En las naves laterales hay seis capillas.

La cúpula está sustentada por cuatro pechinas esculpidas con los evangelistas y la bóveda luce esgrafiados policromados típicos valencianos, como los de la parroquia de san Esteban de Valencia. La piedra que se utilizó en la construcción de los claustros era de Godella. En uno de ellos estaba el cementerio de los cartujos, al igual que en Portacoeli, que al pasar a manos privadas acabo convertido en huerto de naranjos. Cerca está la capilla de difuntos, preciosamente decorada con esgrafiados, una especie de tanatorio, donde dejaban 24 horas de pie los cadáveres de los fallecidos.

En la actualidad, el complejo es propiedad de una empresa catalana, que lo explota para hacer banquetes de bodas y congresos, al tiempo que lo restaura. Lo que fue la celda del prior, un torreón, es hoy un hotel boutique para alojar a quienes asisten a los eventos que se organizan.

La cartuja fue construida a caballo de los siglos XVI y XVII bajo la protección de la familia Roig de Valencia. En lo alto de uno de los claustros está su efigie en escayola, la benefactora se llamaba Elena Roig

Impresionan el aula capitular, en obras, y el refectorio, enormes, grandes, amplios, altos, como la Iglesia. En el antiguo comedor, un lienzo panorámico de la Última Cena, el lugar con aspecto de cine o teatro y su púlpito para las lecturas cuando se comía en comunidad. Los cartujos son vegetarianos.

En la zona deportiva, existe un campo de golf, campos de tenis de tierra batida, de cemento y piscina olímpica. También cuenta con una zona lúdica infantil y un restaurante. Con la pandemia del coronavirus, la actividad de hostelería ha bajado muchísimo, y el ritmo en las obras de restauración del conjunto también. Se ha recuperado mucho, pero queda bastante por ejecutar.

Ello ha devuelto el silencio a la cartuja, la cual, gracias a la creatividad y los esfuerzos culturales del Ayuntamiento de El Puig puede ser visitada por el público, aunque sólo dos días al mes y entre semana para no entorpecer la actividad hostelera de la empresa propietaria del inmueble, con dos condiciones: inscribirse previamente en la oficina de Turismo del Puig y pagar un euro. A pesar de ello, apenas éramos una docena de personas en la última visita guiada, y una de ellas, con espontáneo incluido, quien esto escribe. Una delicia, de verdad, conocer esta parte tan importante de nuestra historia y patrimonio.