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Las réplicas de la covid

Cinco personas que pasaron el coronavirus cuentan a Levante-EMV cómo están viviendo las secuelas y persistencias que deja el virus en el organismo: desde recaídas con fiebres altas hasta pulsaciones a 150 con solo subir un piso andando

Las réplicas de la covid.

Las réplicas de la covid.

El bar La Cooperativa de Meliana paró el calendario el 14 de agosto. La verja metálica sobre las ventanas es una cota de malla contra el paso del tiempo. Hay platos de café en la barra desabrigados sin su vaso, sillas resguardadas bajo las mesas sin calor humano ni arrastre por el suelo y los refrescos en los congeladores rompen el silencio a temperatura ambiente. Fue un 14 de agosto cuando Vicente Bayarri, regente del local, se fue de vacaciones y todavía no ha podido abrir. Entre medias, veinte días en el hospital, siete de ellos en la UCI, y una recuperación que no acaba de llegar.

«Primero dio positivo mi hija y luego yo. Un día que no tenía ni ganas de comer me midió la saturación de oxígeno y estaba fatal y llamamos a la ambulancia», cuenta Vicente. Era 4 de septiembre. Al segundo día en planta acabó en cuidados intensivos. «Recuerdo prácticamente todo», explica el hombre de 59 años agradeciendo el trato de todo el personal sanitario. Estuvo en la UCI una semana con días críticos, complicados, porque no terminaba de mejorar. Cuando lo bajaron a planta estuvo a punto de tener que volver a entrar en cuidados intensivos. Por suerte, comenzó a progresar. Tras otros 10 días más en planta, le permitieron volver a casa, pero no hacer vida normal.

Una decena de operarios de una empresa del polígono son testigos de las luces apagadas del bar. «Cuando abría tenía esto lleno de gente almorzando», recuerda Vicente que todavía puede enumerar los pedidos habituales, las rutinas, los gustos. «Esto funcionaba...». El cansancio le obliga a tomar aire a mitad del relato. Dice que siente presión sobre los pulmones cuando respira fuerte. «En las placas me ha salido que tengo una mancha en el pulmón izquierdo y no se sabe si se irá, parece ser que no». Es la firma que le ha dejado el virus.

Asegura que intenta llevar la misma vida de antes, pero no puede. «Hay días que voy bien, pero otros que a mediodía me tengo que acostar porque me faltan las fuerzas, me canso, me ahogo». El médico le dio la baja. «Él me dijo que me la daba de un mes y que luego veríamos, yo le dije de 15 a ver si me recuperaba antes porque no puedo estar de baja toda la vida, pero me avisó que era prácticamente imposible que me recuperase tan rápido, tiene razón», admite. «De ánimo de momento estoy bien, soy positivo, pero me preocupa pensar si esto será para siempre». La pregunta, de momento, se queda en el aire.

Su paso por la UCI no ha tenido secuelas añadidas a los propios estragos que deja la enfermedad, sin embargo, es una posibilidad ante la que los hospitales valencianos se están preparando. Marisa Blasco es la jefa de Servicio de la UCI del Hospital Clínico de València donde estuvo ingresado Vicente Bayarri y una de las unidades con mayor saturación en esta segunda ola. Este hospital puso en marcha en agosto una consulta externa post-UCI. «Entre un 30 y un 50 % de los pacientes que han pasado por la UCI presentan el síndrome post-UCI», indica Marisa Blasco, quien asegura que llevaba dos años intentando montar esta consulta.

«Nuestro trabajo es hablar con ellos para tratar tanto secuelas físicas, como cognitivas como emocionales relacionadas con el ingreso en UCI», explica la jefa del servicio. En este sentido, desarrolla que las más habituales suelen ser contracturas, ansiedad, problemas de memoria , falta de concentración o estrés postraumático y que los pacientes covid en cuidados intensivos reúnen varias características de sufrir esta situación debido a haber necesitado ventilación artificial, pasar vairos días en la UCI o haber recibido sedación.

Continuar con fiebre

«Llevo ocho recaídas con sus ocho cajas de antibióticos en ocho meses». Sara Haro sabe que la covid no es una semana en cama. Ni siquiera 15 días, ni un mes. Las primeras muestras de la infección fueron el 18 de marzo. «Al principio noté presión en el pecho, pero creía que era ansiedad así que me tomé valeriana, pero nada», cuenta la joven de 33 años residente en Vinarós, pero natural de Barcelona. Dos días después tuvo fiebre y le costaba respirar. Su aislamiento se prolongó durante 24 días porque continuaban los síntomas hasta que acabó yendo a Urgencias donde le salió una PCR positiva. Hoy los resultados no muestran rastro ni del SARS-COV-2 ni de anticuerpos, pero sigue con muchos de los problemas.

«Cada tres o cuatro semanas recaigo, me vuelve a dar fiebre», explica Sara por teléfono quien indica que el termómetro le marca febrícula prácticamente todos los días: «Hay muchos sitios a los que no puedo entrar». «Las semanas buenas puedo tener vida normal, pero las malas no». Habla de sensación de agotamiento, cefaleas constantes, caída de pelo, presión en el pecho...

«He utilizado inhaladores, corticoides, paracetamol, y nada, no hay manera». «Psicológicamente lo he pasado fatal, encerrada en casa, sin saber qué es, por qué me pasa esto, si puedo infectar», lamenta Sara al tiempo que se queja del «nulo seguimiento» que le han hecho desde la sanidad pública.

Unos cuantos kilómetros al sur de la Comunitat, Ana Crespo Tudela, de 53 años, se sienta en un banco del barrio de Benimaclet de València. Trabaja en un supermercado del que está de baja «por infección de origen desconocido». El 25 de febrero ya mostró los primero síntomas de un virus que sonaba cada vez menos a chino. Fue empeorando y la salida después de seis días en el hospital por una neumonía no terminaron su relación con el patógeno del que en su sangre no se han detectado anticuerpos. «Tengo malestar, cansancio, dolor de manos, de piernas, me quedé afónica hace unos días, se me cae el pelo, pero una barbaridad, y tengo también una sensación de ahogo terrible, el problema es que estoy peor cada día».

Subir un piso andando le supone ponerse a 150 pulsaciones por minuto, «y yo siempre he sido una persona sana». Le hicieron pruebas y los resultados no mostraron valores extraños ni a nivel pulmonar ni cardíaco.

La Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SMEG) publicó el miércoles un estudio en el que hablaba de la covid persistente, pacientes que, aunque hayan pasado el virus hace meses, siguen sufriendo a diario síntomas de la enfermedad con la misma intensidad o incluso mayor, que al principio del contagio. Sin embargo todas las pruebas diagnósticas dan negativas porque el patógeno no está en el cuerpo. Tanto Ana Crespo como Sara Haro utilizan palabras diferentes pero con la misma idea «No son secuelas, seguimos enfermas y no sabemos hasta cuándo ni qué será lo próximo»; las dos mujeres que pertenecen al colectivo de Covid Persistente València que se moviliza para que haya unidades de atención que hagan seguimiento a la enfermedad.

200 días con febrícula

Sonia Serrano dice que la semana ha sido buena, pero el fin de semana no se podía ni mover. El 20 de marzo empezó a encontrarse mal en la farmacia en la que trabaja. «En ese momento no había prueba, solo llamadas del médico cada 48 horas». Tras pasar una neumonía que le dejó una mancha en el pulmón derecho las analíticas le han ido saliendo «perfectas» aunque con una pérdida del 20 % de la capacidad pulmonar. Sin embargo, la sensación de normalidad con la que había vivido los 43 años previos al virus no llega. «Hay días que no me tengo en pie, tengo pérdidas de memoria como dejar de tender a mitad o se me olvidan las palabras, tengo los tobillos entumecidos, he perdido 10 kilos y se me cae muchísimo el pelo, mechones enteros».

No ha vuelto a poder a hacer pilates y trabajar se le hace un mundo, «me tengo que tumbar porque no puedo». Estos síntomas le han obligado a acudir a un fisioterapeuta, a una dermatóloga y hacerse un seguro privado. «Llevo más de 600 euros gastados». «Lo que queremos es que nos atiendan, no que me digan que todo lo que me pasa es por somatizar o por ansiedad, he tenido ataques de ansiedad antes y sé lo que son y no es lo que me pasa», protesta. Su calendario lo marcan los achaques de su cuerpo: «Los días buenos los aprovecho al máximo, pero cuando no puedo, me resigno, por mucho que lo intente, no puedo».

Ella también forma parte del colectivo de Covid Persistente, algo nada extraño si se tiene en cuenta que el 80 % de quienes lo sufren son ellas. Esta asociación dice que le hizo no sentirse loca, «ver que había más gente que le pasaba lo que a mí». «Ponemos en común muchos síntomas por el grupo de whatsapp, cada persona es un mundo, pero ayuda ver que no estás sola», asegura Sonia.

Cada vez son más las personas que les contactan por redes sociales o correo electrónico buscando explicación a unos síntomas que se alargan en el tiempo. «Este virus no son 15 días, no sabes qué daño va a hacer a tu cuerpo después, si va a afectar a tus órganos, cómo ni cuánto va a durar».

Para Esther E. son más de 200 días con el termómetro superando los 37 grados cada vez que se lo ponía en su cuerpo. Entre 37 y 38 grados se considera febrícula, uno de los síntomas que alertan de la presencia del virus. Cuando le hicieron la prueba más de 10 días después de los primeros síntomas a mediados de abril dio negativo. Tampoco le detectaron anticuerpos en el test serológico. «El inconveniente de dar negativo es que estás mal, sabes que te pasa algo, pero no sabes ni qué pensar», recuerda. Fue el médico el que le diagnosticó covid atendiendo a la sintomatología y desde abril sigue de baja de la farmacia en la que trabaja.

«Quiero recuperar mi vida», esa que llevó durante 31 años y que ahora se lo impiden los dolores musculares, la dificultad para respirar y, sobre todo, el cansando. Ese deseo lo expresa casi con la misma frecuencia como se le escucha toser al otro lado del auricular. «Tengo que ir dosificando la energía a lo largo del día, hasta jugar a videojuegos me cuesta, lo que era una diversión se convierte en un examen dificilísimo para mí», explica. Sin embargo, asegura, «lo estoy llevando bien mentalmente, pero no sé cómo estaré en unos meses, quizás me venga el bajón».

Cuando estos testimonios hablan de medidas incumplidas, negacionistas, de botellones y fiestas sin mascarilla ni distancia o frases como «no es para tanto» dicen sentir «rabia» e «impotencia». «Les diría que pasen un mes como el que vivo yo», indica Sonia. «No se puede sacrificar una vida por parar dos, tres u ocho meses», añade Esther. «No son conscientes de lo grave que es esto», lamenta Sara. «Prefiero un bar cerrado que estar muerto», sentencia Vicente. Sus historias tuvieron un punto y aparte con el virus, sin embargo, de momento se quedan subordinadas al punto que cuelga de la interrogación «¿Será esto para siempre?».

Reclaman unidades de seguimiento 

El informe de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) sobre la covid persistente abre muchas puertas a la investigación, pero todas conllevan a la misma proclama: que se creen unidades de seguimiento para pacientes covid. «El problema es que vamos a atención primaria y en muchos casos no saben qué hacer con nosotras», explica Sonia Serrano. 

Su «nosotras» es estadístico. Según la SMEG, ocho de cada diez personas que sufren covid persistente son mujeres con una edad media de 43 años. La investigación, además, señala que entre el 10 y el 15 % de las personas que se infectaron de SARS-COV-2 sufre este covid de larga duración. 

Pilar Rodríguez Ledo, jefa de investigaciones de SMEG y quien ha dirigido el estudio, expresa que los síntomas «tienen una duración media de 185 días, es decir, más de seis meses», pero recuerda que hay que la encuesta se cerró hace un mes y estos síntomas persisten.

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