Durante las últimas décadas uno de los mayores y más curiosos conflictos naturales entre Nepal y China se ha desarrollado en torno a la altitud del monte Everest. El techo del mundo establece una frontera entre ambos países, motivo por el cual cada uno de ellos ha mantenido una versión individual sobre la altitud del pico más elevado del mundo. Y parece que, por fin, hay acuerdo. Tras aceptar la versión nepalí, que establece incluir las nieves eternas de la cumbre en el cómputo, ambos países han decretado la nueva cifra en 8.848,86 metros sobre el nivel del mar. Es posible, no obstante que, a medida que siga evolucionando la tecnología, esta cifra pueda variar, pero es innegable la belleza del dato, pues el Chomolungma (Madre del universo en tibetano) es aún más alto de lo que imaginábamos en un principio. Esta noticia, a solo unos meses de las nuevas campañas de ascenso a la cumbre (siempre y cuando la situación sanitaria global lo permita), pone de nuevo el foco sobre uno de los parajes naturales de mayor importancia de la Tierra. Durante los últimos años se ha convertido en un foco de turismo global, deshaciendo la idea de que coronar el cielo debe ser la recompensa al esfuerzo humano. Y no solo eso, sino que también, muchos de los visitantes, han dejado a su paso regueros de basura en el campo base de la montaña. Quizá deberíamos plantearnos que, por metafórico que parezca, nuestro compromiso de cuidado hacia la montaña más alta del planeta debería crecer de la misma forma que lo ha hecho su altitud.