Dos entidades financieras con sede social en València (CaixaBank y Bankia) en cuyas entrañas llevaban a buena parte del fenecido sistema financiero local -la primera, el Banco de Valencia; y la segunda, Bancaja- inauguraron el pasado septiembre una nueva ronda de fusiones en el sector bancario. Fue una relativa sorpresa. Ya se venía hablando desde 2019 de la necesidad de una concentración mayor de la que había surgido de la crisis de 2008. La creciente digitalización y la necesidad de reducir una red demasiado grande, pero sobre todo la falta de rentabilidad y eficiencia por unos tipos de interés en negativo que han reducido de forma significativa la capacidad de generar ingresos del sector eran los dos grandes condicionantes que afectaban al sector y hacían prever más fusiones.

Y entonces llegó marzo, el coronavirus se expandió por la sociedad con su reguero de enfermedad y muerte y el confinamiento y las restricciones a la actividad económica se generalizaron. Casi al mismo tiempo, espoleados por Gobierno, Banco de España y BCE, los bancos empezaron a moverse para buscar pareja de baile. A todo lo anterior había que sumar los cuantiosos destrozos que la covid iba a causar en los balances de las entidades financieras, que se aprestan, sobre todo a partir de los primeros meses de este año, a un incremento de magnitud desconocida, pero que no será menor, en la morosidad y, por tanto, se dirigen a un escenario de pérdidas contables. Las fusiones son la gran solución, entre otros motivos porque refuerzan el capital y reducen costes mediante el cierre de oficinas y la consiguiente destrucción de empleos.

En septiembre, Bankia y CaixaBank anunciaron su unión, ya aprobada por sus juntas de accionistas y que debe consumarse en el primer trimestre de 2021. El presidente de la primera, José Ignacio Goirigolzarri, será el máximo responsable de la nueva entidad, la mayor del país, aunque el hombre fuerte en el día a día será el consejero delegado de CaixaBank. La sede social estará en València y las operativas se las repartirán Madrid y Barcelona.

Después fue el turno de Unicaja y Liberbank y, a continuación, del BBVA y el Sabadell. Estos dos últimos anunciaron conversaciones a principios de noviembre y fracasaron en las mismas apenas diez después por desacuerdos en el precio y en el encaje del presidente de la entidad catalana, Josep Oliu. Tras esa ruptura, el consejero delegado del Sabadell, Jaume Guardiola, deja el cargo y será sustituido por César González Bueno. Oliu dejará en breve sus funciones ejecuivas.