«Con lo calentito que está me sirve», sonríe Toni mientras agarra con las dos manos un vaso de caldo. Su casa es un banco del jardín que hay entre carriles de la Avenida Tres Cruces. El termómetro marca 5 grados, ha pasado Filomena, pero él todavía sufre alguna de sus consecuencias. «Tengo toda mi ropa mojada y hace mucho frío», añade.

Las bajas temperaturas son serpientes que muerden a quien no tiene zapatos. Por eso, hay quienes dedican su tiempo a que este invierno sea menos venenoso, aunque, como recuerda Belkys Olmos, de la asociación Amigos de la Calle, ya se haya cobrado tres vidas en València.

Una comitiva de coches de la ONG recorre diferentes puntos para ganarle una pequeña batalla al termómetro y la falta de recursos. Uno de estos lugares está detrás del Jardín Botánico. En un callejón hay tiendas montadas y un fuego encendido. Allí, indican, vive una veintena de personas.

«Hay para quienes somos invisibles, pero siempre hay quien nos ayuda», dice Susana, con 5 años viviendo en la calle. En Nochebuena, por ejemplo, recibieron gorros y calcetines envueltos en papel de regalo. En el pequeño campamento sobrevuelan las historias. Elías es ruso y lleva cuatro meses en la calle, pero se ofrece a través de Facebook como pintor y chapista. «Con formación», añade.

O Francisco A., venezolano, 27 años y periodista. «He pasado de dormir en buenos hoteles en Europa a sufrir el frío en un parque», admite. «Nunca me imaginé quedarme en la calle, la primera noche no pude ni dormir», indica. Cuenta que vivía en Suiza y llegó a España para trabajar con un contrato que resultó un fraude. Todos sus ahorros se acabaron en el alquiler de una habitación. Ahora cada euro que gana en trabajos sin contrato va a Colombia donde están su esposa y su hijo recién nacido. «Hay que vivir lo que hay, no queda otra», sentencia ante un temporal que no cesa.