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"Ahora tengo que subirme el almuerzo a la oficina, se echa de menos tomarlo en el bar"

Las nuevas medidas para frenar los contagios de covid limitan la hostelería exclusivamente como servicio para recoger - Dueños de bares y restaurantes notan el descenso de la clientela

Dos trabaj adores de la Ciudad Administrativa se toman el almuerzo en un parque ante el cierre de la hostelería, ayer.  | GERMÁN CABALLERO

Dos trabaj adores de la Ciudad Administrativa se toman el almuerzo en un parque ante el cierre de la hostelería, ayer. | GERMÁN CABALLERO

Un hombre canturrea frente al escaparate de cristal mientras la cola no para de crecer. Son las 10 de la mañana y de las entrañas de la Ciudad Administrativa 9 d’Octubre y sus inmediaciones comienzan a salir trabajadores en busca del parón de media mañana. A la nueva normalidad se le ha añadido otro rizo y las terrazas y cafeterías que la mañana anterior se desplegaban como campamento de descanso con café, tostadas, bocadillos y menús están cerradas. Y lo seguirán estando, como mínimo, 14 días tras las nuevas medidas del Consell para frenar los contagios y que ayer entraron en vigor.

Dentro de la panadería, el mostrador se convierte en una vitrina transparente y los bocadillos son tesoros que llevarse a algún lugar seguro donde ser ingeridos. «Hemos hecho más del triple que los días de antes, con casi todo cerrado la clientela se ha disparado», admite Daniela. Juan ha sido uno de los que sale del local café en mano. «El almuerzo me toca llevarlo a la oficina, qué remedio, pero echaremos de menos tomarlo en la terraza del bar», admite.

La estampa general frente a las torres acristaladas es la de los cafés en vasos de cartón, humeantes, calentando las manos de quien los mece. Hay mordiscos a bocadillos, empanadas, dulces y hasta una manzana con mascarillas haciendo rapel en alguna de las orejas. Las manos parecen multiplicarse. Hay quien aprovecha el momento y se sienta en un banco, quien deja la distancia de seguridad a ojo y quien simplemente sustituye la mesa por el aire y las sillas por lo que aguanten las piernas.

Unos metros más allá, cada uno en una esquina, dos bares coinciden se guiñan las entradas medio cerradas. «La mañana va mal, no, lo siguiente. Esto es la ruina», se queja Marcos. Instantes después Mar entra y pregunta si hay algo para llevar y encarga dos bocadillos de jamón, un ejercicio que repetirá a la hora de la comida: «Si puedo llevármela de aquí, mejor, sino la traeré hecha de casa». Y da su pronóstico: «Las panaderías lo van a petar». Coincide con Isabel en su primer almuerzo para llevar, uno de tortilla: «No tenemos otra, es lo que hay».

Enfrente, Germán pone cifras al cambio de rutina: «Ayer (por el miércoles) utilicé 50 barras de pan, para hoy (ayer) tengo 15 y no sé si he pecado de optimista». Cuenta que apostó el día a que acudieran al Ildania los obreros de una construcción cercana que no aparecen. «Se lo habrán llevado de casa, total, se lo tienen que comer en la calle igual, pues eso que se ahorran». Los números le llevan a abrir la incógnita de si cerrar durante un tiempo «porque para que se haga malo el género prefiero no venir».

Carlos es uno de sus clientes, están trabajando en la finca que da soporte a la ventana a ras de calle que hace las labores de barra y comanda. «No es lo mismo tener un bocadillo caliente y poder sentarse y que te atiendan, es una faena porque el bar es un sitio de tertulia y de descanso, seguramente nos tengamos que comer el bocadillo en la terraza de la finca donde estamos trabajando».

Jesús Damián dice que con los bares cerrados va «como pollo sin cabeza». Vende cupones, los iguales, y enseña el taco que todavía le queda. «He vendido muy poco, como la gente no está tomando un café en la terraza es más difícil ofrecerlos y que quieran comprar», lamenta.

Mari Ángeles es barrendera y también se pasa el día gastando suela por los alrededores. Su preocupación, sin embargo, está en dónde poder ir al servicio: «Entre semana no hay problema porque está la conselleria abierta, pero los fines de semana no, ya veremos qué hago».

Paco y Vicente aprovechan el descanso para llevarse los cafés y un bollo a un parque cercano. «Nos vamos a acabar acostumbrando a comer en la calle como los neoyorquinos», señala Paco. «Lo importante al final es almorzar», añade Vicente. «Nos quejamos, pero por lo menos no hace el frío de Soria», sentencia Paco. Quedan 13 días de nuevas rutinas.

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