Recoge las bolsas de comida con la cabeza agachada y dando las gracias. Tiene 27 años, se llama Carol, es de Honduras y llegó hace tres años a València porque «tenía que salir» de su país. Quiere legalizar su situación por arraigo, pero la realidad es que no tiene papeles así que tampoco recibe ayuda pública.

Antes de la pandemia, embarazada de su segundo hijo (hoy un simpático bebé de 10 meses) fue víctima de malos tratos por parte de su expareja, que tiene una orden de alejamiento. El juicio está pendiente y a ella se le saltan las lágrimas al recordarlo. Trabajaba cuidando a personas mayores hasta que llegó la pandemia y la dejó sin trabajo, sin ingresos y con sus dos hijos a cargo (el bebé y uno mayor, de 8 años). Es por ellos por los que acude al reparto del Banco de Alimentos. «No tengo ingresos y los productos de bebé son muy caros. Así me garantizo el alimento de mis hijos y productos de limpieza, las cosas más caras», asegura.

La cola en Mestalla para el reparto de alimentos tiene distintos perfiles. G.Caballero

Carol forma parte de las 20.000 personas más al mes que ha sumado el Banco de Alimentos en su reparto durante la pandemia. El balance de 2020 es demoledor ya que se ha pasado de 42.000 beneficiarios mensuales prepandemia a sumar una media de 60.890 beneficiarios tras la llegada de la covid-19.

En total, el Banco de Alimentos ha atendido en 2020 a 608.900 personas y ha repartido 7.895.864 kilos de alimentos. Carol forma parte de esa bolsa de población que tenía trabajo y ya no lo tiene, que tenía ingresos y ya no los tiene, que pagaba su propia comida y ahora guarda cola para ver qué le pueden dar. También forma parte de esa estadística del Banco de Alimentos que asegura que el 41,30 % de los beneficiarios son de Sudamérica.

Begoña es española (como el 39,20 % de los usuarios del Banco de Alimentos) y no puede esperar la interminable cola que se forma en Mestalla cuando la organización anuncia reparto. Su hijo enfermo de un grave tumor la espera en casa. La mujer llora. La enfermedad de su hijo le cambió la vida y la pandemia la dejó sin su trabajo de limpiadora en el Ayuntamiento de Almussafes. Afectada por los ERTE, sin ingresos y a la espera del Ingreso Mínimo Vital (IMV) desde el mes de mayo ni tan siquiera cuenta ya con la prestación por hijo a cargo que recibía porque la nueva ayuda estatal se la ha llevado por delante.

La mujer y su hijo enfermo sobreviven gracias a la pensión de 300 euros de la abuela. «Esto no es vida», reconoce la mujer entre sollozos. Los voluntarios la atienden de inmediato para que recoja los alimentos y regrese a su casa cuanto antes. Nadie critica que «se cuele», aunque lo cierto es que el silencio impera en las colas del hambre. A nadie le gusta pedir comida ni reconocerse en la pobreza.

267 familias en una semana

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La semana pasada 267 familias pidieron ayuda al Banco de Alimentos. Una de ella fue la de Lucía (nombre ficticio) una mujer ucraniana de 67 años, con dos licenciaturas y una reciente jubilación de 560 euros al mes que solo le da para pagar los 450 euros de alquiler de un minúsculo piso en Benicalap y las facturas de suministros básicos.

La de ayer era «su primera vez» en el reparto de alimentos y forma parte del 7,35 % de usuarios de Europa del Este. La estadística -que se refleja perfectamente en el perfil de quienes guardan cola- se completa con un 6,50 % de musulmanes y un 5,65 % de subsaharianos. Una pobreza difícil de digerir y que va en aumento ante la falta de trabajo y de ingresos .