Vicenta Alborch acude puntual a la cita en la sede de Cruz Roja. Al otro lado de la «tablet» la espera Maria José, una joven de 36 años que participa en un programa desconocido y necesario, ese que se encarga de cuidar a quienes cuidan. Y es que Maria José cuida de su padre desde que que la pandemia por la Covid-19 cambiara su vida y del resto. La joven vive por y para él, que suma 93 años y precisa 24 horas de cuidados. Sin embargo, ¿quién la cuida a ella?

Las personas cuidadoras no profesionales y las labores que realizan no son visibles porque ocurren de puertas para dentro, en sus propias casas. Tampoco constan en ningún registro porque es una actividad no remunerada. Quejarse por cuidar a los mayores no entra en la ecuación y existe un sentimiento de culpa por siquiera plantearlo que impide buscar una ayuda que también es necesaria.

Demasiada gente no pide ayuda porque desconoce que existen programas como el de Cruz Roja -que atiende anualmente, de forma presencial y online, a más de 240.000 personas mayores y cuidadoras no profesionales- o incluso prestaciones como la Ley de Dependencia, que ofrece toda una cartera de servicios a los que la ciudadanía tiene derecho, tanto si son personas dependientes como si son personas cuidadoras.

Vicenta es voluntaria de Cruz Roja desde hace 20 años, cuando aprobó la oposición de médico de familia y se vio con tiempo libre hasta que finalizara el proceso de selección de la plaza. Siempre ha trabajado en el apartado de mayores y de cuidadores. Así que sabe perfectamente qué necesitan las personas que se encargan de sus familiares mayores o dependientes y qué es lo que les pesa en una mochila invisible. «El encierro al que se ven sometidos les pesa mucho porque dejan de hacer una vida normal para dedicarse a la persona a la que tienen que cuidar. Hay personas que requieren un continuo cuidado y las personas cuidadoras necesitan momentos de alivio, para poder hablar de ellas porque se sienten muy aisladas y muy impotentes. No saben los recursos que hay y en demasiadas ocasiones el cambio les viene de golpe y no lo saben manejar porque no tienen recursos», explica.

Sentimiento de culpa

Vicenta habla también del «sentimiento de culpa» que persigue al cuidador si se plantea, siquiera, pedir ayuda. «El sentimiento de culpabilidad es muy fuerte porque no quieren abandonar a la persona que quieren y hacen sacrificios terribles. Hablo de personas que, en pandemia, se han encerrado con su familiar en la habitación de una residencia un mes y medio por temor a que estuviera solo en el hospital. Todo el peso recae sobre la persona cuidadora que además siente que falla o que es egoista por pedir ayuda, por no sacrificarse al máximo. En los cuidados, tenemos el sentimiento de culpa muy arraigado», explica. Por eso, también asegura cómo, una vez encontrada la ayuda, llega el alivio, un poco al menos, para ese cuidador al que nadie cuida. «Cuesta pedir ayuda, pero cuando la piden y la consiguen... les alivia. Hablamos de un ratito para ir a pasear donde un voluntario se queda con la persona dependiente. Hablamos de hablar y desahogarse sin miedo a ser juzgado. Y hay que tener en cuenta que a la persona dependiente también le viene bien porque a veces solo está en contacto con su cuidador y no ve ni tiene contacto con nadie más», explica Vicenta.

Amplitud de miras y empatía

Por eso, a juicio de la profesional, lo «fundamental» para ser voluntario es «no juzgar, tener amplitud de miras, empatizar y saber escuchar para mirar al otro y estar atenta a sus necesidades. Y, sobre todo, disponer de tiempo y afecto que dar». Como experta voluntaria en cuidados, recomienda una lectura de cabecera. «En ‘Los placeres de la edad’, de Carmen Alborch, hay un capítulo dedicado a los cuidados que siempre recomiendo», señala Vicenta Alborch. El apellido coincide. Ella confirma la sospecha que acude a la mente: «Sí, soy su hermana». Y sonríe.

En el otra parte de este encuentro está Maria José, que reconoce punto por punto todo lo que habla Vicenta. Fatiga, agotamiento, soledad, miedo, pérdida de peso, desbordamiento, sacrificio... y una vida de la que ya no eres dueño. «Mi vida cambió en pandemia porque mi padre, muy activo e independiente, envejeció de golpe. Ahora necesita ayuda para todo y durante un año solo he estado yo, sin ayuda de nadie y es agotador porque es como cuidar a un niño pequeño pero que, si se cae, no lo puedes levantar y al que no puedes dejar en la guardería ni con nadie», mantiene la joven.

Entrar en el programa de Cruz Roja le «cambió la vida» porque se sentía «muy atada y cada vez más sola». «Si salgo en algún momento estoy siempre pendiente del teléfono. Al final necesitas ayuda porque llevar esta carga sola es agotador. Somos personas y necesitamos desahogarnos y que, al menos, nos escuchen sin juzgarnos», sentencia Maria José.