Mientras la madre de Marta Calvo sigue llorando cada día la ausencia de noticias sobre el paradero del cuerpo de su hija, la suegra de Lady Marcela Vargas lucha por criar sola a sus dos hijos de corta edad en Colombia y la hermana de Arliene Ramos no ceja en su empeño por hacerle Justicia, el presunto asesino de las tres, Jorge Ignacio P. J. se ha pasado casi un año viviendo en el lugar más cómodo y amable de la cárcel, el pabellón de Enfermería, pese a no ser ordenanza, no padecer dolencia alguna, ni estar sujeto al plan de prevención de suicidios.

Esos meses ‘sabáticos’ se terminaron este martes, después de que la subdirectora médica decidiese poner fin de una vez a ese limbo del recluso, que desde ese día está donde le corresponde por clasificación: en un módulo común.

En este caso, el presunto asesino en serie ha sido ingresado en el módulo 7, adonde son enviados presos preventivos acusados de delitos a los que les corresponden penas bajas. Es, por ello, un lugar en principio poco peligroso y nada conflictivo.

Aunque no es su caso, porque las acusaciones que pesa sobre él le auguran una importante pena de prisión —está acusado, por ahora, de seis homicidios/asesinatos, tres de ellos consumados y tres en grado de tentativa, así como de otros delitos muy graves como agresiones sexuales o tráfico de drogas—, los responsables del Centro Penitenciario València Antoni Asunción Hernández, ubicado en Picassent, decidieron que ese sería un buen módulo para él, en prevención de las amenazas que dijo haber recibido en su primer paso por los corredores ordinarios.

La situación, casi de privilegio, que ha vivido el presunto asesino en serie ha sido tildada de «completamente inusual» por fuentes conocedoras de la organización de los internos en Picassent, o en cualquier otro centro penitenciario del territorio español, ya que no había ninguna razón para dejarle seguir viviendo en la Enfermería y haciendo las veces casi de ordenanza.

Apenas unos días

Jorge Ignacio P. J. llegó por primera vez a la cárcel de Picassent en la tarde del 6 de diciembre de 2019 tras pasar por el juzgado —en ese momento lo llevaba la titular del 6 de Instrucción de Alzira—. Dos días antes, en la madrugada del 4 de diciembre, se había entregado en el cuartel de la Guardia Civil en Carcaixent, tras permanecer 21 días huido, en los que se convirtió en el delincuente más buscado, dentro y fuera de las fronteras valencianas.

Ese revuelo mediático junto con el tipo de delito grave del que estaba acusado hizo que la dirección del centro le aplicara, como es habitual en esos casos, el plan de prevención de suicidios (PPS) y lo ingresara en la Enfermería para su valoración psicológica y física.

También, como es habitual, el recluso recibió el alta al cabo de unas semanas —el plazo de permanencia de ese tipo de preso en la Enfermería ronda el mes, ya que en cuanto el médico comprueba que no corre peligro, firma el alta y pasa a un módulo ordinario—. En su caso, en cuanto el médico certificó que si vida y su integridad estaban más que a salvo, fue llevado a un módulo, en ese caso, el 9. Se trata de un departamento en el que hay reclusos de cierta conflictividad, varios de ellos internados por delitos sexuales y por narcotráfico, precisamente dos de los que se le presumen a Jorge Ignacio P. J.

Aguantó apenas unos días. Enseguida pidió ir a la consulta médica de la cárcel, donde aseguró que empezaba a tener ideas autolíticas —de hacerse daño y quitarse la vida— porque, dijo, sus compañeros de módulo le amenazaban, insultaban y presionaban en el patio. Aunque no se pudo comprobar, el médico, ante la posibilidad de que hubiera algo de verdad en su discurso, dio cuenta de la situación. Eso dio pie a un informe de valoración realizado por ese facultativo, el psicólogo y el jefe de servicio que, validado más tarde por la subdirectora médica, la de tratamiento y el de Seguridad, hiciese que Jorge Ignacio P. J. volviese a la Enfermería bajo su segundo PPS.

Hasta ahí, todo normal. La anomalía se ha producido en su permanencia en ese pabellón, con un régimen de vida mucho más favorable y fácil, mucho tiempo más allá de que ese PPS le fuese levantado, algo que ocurrió, como en casi todos los casos, al cabo de unas pocas semanas. Como si nadie se hubiese apercibido de su presencia, ha permanecido algo menos de un año, en el módulo 35, el de psiquiátricos, tras hacer migas con ordenanzas —presos de la más alta confianza, encargados de custodiar a reclusos en PPS y de otras tareas sensibles— e incluso con funcionarios, dada su gran capacidad de adaptación y su ansia por agradar colaborando en lo que se le pide, que hacen que se considere su comportamiento como excelente.

Sin embargo, alguien reparó en la anomalía, por lo que su situación ha vuelto a ser revisada y el martes, la Subdirección Médica daba el visto bueno al traslado del presunto asesino en serie de vuelta a un módulo común. Esta vez, suficientemente suave como para evitar un inmediato reingreso en la Enfermería alegando amenazas y la consiguiente ideación suicida.