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La realidad del maltrato, antes y después de Rocío

El testimonio televisado de la hija de Rocío Jurado pone voz a un drama cotidiano que sigue siendo invisible para los más próximos: los familiares solo denunciaron el 1,4% de los casos en 2019

Manifestación celebrada en València contra la violencia machista.

El 21 de marzo, Telecinco rompía los techos de audiencia obteniendo un 33,2 % de cuota de pantalla con el episodio 0 de los 13 de que consta el bautizado por ellos como documental ‘Rocío: contar la verdad para seguir viva’. Fueron 3,7 millones de espectadores pegados al televisor; 5.467.000 durante el minuto de oro, a las 22.58. Rocío Carrasco, la hijísima de la Jurado, se rompía públicamente en pedazos rememorando el sufrimiento de haber padecido los malos tratos de Antonio David durante la larga relación tóxica con un tipo que duró en la Guardia Civil lo que tardaron en pillarle metíendose mordidas en el bolsillo.

Abstrayéndonos de la trabajadísima estrategia de fidelización de los maestros del pelotazo televisivo y del circo mediático montado a su alrededor -demasiada tentación no subirse a ese carro para los que han hecho del espectáculo y el oportunismo su medio de vida-, ¿hay alguna bondad en conocer de primera mano el relato de Rocío?

Sin duda. «Ha conseguido mayor visibilización de lo que es y significa el maltrato Rocío Carrasco con una entrevista emitida en ‘prime time’ que todos los cursos, conferencias, mesas redondas y charlas en colegios y foros de todo tipo que llevamos años impartiendo». Habla una policía que lleva buena parte de su vida profesional dedicada a la lucha contra la violencia que padecen las mujeres a manos de sus parejas y exparejas. Y no lo dice con dolor, sino con satisfacción.

Después de océanos de tinta en los medios de comunicación, hablados, oídos o escritos , una buena parte de la sociedad continúa ciega ante la evidencia del maltrato en su entorno más inmediato. Y siguen los marchamos falsos de camuflar las relaciones tóxicas y vejatorias como «cosas normales de pareja», de creer que el sometimiento del hombre a la mujer solo ocurre en sectores sociales más desfavorecidos, con poca formación académica o procedente de determinados países o «culturas».

Más nivel social, menos denuncia

 Nada más lejos de la realidad, entre los detenidos cada año por violencia de género hay catedráticos de universidad, políticos en ejercicio, médicos, médicos, abogados y hasta jueces. Y entre las víctimas, también. Y son precisamente estas, las que más recursos económicos, sociales y académicos tienen, las que más tardan en denunciar, si llegan a hacerlo, porque a todas las trabas emocionales y materiales que atenazan a las mujeres maltratadas se les suma la vergüenza y el prejuicio de suponerlas más formadas e informadas que otras.

Precisamente que una cara conocida, perteneciente a una familia que en su momento nadó en dinero y contactos, dé en primera persona la clave de lo que supone ser aniquilada en una relación de maltrato, ayuda a abrir los ojos. Rocío puede ser su prima, su sobrina, su hija, su madre, su vecina... Y su mujer.

A los dos días de la primera emisión, ya había efectos palpables: las llamadas al 016, el teléfono del maltrato, habían aumentado un 41 %. También las denuncias a pie de comisaría, cuartel y juzgado.

«A muchísimas víctimas les cuesta reconocerse como tales. Incluso cuando ya han dado el paso para denunciar y se les pregunta, asocian el maltrato a la agresión grave, al asesinato, a la violación extrema... Lo demás no lo distinguen como violencia de género. Cuando reformulas la pregunta, te relatan un rosario de delitos que ellas no perciben como tales y que sí lo son: empujones, salivazos, pellizcos, tirones de pelo, amenazas, rotura de objetos, sexo forzado, relaciones bajo coacción, control del móvil, restricción y control del dinero incluso cuando es el que ganan ellas... La lista es interminable», desgrana la misma fuente. 

Así que, si la propia víctima no lo percibe, su entorno, que conoce muy bien lo que hay, mucho menos. Las estadísticas reflejan esa cojera perfectamente. Un ejemplo: de las 23.932 denuncias por violencia de género que recibieron los juzgados valencianos en 2019, solo un 1,4 % llegaron por boca de un familiar de la víctima. Y eso, sumando las recibidas por la policía y los juzgados. En total, 335 de las 23.932.

En la inmensa mayoría de los casos, proceden de la víctima (66,7 %). A mucha distancia, las que genera la policía en intervenciones en el momento (13,6 %), las llegadas a partir de una visita al médico o a urgencias del hospital (15,3 %) o las derivadas de centros asistenciales a víctimas de violencia de género, un capítulo casi igual de flaco que el de las familias: 2,9 %.

Con la cantinela de que es un delito que se produce en la intimidad (el maltratador suele guardarse muy mucho de desplegar sus acciones cuando hay público) y casi siempre entre las cuatro paredes del hogar, toda la carga probatoria se deposita sobre la víctima. Craso error. Esa es la grieta por la que acaba escapándose el proceso penal completo.

No hay perfiles

Otro de los mantras en este asunto que entronca con lo ya dicho, es el de los perfiles. No lo hay. Ni para la víctima, ni para el autor. Si el tipo llega a la comisaría y se muestra como un chulo, todo el mundo asume que es un maltratador. Si ella llega con aspecto descuidado, llorando o mostrándose sumisa, todo el mundo asume que es una víctima. Pero también es agresor el que no bebe, se muestra educado y tiene aspecto de CEO de una multinacional y es mujer maltratada la que se maquilla y calza tacones, se defiende en una agresión o se muestra dura cuando acude a denunciar.

Otro botón de muestra. Muchos policías, incluso jueces y fiscales, consideran una agresión mutua cuando ella se defiende de un ataque física. Es lo que se llama la violencia lateral recíproca. «Lo que sucede es que ella responde. Lo que en un homicidio, por ejemplo, se ve claramente como el legítimo derecho a la defensa, aquí se interpreta como una agresión tan delictiva como la recibida del maltratador, y no lo es. Al contrario, es realmente un indicio más del maltrato. Es como si se la penalizara por rebelarse».

Y no hay una única violencia. Eso lo ha reflejado a la perfección el relato de Rocío Carrasco. La psicológica reina por encima de todas las demás. Está siempre. No hay un solo caso de asesinato que no estuviese precedido de aniquilación psicológica, de arrinconamiento económico o de sometimiento sexual. Es más, difícilmente quien toma una denuncia se encuentra con que la mujer ha sufrido un solo tipo de violencia.

El año pasado, el Ministerio del Interior difundió un amplísimo estudio con datos de 2015 a 2019 sobre las violencias que sufren las mujeres. Analizaron la psíquica, la física, la económica y la sexual. Dentro y fuera de la pareja. En el caso de la C. Valenciana, se registraron 80.680 victimizaciones (delitos, no víctimas individuales) en esos cinco años. Uno cada media hora. La mayoría, 58.191, fueron dentro de la violencia de género. De todos ellos, hubo violencia física en 28.747 casos; psicológica, esa tan poco tangible, en 27.890; sexual, en 223 -la mayoría de las agresiones sexuales que se denuncian, ojo, son las que se producen en relaciones ajenas a la pareja y a la familia; las íntimas, se callan-; y violencia económica hubo en 1.331 casos. Las cifras y los expertos coinciden: queda mucho camino por recorrer, así que, bienvenidos todos los testimonios. Incluidos los revestidos con el espectáculo de la televisión en ‘prime time’.

El derecho a no declarar o cómo sumar absoluciones

En 2020, un 10,4 % de las mujeres que denunciaron ser víctimas de violencia de género en la C. Valenciana renunciaron a seguir con el peoceso. Fueron 2.281 casos que probablemente nunca acabarán en condena al maltratador porque la víctima se acogió al artículo 416 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que permite a los parientes directos, entre ellos los cónyuges, a acogerse a la dispensa de declarar contra el autor por esa relación de parentesco. La razón suele ser el miedo, la dependencia, el temor a que el padre de sus hijos acabe en prisión, la presión del entorno... Es uno de los principales escollos porque el proceso penal sigue poniendo demasiada carga probatoria sobre los hombros de la víctima. Una corriente cada vez más mayoritaria aboga por derogar ese artículos en este delito, pero hay más posibilidades para corregir ese fallo del sistema. 

Así va creciendo el monstruo

En 1979, la psicóloga norteamericana Lenore E. Walker, publicó «The Battered Woman» (La mujer maltratada), un ensayo empírico sobre la violencia de género en el que acuñó el término de ciclo o espiral de la violencia. Hoy, muchas voces lo ponen en entredicho, porque no siempre se cumple, pero sigue ayudando a entender cómo se genera y reconoce el maltrato.

Walker distinguía entre tres fases: tensión, agresión (sea cual sea la violencia ejercida) y reconciliación o luna de miel. Muchos maltratadores ni siquiera aplican esta última, pero sí es cierto que siguen algo así como una pauta que deja señales perceptibles. Subiendo de nivel cada vez más rápido hasta aniquilar la autoestima (y a veces la vida misma) de su víctima. Tampoco hay un periodo estándar de incubación. Hay quien se muestra desde el principio y quien manipula veladamente antes de visibilizar las garras. Estas son algunos de los signos siempre presentes:

Falsos actos románticos. Se muestra protector y adulador. La hace creer que actúa por su bien y desde un profundo enamoramiento. «Mejor no te pongas ese escote», «no quiero que te miren, que hay mucho animal», «eres tan bonita que solo te quiero para mí», «te quiero tanto que no te puedo compartir», «yo te llevo y te recojo»... 

Pruebas de amor y de confianza. Asume el control sobre la vida de ella. «Si de verdad me amas, dame la contraseña de tu teléfono», «si no tienes nada que ocultar, dime con quién has chateado o hablado»... Hay control telemático, pero también físico, con acoso y seguimientos, incluso.  

Aislamiento. Cortan sus hilos familiares y de amistades. Buscan el silencio como cómplice. «Esa amiga tuya no te conviene», «no quiero que hables tanto con tu madre», «no necesitas a nadie más»,...

Culpabilización. «Me enfado porque no me haces caso», «me obligas a ponerme así» o, incluso, se amparan en el maltrato que han visto o sufrido de niños. La víctima acaba sintiéndose culpable y consintiendo todo tipo de vejaciones, incluido el sexo forzado, hasta convencerse de que no merecen otro tipo de relación.


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