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Tras la huella indeleble del pasado tricolor

La democracia republicana fue pionera en una larga lista de derechos hoy normalizados, pero otros avances cayeron en el olvido tras el franquismo

Tras la huella indeleble del pasado tricolor

Tras la huella indeleble del pasado tricolor

Las crónicas de la época hablan de una explosión de júbilo popular sin precedentes. De una jornada pacífica y sin incidentes que marcará un antes y un después en la historia de España. A media tarde, una masa entusiasta de ciudadanos festeja el izado de la bandera tricolor junto a la senyera en la plaza del Ayuntamiento de València. Es el 14 de abril de 1931 y el hijo menor de Vicente Blasco Ibáñez, Sigfrido, acaba de anunciar la proclamación de la II República entre los vítores de una multitud que baila al son del Himno de Riego.

Solo han pasado dos días del triunfo aplastante de las fuerzas antimonárquicas en las elecciones municipales, un plebiscito que obliga a Alfonso XIII a partir al exilio, acorralado por los escándalos de corrupción, la represión y los profundos niveles de atraso alimentados por un régimen que se olvidó del pueblo y quedó sumido en la ingobernabilidad.

Cuando se cumplen 90 años de aquel acontecimiento, las luces y las sombras de la breve experiencia republicana y su traumático final siguen sobrevolando la agenda pública, en un contexto en el que la monarquía atraviesa su peor momento desde la Transición tras la huida de otro Borbón del país en el que reinó.

Tras la huella indeleble del pasado tricolor

Aunque el franquismo trató de destruir su legado, la primera etapa democrática española sentó un precedente de progreso para muchas reformas modernizadoras que se han acabado asimilando en los grandes proyectos políticos actuales. «La II República fue pionera en medidas y políticas democráticas y sociales que hoy están normalizadas como avances y derechos por la mayoría de la población», observa Jorge Ramos, profesor de Historia Contemporánea en la Universitat de València.

A modo de ejemplo, el especialista señala la igualdad jurídica entre sexos, el sufragio femenino, el divorcio y el matrimonio civil; la educación pública, gratuita, universal, científica y no segregada; los derechos laborales; el intento de redistribución social justa; la sanidad pública; la renuncia a la guerra como instrumento de política nacional; la descentralización administrativa y territorial o la pluralidad política real.

Pero el proceso de borrado de los valores republicanos consiguió en parte su objetivo: el laicismo nunca más fue una realidad. Para el catedrático de Historia de la Ciencia Josep Lluís Barona, el resultado de no haber restaurado la memoria democrática previa con el final del franquismo es una cultura política «mucho más pobre» en la actualidad. Prueba de ello es el olvido de muchos de los protagonistas de la que considera una de las etapas más brillantes de la cultura, la ciencia y el arte de la historia de España. O el hecho de que perduren «resistencias del pasado» en estamentos como la monarquía, la Iglesia y la derecha conservadora a una educación pública universal y laica, a una sanidad pública y universal, o a un modelo de Estado federal o confederal.

«La impunidad de la monarquía, el centralismo, la educación confesional o la privatización de la sanidad son versiones actuales de aquel caciquismo confesional y monárquico de las élites españolas que, ayudado por el fascismo internacional, dio munición al golpe militar y apoyo internacional al franquismo», sentencia Barona, que hace hincapié en el gran prestigio social adquirido por la ciencia bajo el republicanismo y en las importantes reformas sanitarias desplegadas durante el primer bienio de la II República en ciudades y en zonas rurales, con un proyecto de colectivización asistencial que no pudo llegar a implantarse.

La ciencia y la educación eran «los ejes republicanos de transformación y progreso», pero, tras el golpe, llegó la pobreza, el aislamiento internacional, la represión y el exilio. «El republicanismo perdió la guerra y la sociedad española el avance científico y la internacionalidad artística y cultural. El franquismo no creó un servicio nacional de salud orientado hacia el estado de bienestar como lo hicieron muchos países europeos tras la II Guerra Mundial y, solo con el desarrollismo de los 60 y la participación en la esfera internacional, se abrieron las puertas en el ámbito académico, científico o sanitario», profundiza el investigador.

Valores «muy limitados»

El también historiador Ricard Camil Torres coincide en que algunos de los principales valores republicanos como la separación de poderes, el estado laico o la libertad de conciencia y expresión han acabado resultando «muy limitados» en la práctica de la democracia actual. «La Iglesia actúa como un Estado dentro del Estado y catapultada por un tratamiento material muy privilegiado», mantiene.

En el plano político, Torres cree que la frontera que separa a la derecha de la izquierda moderada «es mucho más tenue» que en 1931 y, pese a las similitudes, subraya una gran diferencia en el bloque de la derecha: que ahora presenta garantías democráticas y defiende la Constitución. Del mismo modo, aunque observa paralelismos en el avance de la ultraderecha entre ambos periodos, la actual no puede basar sus objetivos en destruir el sistema democrático porque recurrir al Ejército ya no es una opción factible.

Para el experto, el franquismo se tomó tanto empeño en eliminar cualquier recuerdo positivo de la etapa republicana que ayudó a legar una imagen casi idílica de la Segunda República, fomentada por la izquierda. «Ni fue una balsa de aceite ni era perfecta, y no sólo la erosionó la derecha. Los que se presentaban como demócratas también la desprestigiaron», incide Torres.

De la herencia republicana, Carmen Agulló destaca las conquistas educativas, algunas de las cuales «todavía suponen un reto en la actualidad», además de los avances en materia de igualdad para las mujeres, que tardaron «décadas en conseguirse de nuevo». La escritora y profesora de Teoría e Historia de la Educación tacha de «manipulación histórica interesada» la identificación de la República con un gobierno de extrema izquierda, caos y desorden, y atribuye al silencio de la transición pactada el gran desconocimiento entre la mayoría de la sociedad sobre «una de las escasas etapas de modernidad y avances a nivel colectivo».

La investigadora pone el foco en que la educación se consideró la herramienta fundamental para la construcción de un sistema político auténticamente democrático, junto al esfuerzo desplegado para formar el «Estado docente», garante de la democracia republicana. La Constitución de 1931 estableció la enseñanza básica gratuita y obligatoria y, para hacerla posible, se puso en marcha un ambicioso plan de inversiones en construcciones educativas, en un país con altos índices de analfabetismo.

También se apostó por un modelo de escuela unificada con metodologías activas que introducían el trabajo manual junto al intelectual, «frente a la pasividad y el verbalismo tradicional». La libertad de cátedra y el laicismo fueron reconocidos, se desterraron los símbolos religiosos de las aulas, se mejoró la formación del Magisterio y se marcó como objetivo de la educación construir una nueva sociedad basada en la cooperación y la solidaridad. Por primera vez, además, se abrió la puerta a la entrada oficial de la enseñanza bilingüe, con la incorporación de las lenguas maternas de cada territorio.

Una nueva mujer independiente

El sufragio femenino, la ley del divorcio, la supresión de la diferencia entre hijos legítimos e ilegítimos y las leyes que facilitaban el acceso de la mujer en igualdad al trabajo y la educación fueron otros avances significativos que, según explica Agulló, moldearon «un nuevo modelo de mujer moderna, trabajadora y con unos ingresos que le permiten ser autónoma económicamente».

Las mujeres comenzaron a ocupar cargos públicos relevantes en la administración y, en ese proceso modernizador, jugaron un papel muy destacado las maestras republicanas, «modelos de ciudadanas para sus alumnas» -en especial en las escuelas rurales- que comenzaron a introducir nuevas pedagogías en las aulas. Del legado repulicano, asegura la experta, «permanece la exigencia de una escuela pública de calidad e igualitaria; la demostración de que una escuela activa y atractiva es posible; la necesidad de implicarse en el cambio pedagógico y social, y, sobre todo, que la educación no se mejora si no tenemos buenos profesionales de la docencia con una buena formación inicial y continuada».

Pero el franquismo supuso un retroceso «no de años, sino de siglos». «El nacionalcatolicismo recuperó el modelo de la perfecta casada, a la que se exigía ser sumisa, obediente y dependiente del hombre», precisa Agulló, para quien ese «sustrato ideológico patriarcal continúa» y, a día de hoy, se observa en el momento de elegir profesiones. La profesora hace hincapié en que, 90 años después, el laicismo todavía es una asignatura pendiente; la normalización lingüística tampoco es total y la formación de los docentes sufre de «exceso de burocracia».

una jornada de éxtasis popular. La proclamación de la II República llenó las calles de las ciudades valencianas de manifestaciones de júbilo. 1 y 2Ciudadanos con banderas se concentran en la plaza Emilio Castelar de València el 14 de abril de 1931. 3 Momento en el que la bandera tricolor es izada entre aplausos en el Casino Republicano.

La edición de El Mercantil Valenciano del 14 de abril de 1931 refleja el clima de entusiasmo popular que rodeó a la proclamación de la II República, una «gloriosa página» que «pasará a la historia como ejemplo de ciudadanía», tal como rezaba el editorial de este diario. «Los ciudadanos somos los mejores soldados del bien común y las libertades públicas. Conquistemos todos los derechos cumpliendo todos los deberes», exhortaba el texto.

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