Corría el mes de septiembre de 2016 y el caso Taula convulsionaba al PP. En medio de la vorágine generada tras la investigación abierta por elTribunal Supremo contra Rita Barberá, Isabel Bonig tomó una decisión que marcaría para siempre su trayectoria: el grupo popular se posicionó en las Corts a favor de la declaración promovida por la izquierda para exigir a la exalcaldesa deValència que entregara el acta de senadora. En las filas populares, la operación generó fricciones y dos diputados se ausentaron del pleno cuando tocaba votar. Dos meses después, Barberá falleció.

Ayer, en el mismo escenario, Bonig aprovechó su última intervención en las Corts para quitarse una espina que le ha perseguido desde entonces. En la misma tribuna, pidió perdón por haber repudiado en sede parlamentaria a la que fue su madre política. El momento no es casual:en el seno del PP se desarrolla un pulso nada sutil entre diferentes corrientes que reivindican y tratan de reconciliarse con el legado del gran icono popular, como lo demuestran la reciente iniciativa promovida por MªJosé Català -que también votó a favor de la propuesta de 2016- para declarar a Barberá alcaldesa honoraria después de que Francisco Camps reclamara un homenaje para ella. «Creo que nos equivocamos», proclamó ayer Bonig. «Espero que nos sirva para entender que la política no puede ser destrucción», ahondó. En su discurso, la dirigente no pudo contener las lágrimas cuando recordó su paso por la alcaldía de la Vall d’Uixó, la reciente muerte de su padre y el trato con el resto de síndics. Su adiós emocionó a todos los diputados en las Corts, que le dedicaron una calurosa ovación.