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‘Volver’ tras 106 días en la UCI

Un hombre de 68 años sale de cuidados intensivos después de estar más de tres meses ingresado por la covid Le atendió su hija, a la que le ofrecieron cambiar de sección: «Lo rechazó, pero se ponía a temblar con cada aviso»

Volver a vivir tras 106 días en la UCI Álex Domínguez

Cuando José Antonio Álamo y su mujer cruzaron las puertas del Hospital de la Marina Baixa en La Vila Joiosa lo hicieron con toda la ropa de abrigo posible encima y síntomas de covid. La Comunitat Valenciana atravesaba el invierno y el punto más alto de la tercera ola. De aquel momento, el 19 de enero, José Antonio, 68 años, solo recuerda que su mujer insistía en ir al hospital, en que les confirmaron la infección de coronavirus y que ella se podía ir a casa y él se tenía que quedar. Y todavía no ha atravesado las puertas mecánicas que dan a la calle y a recuperar la normalidad.

El paisaje de este cubano llegado hace 25 años a Benidorm cambió esta semana. El miércoles, tras 106 días ingresado en una UCI, bajó a planta, una expresión que no tiene por qué coincidir la acción que se realiza en el espacio hospitalario, pero que dentro de la jerga sanitaria significa buenas noticias, descender del pico del peligro hacia la tierra de la estabilización y la mejoría.

José Antonio Álamo salda su llegada a las instalaciones sanitarias y los días posteriores con un «no me acuerdo de nada, perdí la noción y la recuperé dos meses después, entre medias, no sé qué pasó». Pasados unos segundos se corrige: «Sé que hicieron de todo por salvarme la vida, y lo consiguieron, aquí estoy». Se podría decir que perdió un invierno y el inicio de una primavera, pero ha ganado todas las que vendrán después.

En ese equipo médico que le atendió estaba José María Carrasco, jefe del servicio de Urgencias del hospital. «Es normal que no recuerde nada, estaba sedado y anelgesiado, la medicación en la UCI es muy fuerte porque su estado era crítico, estaban sufriendo casi todos sus órganos», complementa el médico.

«Cuando llega una persona enferma de modo crítico con fallo en órganos vitales tenemos que realizar sus funciones de manera mecánica y evitar que ese fallo crítico ponga en peligro la vida del individuo por una respuesta del propio organismo», expresa Carrasco antes de desgranar una serie de actuaciones que tuvieron que llevar a cabo como la ventilación artificial o la hemodiálisis ante las crisis que sufrían varios órganos.

«Me han contado que me hinché tanto que llegué a pesar 102 kilos cuando mi peso habitual es 84», dice el paciente que añade. Aquella imagen podía ser una losa para el trabajo Rosa María Álamo, su hija, y enfermera en la sala de cuidados intensivos donde estaba ingresado su padre. «Le ofrecieron cambiar de servicio, pero dijo que no. Cada vez que sonaba algún aviso la pobre se ponía a temblar por si era yo», cuenta a partir de las historias que le han llegado de aquellos días. De estas, admite, «sufro pensando en lo que sufrió mi familia en ese tiempo».

Dice ser consciente de que por su lado, en el tiempo en el que para él no ocurría nada y conseguía aferrarse a la vida, «pasaron muchas personas que no pudieron salir, que acabaron muriendo, mi organismo ha resistido, me han atendido grandes profesionales, soy afortunado». «Han sido tiempos muy duros en las UCI, con muchas familias que esperan que una llamada de teléfono les dé buenas noticias, algo a lo que agarrarse», detalla el jefe de Urgencias quien explica que si de normal la tasa de defunción en una sala de UCI ronda el 10 %, en la tercera ola de la covid estaba en torno al 25 %.

Cumpleaños entre críticos

Hace semanas, cuando se superaban los sesenta días dormido, José Antonio Álamo despertó. Lo hizo intubado y sin voz, pero vivo. «Me empezaron a preguntar si sabía dónde estaba y qué había pasado, yo no tenía ni idea al principio, pero luego me explicaron que aquello era el hospital y recordé que fui con mi mujer, que quería que nos hiciéramos una prueba y que ella se pudo volver a casa».

En los primeros días consciente en la UCI recibió las visitas de su hija y de su esposa; visitas cortas en las que las palabras descansaban en los ojos abiertos y en silencios llenos de respuestas. José Antonio ya entendía lo que ocurría a su alrededor, lo que le decían, lo que le contaban, los ánimos que le daban. «Estaba ya despierto, lo veía y oía todo, aunque no pudiera hablar», explica.

En la unidad de críticos coincidó la fecha de su sexagésimo noveno cumpleaños porque cuando se pasa un tercio del calendario anual en una UCI hay muchas posibilidades de que añadir una vela más a la tarta pille entre pijamas, monitores y batas blancas. Lo celebraron, con toda la precaución y alegría que conlleva añadir unidades a la edad cuando se está en plena resaca de una lucha contra un patógeno que se ha llevado tres millones de vidas en el mundo.

La mejora ha sido, desde entonces, paulatina, con marcas, heridas fruto de su esfuerzo de quitarse de encima al virus que todavía pintan su rostro. El miércoles llegó el día de los aplausos, del vídeo con la cama, escenario de una de las obras con más acción de su vida, siendo arrastrada por los pasillos del hospital. «Ahora me siento bien, no me duele nada, no más de lo normal, y ya no necesito oxígeno», expresa el cubano de ya 69 años desde el otro lado del auricular, como quitándole hierro a su supervivencia y con ganas de volver a ver el mar.

Todavía no está recuperado y su tiempo en el hospital se alargará unos días, quizás unas semanas. De momento, recibe los ejercicios de los fisioterapeutas que ya le hacían durante su estancia en la UCI y trabaja en recuperar la movilidad. No se sabe si le quedarán secuelas, es algo que le ocurre a algunos pacientes, añade Carrasco, pero no tiene por qué ser su caso. Tampoco le harán falta para rememorar lo vivido: «Esto es para contarlo, pero más adelante, sobre todo a los que no se creen que el bicho puede matarte». Para José Antonio Álamo no recordar será parte de una historia imposible de olvidar.

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