Sabido es que los medidores callejeros de temperatura no son un reflejo fiel cuando están expuestos directamente al sol y que van calentándose y calentándose conforme pasan las horas de insolación. Pero si ayer, pasadas las seis de la tarde, algunos de esos marcadores digitales señalaban 37 grados centígrados son reflejo de que la ciudad de València, y de rebote todo el resto de la Comunitat Valenciana, ofrecieron el escenario soñado para que la gente saliera a la calle y viviera el primer día de verano cuando todavía falta más de un mes para que lo sea en la teoría.

La hostelería sigue recuperándose con terrazas llenas. | EDUARDO RIPOLL

Y fue el escenario para el particular movimiento humano, que dejó imágenes que, si no fuera por las mascarillas, estarían hablando de una normalidad absoluta o de ese adelanto del buen tiempo para atraer a los primeros visitantes. Y éstos llegaron. Especialmente desde el interior. Todas las crónicas hablaban de los atascos en «las salidas en dirección a la costa levantina».

Después de seis meses, se levantó el estado de alarma y miles de personas se desplazaron a la particular tierra prometida aunque no hubiera puente para muchos. Valía la pena aunque fueran unas horas o unos pocos días. Atraídos además por el levantamiento de las restricciones y la sensación de seguridad que desprende una comunidad muy poco azotada desde hace semanas por las incidencias. No es de extrañar, por ello, datos como el del aumento generalizado en el volumen del tráfico, cifrado en una subida del 42 %.

Buen tiempo, puente en Madrid, levantamiento de restricciones, ansiedad, felicidad, baja incidencia... a pesar del calor, una «tormenta perfecta», pero en otro sentido.

Mucho alemán, mucho francés

Y la consecuencia: animación. En el «cap i casal», incesante conforme pasaban las horas. Desde primeras horas de la mañana. Tanto, que bastante antes del mediodía ya empezaba a haber serios problemas para encontrar aparcamiento en la fachada marítima. A lo que habría que añadir el de la plaza del Ayuntamiento, convertido ya en un clásico, las plazas del centro y las grandes zonas de hostelería, que si hace dos fines de semana ya habían registrado una notable animación con la ampliación de horarios para poder servir cenas hasta las diez, la hora extra aun vino mejor.

Los hoteles, activados, a lo que hay que sumar que la mejora de las condiciones coincide con los últimos coletazos de la temporada de comuniones, lo que permitió que obtener mesa para comer en uno de estos establecimientos se complicara tanto como en un restaurante de calle. Y aunque los protocolos de verano aún no están activados, en algunos municipios se tomaron medidas extraordinarias, como la retirada de algas en playas de Dènia para que la visita de turistas fuera a plena satisfacción.

«Mucho alemán y mucho francés. Además, con ganas de alargar la noche» reconocía Remedios Pellicer, gerente de la cafetería Micalet, en la plaza de la Reina. Y también mucho turista de Madrid, aunque éste también muy virado a las playas del sur.

Y también valencianos viajeros

Los movimientos han sido en todas direcciones. Porque el ciudadano valenciano que ha preferido no quedarse en casa también se ha movido generosamente. De arriba a abajo o de abajo a arriba para llegar a las segundas residencias marítimas, desde Oropesa a Xàbia. Pero también de fuera a adentro: la autovía mudéjar arrastró a numerosas personas a las casas de los pueblos del interior en la primera oportunidad que se tenía, desde hacía meses, de rebasar los límites de la Comunitat Valenciana.

Cualquiera de los testimonios valía para justificar el estado de ánimo. La idea generalizada era el de la jaula abierta. «Desde que nos cerraron... trabajando sin parar y ahora que tenemos unos ahorros y tenemos tiempo, sobre todo, viernes, sábado y domingo que venimos. Por lo menos te despejas, te das una vueltecita, cambias de aires», comentaba otro feliz turista, que resumía esta experiencia en una palabra: «¡Genial!» relataban en declaraciones a Efe. Y es que el aspecto psicológico, la necesidad de volver a vivir, es una variable que las autoridades sanitarias han tenido muy en cuenta para ir levantando restricciones.

Como si fuera un traje cortado a medida, la jornada del domingo también augura unas temperaturas tórridas, superando máximas de 35 grados. Y a partir de ahí, el buen tiempo se queda, pero ya con unas temperaturas más civilizadas. El verano aún no llegó, pero la fiesta comenzó. En la arena.