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Migraciones

"Los niños en Marruecos sueñan con venir a España para tener una nueva vida"

Hamza migró de Castillejos a Ceuta con 15 años; ahora, a los 21, estudia, trabaja y es independiente

Hamza Lechkham, en los jardines de San Juan Bosco. | M.A.MONTESINOS

En la madrugada del domingo un mensaje empezó a inundar las redes sociales de Castillejos, la localidad del reino alauita más cercana a Ceuta (menos de 7 km): «Marruecos ha abierto la frontera». Hamza Lechkham (21 años) lo sabe porque su familia vive allí y se lo contó. Vio las imágenes de centenares de paisanos lanzándose al agua para llegar a España como fuera, muchos de ellos menores de edad. Y no solo lo vio, sino que sabe cómo se siente el cuerpo de un niño atravesando una frontera. Él lo hizo hace 6 años. El 6 de diciembre de 2014, un día después de cumplir 15. Hizo el trayecto de Castillejos hasta la valla en taxi, y cruzó la frontera con un pasaporte. Antes los controles eran más laxos.

Hoy tiene 21 años; trabaja y estudia, paga todas sus facturas y el alquiler de un piso que comparte con varios amigos en València. Por las tardes juega al fútbol y se forma para ser mediador intercultural, para ayudar a niños que estén pasando por lo que él tuvo que vivir. Hamza es la viva demostración de que, con oportunidades y recursos de acogida, los menores migrantes pueden y quieren sacar su vida adelante.

En la terraza de un bar (invita él) cuenta que la situación en Castillejos ya era crítica antes del órdago de Marruecos. «Muchísimas personas se dedican al porteo y hacen negocio pasando de un lado a otro de la frontera. Con la valla cerrada por la pandemia, hace meses que algunas familias están yéndose a trabajar a otros pueblos. La situación es muy mala», explica.

Proyectos de vida al otro lado

Siguiendo las noticias, no puede evitar sentirse identificado con los niños que se zambullen en la playa del Tarajal. «Yo con diez, once años, ya les decía a mis padres que me dejaran irme a España, que me quería ir. En Marruecos no hay nada para nosotros, y los niños sueñan con migrar para tener una nueva vida. Ni siquiera saben qué les espera ni qué hacer con su vida, solo quieren venir a España», cuenta.

El llegó, y es un caso raro de éxito de un sistema de acogida donde todavía la mayoría de los niños acaban en situación de calle el día que cumplen la mayoría de edad. «El día de cumplir 18 años es un infierno para los chavales de los centros de menores. Todo lo contrario que para los chicos españoles. En los centros, los chicos tienen muchísimo miedo porque saben que van a pasar de tener techo, comida y recursos a quedarse sin nada, en la calle donde no conocen a nadie. Es terrorífico», explica.

Por suerte no fue su caso. Él fue tutelado en Ceuta durante tres años, y a los 18 consiguió una plaza en un piso de acogida en València. Fue poco menos de un año, pero le bastó para aclimatarse, buscar empleo y formación, acabar de aprender el idioma y volar del nido antes de que se lo dijeran. «Yo ya tenía trabajo y los pisos de acogida son para los que no tienen recursos, no me parecía bien seguir», explica.

Aunque reconoce que «muchos chavales no quieren aprovechar sus oportunidades en los centros», para Hamza hay también un problema del lado de la Administración; «sin un piso de acogida a los 18, pasas de tener tus necesidades cubiertas a quedarte en la calle. En esa situación es muy complicado para cualquiera salir adelante», denuncia.

En la terraza del bar Hamza comenta con su compañero de piso una publicación en redes sociales que dice: «Pateras al carajo, nos quitan el trabajo». Dice con sorna que «si un chaval que llega solo, sin nada en los bolsillos, sin saber el idioma y sin contactos en España te quita el trabajo, igual el problema no somos nosotros».

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