Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

La alcaldesa por sorpresa que se convirtió en icono de los populares

Barberá llegó al poder de forma inesperada y su popularidad creció hasta ser un referente indiscutible

Serafín Castellano y Gil Lázaro (ahora en Vox) consuelan a Barberá tras la derrota de 2015. | F.BUSTAMANTE

La sorpresa se produjo ese 26 de mayo de 1991. El PSPV se mantuvo como la lista más votada en la ciudad de València, pero el pacto previo entre PP y Unión Valenciana convertía a una joven Rita Barberá en la futura alcaldesa de la ciudad. Ni el partido lo esperaba (se pronosticaba que el regionalismo sacaría más votos) ni la propia Barberá, quien como se ha encargado de recordar estos días el expresidente Francisco Camps, no era la primera opción de la dirección nacional para conquistar el cap i casal.

La historia, sin embargo, se escribe a veces con renglones torcidos y lo que esa noche nadie imaginaba era cómo crecería la figura política de Barberá, quien tardaría 24 años en dejar la alcaldía, y celebrar en esos salones del Alameda Palace en cinco ocasiones nuevas victorias.

Esos 24 años son los que separan esa noche electoral de infarto de 1991 con la amarga derrota de 2015 vivida ya en la sede del PP de la calle Quart: «Qué ostia, qué ostia», se le oyó decir a Barberá. El duro revés de perder la vara de mando, no sería nada con lo que después tendría que vivir tras estallar el caso Taula y ser reprobada por su propio partido. El derrumbe de un icono que hoy sigue de actualidad y que, quizás a efectos de imagen, comenzó con aquel polémico caloret con el que arrancó la Cridà en febrero de 2015.

Pero para entender el trauma de la caída de un mito, es necesario regresar al pasado, a lo que vendría después de ese 26 de mayo que supuso un cambio de ciclo político, la pica en Flandes, que allanó el camino a la conquista del PP en las instituciones. Y es que Barberá no fue una pieza más en el engranaje de la máquina popular de hacer votos. Su protagonismo en esta etapa es incuestionable, como también lo fue su liderazgo. Tan enorme que por momentos resultó incómodo a los suyos. Es el caso del expresidente Zaplana para quién llegó a ser una obsesión alcanzar su popularidad.

Barberá fue una mujer de partido, que nunca necesitó ocupar cargo orgánico para tenerlo todo atado y bien atado. La suerte, sin duda, la acompañó hace treinta años, pero ella misma supo agrandar su figura hasta el punto de que en la calle Génova, primero con José María Aznar, y después, con Mariano Rajoy, la convirtieron en «la alcaldesa de España» y en asesora áulica en los momentos claves de la historia del PPCV, entre ellos las distintas sucesiones en e l Palau de la Generalitat, un lugar en el que declinó estar.

Barberá era un animal político, pero el contexto le acompañó. En su primera legislatura, con proyectos heredados de la etapa socialista que hábilmente hizo suyos, la alcaldesa no dejó barrio ni mercado por visitar. Era el perejil de todas las salsas y su popularidad creció como la espuma. A su rival interno en el espacio del centroderecha, Vicente González Lizondo, había que vencerlo con sus mismas armas: un populismo con tintes folklóricos. Su carácter abierto y directo fue de tanta ayuda para su proyección como un Felipe González en la Moncloa al que se enfrentaba día sí, día no con un discurso victimista respecto a Madrid que dio sus frutos.

El trampolín al escenario nacional le llegó con la presidencia de la Federación Española de Municipios y Provincias, un puesto que Barberá retuvo durante años y que le permitió ganarse un espacio en el PP nacional, que sólo perdería cuando estalló el caso del pitufeo (supuesto blanqueo de capitales). Fue el principio del fin no tanto de su carrera política (ya acabada), sino del desmoronamiento de un símbolo.

Compartir el artículo

stats