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Mujeres silenciadas en el manicomio

Algunas llegaron al centro sin saber siquiera su edad o incluso lobotomizadas

Antiguo psiquiátrico Padre Jofré en València, conocido también como el manicomio de Jesús. | EDUARDO RIPOLL

María fue encerrada en un manicomio por dar a luz a dos niñas sin estar casada. La primera fue fruto de una violación del ‘amo’ en la casa donde servía a los 15 años, la segunda por un desliz con su pareja de la cual enviudó, y del disgusto tuvo un parto prematuro dos días después. Lloró desconsolada con su bebé, y solo por eso su madre decidió arrancarle a la niña de los brazos e internarla en el manicomio del convento de Jesús. Allí la medicaron, la maltrataron, la aislaron, la ducharon con una manguera y la borraron como persona durante más de 20 años.

María, como Ana o Blanquita, fue una de las 200 mujeres trasladadas del manicomio de Jesús al psiquiátrico de Bétera en mayo de 1974 (cuando el primero cerró). Al llegar, sus identidades se habían esfumado. Muchas no sabían ni sus propios nombres, ni su edad, no tenían cartas de la familia, ni ropa, ni zapatos, ni posesiones, ni amigas, nada de nada.

Las recibió María Huertas, una joven médica recién licenciada, y durante años las escuchó y las cuidó para tratar de devolverles la vida que les habían arrancado en el convento. Todos esos recuerdos de su trabajo los cuenta en Nueve nombres, un libro de la editorial Cultura Temporal en el que narra la historia de 9 de esas mujeres.

Huertas tiene más de 40 años de experiencia como psiquiatra, trabajó en Bétera desde 1973 a 1980, y ha sido Jefa de Servicio de Salud Mental del Departamento 9 de la Comunitat, además de impulsora de varios programas para la reinserción de personas con trastorno mental severo. Cuenta que escribió los relatos durante el confinamiento, tirando de sus recuerdos como trabajadora en el centro.

A María le quitaron la medicación (no le hacía ningún bien), desde el primer día. En su lugar, escucharon su historia y le dejaron hablar. Como a otros internos, le permitieron salir a la calle, volver a pasear, notar el aire fresco y ser independientes tras décadas de encierro en Jesús, algo que fue muy polémico en la época. «Los vecinos tenían miedo de que ‘los locos’ pasearan por el pueblo», cuenta Huertas. En a penas año y medio, María recompuso su vida y se marchó de Bétera: se reunió con su hermana y sus hijas, a las que no veía casi desde su nacimiento, y hasta encontró pareja. Volvió a la vida.

Sin palabra y sin historia

«Cuando llegaron las mujeres no sabíamos nada de ellas ni de sus historias. Los expedientes médicos de personas internas más de 30 años ocupaban cinco hojas», recuerda Huertas. Aunque no es lo único que les arrebataron a estas mujeres en el manicomio de Jesús; el régimen era carcelario y no podían salir, no tenían palabra, ni emociones por el miedo a los castigos como la camisa de fuerza o a terribles contenciones químicas, tampoco tenían objetos personales ni fotos familiares, ni derechos, ni sexualidad, ni recuerdos de su propia vida.

Algunas llegaron «sin trocitos de cerebro». Habían coincidido en el tiempo con la época «científica» de la psiquiatría, y ‘prestigiosos’ catedráticos realizaban sus investigaciones de neurocirugía, «para curarlas». Se convirtieron en personas medicadas indiscriminadamente, algunas lobotomizadas, todas ellas víctimas de tratamientos físicos, biológicos y mecánicos. Inyecciones de insulina, estricnina o cardiazol, tandas de electroshocks, argollas y celdas negras, generalmente como castigo por protestas o desobediencias, tratos humillantes y vejatorios, degradación y miseria.

Así cuenta que le llegaron estas mujeres Huertas, que formaba parte de una generación de jóvenes médicas de veintipocos años, que se estrenaron en el mundo laboral en este recinto, con la convicción de que podían hacer olvidar «la psiquiatría tradicional y represora». Como mínimo demostraron tener razón.

El manicomio de Jesús acabó cerrándose gracias, en parte, a varias exclusivas periodísticas, como las del diario Sábado Gráfico, o la serie de reportajes escritos por el periodista valenciano Eduardo Bort Carbó, para el diario Jornada a finales de los años 60. Todos ellos relataban condiciones terribles en el antiguo convento. El propio Bort hablaba de «ratas que asustaban a las enfermas» o «el caso del joven atado a una reja con una cuerda».

Contra el aislamiento

El hospital psiquiátrico de Bétera finalmente fue deshabilitado, y durante muchos años se convirtió en un almacén de la Diputación de València donde llegaron a guardarse incluso ninots de falla. Hoy, es un centro sanitario más en la Comunitat Valenciana.

Para Huertas, la puesta en marcha del hospital psiquiátrico de Bétera «supuso romper con esa psiquiatría carcelaria e inhumana que se había hecho hasta el momento». Pese a todo, matiza que seguía siendo inadecuado porque igualmente aislaba a los enfermos mentales y los alejaba de su hogar y sus familiares, cuando esto es «lo mejor para su recuperación». De hecho, por eso Huertas se posiciona en contra del centro psiquiátrico proyectado en la localidad de Siete Aguas.

A las mujeres del convento de Jesús (a María entre ellas) les quitaron la voz, el nombre y hasta los recuerdos, por eso Huertas insiste en que hoy es importante «que tengan voz las asociaciones de personas con enfermedades mentales, que reivindiquen que se les escuchen y ser protagonistas».

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