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Análisis

La izquierda pasa de pantalla

Los primeros movimientos tras el 4M y la salida de Pablo Iglesias apuntan a una menor beligerancia entre los socios de Gobierno y al diseño de una plataforma confederal con Yolanda Díaz como pieza clave y con repercusiones valencianas

Yolanda Díaz, junto a Joan Ribó, Pepe Álvarez y el ministro Ábalos, en el congreso de UGT en València. | JM LÓPEZ

Yolanda Díaz, junto a Joan Ribó, Pepe Álvarez y el ministro Ábalos, en el congreso de UGT en València. | JM LÓPEZ

El paso de Pedro Sánchez hacia los indultos a los presos del procés no es el único movimiento en la izquierda tras el 4M. La salida de escena de Pablo Iglesias empieza también a causar efectos. Los primeros movimientos de la nueva cúpula de Unidas Podemos lanzan algunos mensajes: feminización, una relación menos competitiva con el socio de Gobierno y apertura hacia la periferia. La presentación en València de la candidatura (oficial) de Ione Belarra se sitúa en esa línea. Por otra parte, la vicepresidenta del Gobierno Yolanda Díaz emerge como la figura clave en la oportunidad de reorientar el proyecto morado hacia lo que fue en 2015: algo más transversal e integrador.

El 4M de Madrid ha dejado un par de lecciones: la capacidad de movilización de la derecha a partir de símbolos y mensajes emocionales simples y el éxito (sin premio de gobierno) de una izquierda social, verde y feminista, alejada de luchas de clases y siglas históricas. Desde el día después está en los debates la configuración de un proyecto similar al de Más Madrid en España, permeable en las distintas autonomías. El grupo de izquierda confederal del Senado, del que forma parte Compromís, ha sido situado como referencia.

Sin embargo, conforme se aleja el 4M, la dificultad de una iniciativa de este cariz (ya intentada en cierta manera en 2019 sin éxito con Más País) es más evidente. Al mismo tiempo, se asienta la opción de un proyecto de Yolanda Díaz que pueda recuperar el espíritu de Unidas Podemos, que desde 2015 ha ido perdiendo a gran parte de sus impulsores (Íñigo Errejón, Luis Alegre, Carolina Bescansa…). La propuesta está en mantillas, a la espera del liderazgo de la política gallega del PCE, pero circula en las direcciones moradas. Pasaría por alianzas en la periferia con los que ya están, los comuns de Cataluña y lo que queda de las mareas gallegas, y los que no están, como Compromís, Más Madrid y la escisión andaluza. Cada formación mantendría su naturaleza.

¿Qué piensa Compromís? Constata que ha quedado patente que hay un espacio para una izquierda verde confederal, pero asegura que no hay nada en marcha. En privado, algunos de sus dirigentes admiten que Más País «no crea estructura». Tampoco les ha supuesto un avance en Madrid, limitada a lo que tenían (Joan Baldoví), lejos de los cuatro que alcanzaron en 2015 y 2016 de la mano de Podemos.

Lo que pueda suceder en la relación entre Díaz y el proyecto de Errejón será importante en las decisiones de Compromís. No ha pasado desapercibida la última visita a València de la ministra Irene Montero y su reunión con Mónica Oltra, aunque oficialmente no trataron cuestiones de partido. En la dirección madrileña de los morados se considera que la vicepresidenta valenciana sería posiblemente hoy ministra si Compromís hubiera optado en 2019 por Podemos y no Más País. Eso es pasado, pero podría haber una segunda oportunidad.

Pragmatismo: el concepto clave

La palabra que se repite es pragmatismo. En clave valenciana, el congreso de finales de junio del Bloc (la gran bolsa de militantes de Compromís) será, si no hay sorpresa, un avance hacia un discurso político más social y verde y menos identitario, coincidente en muchos contenidos al de Podemos, una formación que ha de resolver la paradoja de unas prácticas de poder centralistas con la defensa del mensaje de plurinacionalidad. Las relaciones valencianas entre UP y Compromís, tensas tras entrar los morados en 2019 en el Consell, también son importantes de cara a la correlación de fuerzas en la izquierda en 2023.

La amenaza de un cambio de ciclo favorece el pragmatismo en la izquierda, traducido en evitar espacios de confrontación y exhibir gestión: el ejemplo mejor son los acuerdos sobre los ERTE. La línea que empieza a dibujar el nuevo triunvirato de Unidas Podemos (Díaz, Belarra y Montero) es de menor tensión con el socio socialista. El Botànic, en este sentido, aparece como el mejor ejemplo: los socios valencianos han sabido gestionar las discrepancias tras un inicio de legislatura agitado y presentan hoy un proyecto más sólido que entonces, afianzado en las buenas cifras de incidencia de la pandemia y su repercusión en el resto de España. La concentración en la C. Valenciana de grandes actos (los congresos de UGT, PSOE y la presentación de Belarra) y visitas ministeriales sugiere esa posición de referencia.

La izquierda empieza a mostrar síntomas de que ha pasado de pantalla tras el 4M.

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