Desde que salieron las primeras noticias sobre la catástrofe de Alemania y Bélgica, el objeto de análisis ha ido virando desde la innegable excepcionalidad de las lluvias, al calentamiento global y hasta una última vertiente muy interesante, referida a la planificación territorial y aviso de la población previo estallido de las tormentas. La prevención, vaya. El gobierno de Angela Merkel ha intentado desmarcarse de esta última corriente crítica y en sus declaraciones no hace más que poner sobre el tapete los desmesurados acumulados de precipitación y el voraz cambio climático actual, que está enrabietando más que nunca a los inmisericordes cumulonimbos.

Cada vez que veo una declaración oficial en los medios, visiono en un primer plano imaginario, de esos que aparecen en series de médicos o de investigación policial, una impresión con las imágenes que se difundieron a través de las redes sociales donde se mostraban las aberraciones urbanísticas en la cuenca del río Ahr. Parece increíble que construyeran sobre antiguos meandros o en los márgenes más próximos a la lámina de agua, haciendo caso omiso al hoyo que había excavado la corriente hace unas décadas. Ahora, cuando las nubes han vuelto a descargar lluvia con virulencia, el río no ha hecho más que recuperar el terreno perdido que aún evidenciaban las cicatrices en la vegetación de la ribera. El problema es que nosotros no solemos leer entre líneas o no queremos hacerlo cuando supone un quebranto económico. Construir ahí una casa rentaba más que dejar ese valle -de inundación- junto al río yermo de construcción. Esta parte es la referida a la planificación territorial.

Por otro lado, está el tema del aviso de la población previa llegada de la riada. Frente a las críticas crecientes, el Servicio Meteorológico de Alemania ha alegado que ellos sí advirtieron del potencial del episodio que estaba por llegar, y que pusieron en marcha los avisos pertinentes, pero que quizás la población no supo interpretarlos. Esto apesta a Filomena. Sí, la borrasca que cubrió de nieve gran parte de la Península el pasado mes de enero. Entonces aquí se concluyó lo mismo, que la gente acabó encallada en la nieve con su coche por no saber evaluar los riesgos. Evidentemente, hay un fallo en la comunicación. Puede que debido a una explicación deficiente de las alertas o por esas voces en los mass media tan empecinadas en hacer todo extraordinario que, cuando llega lo insólito, el receptor está tan anestesiado que asume el fenómeno como convencional. Urge apuntalar la información de los riesgos y las primeras vigas que debemos poner son la moderación y la credibilidad.