Entre infección e inyección hay una letra y hasta hace nada, en el caso de la covid, seis meses de distancia. No obstante, un cambio en el protocolo de Sanidad respecto a la inmunización de los que han superado la enfermedad permitirá reducir esta separación y que quien se haya contagiado a mediados de julio no tenga que esperar hasta final de año para completar su vacunación. Así, la conselleria ha acortado los plazos de este proceso pasando de seis meses a ocho semanas el intervalo entre el positivo del virus y la vacunación.

La decisión del departamento autonómico valenciano se sustenta en un acuerdo de la Comisión de Salud Pública en el que se dio luz verde a esa reducción de plazos de los seis a los dos meses, más menos. Tras esta resolución debían ser las comunidades autónomas las que decidieran si aplicarlo o no o decidir qué intervalo establecer y desde la Comunitat Valenciana se ha optado por reducir este periodo al mínimo de lo pactado: ocho semanas.

De hecho, según confirmaron fuentes de la conselleria, ya se está citando a aquellos que cumplen con los nuevos requisitos. Esto supondría convocar a los cerca de 20.000 valencianos y valencianas que se contagiaron entre finales de febrero y mediados de junio, fechas en las que la vacunación se comenzó a realizar de manera masiva y a cubrir cada vez más grupos etarios.

Entre estos, no obstante, no estarían los mayores de 65 años que según el protocolo no debían esperar los seis meses entre superar la infección y el pinchazo. Estos, además, debían recibir las dos dosis que se considera la vacunación completa a diferencia de los nacidos más tarde de 1956 que tras haber pasado la covid solo son vacunados con una sola dosis puesto que se considera suficiente.

Esta decisión beneficiará especialmente a cerca de 60.000 jóvenes de entre los 12 y los 39 años que se han contagiado en esta última sacudida del virus desde finales de junio. La mayoría de ellos estaban sin vacunar porque todavía no habían sido citados y como consecuencia de su infección tenían que esperar para ser inmunizados hasta finales de año. El nuevo intervalo hace que estos vayan a ser convocados entre finales de este mismo mes y mitad de octubre. También quienes se hayan contagiado con una dosis inoculada y que debían esperar seis meses tras la infección para recibir la segunda.

Acelerar la inmunización

El recorte de los plazos no se puede entender sin la llegada de más dosis (especialmente de Pfizer y Moderna por las compensaciones del ministerio), de tener altas tasas de cobertura en la mayoría de los grupos de edad y de querer acelerar al máximo los porcentajes de personas con pauta completa acercándose a la llamada inmunidad de grupo (que los expertos han alejado del 70 %). Así, estos plazos más cortos (igual que ocurrió con los sexagenarios que habían recibido AstraZeneca, a los que se redujo el intervalo de las 12 a las 8 semanas para su segunda dosis) permitiría incrementar esa proporción de inmunizados.

La decisión cuenta con el visto bueno de los expertos; de hecho, la Comisión de Salud Pública está integrada básicamente por técnicos y especialistas en la materia por lo que cualquier asunto que se trate en ese órgano tiene (al menos formalmente) un respaldo del mundo científico. En este caso, el investigador de la Fundación Fisabio y experto en Salud Pública, Salvador Peiró, defiende que los seis meses entre la infección y la inyección no era un tiempo fijado por estudios clínicos sino por saber que los anticuerpos tras el contagio aguantaban, al menos, durante medio año.

«Hay que dejar una separación porque sino las reacciones son más fuertes, pero dos o tres meses es un periodo razonable y se genera una protección muy fuerte», expresa el especialista, que reitera que los plazos se podrían ampliar o acortar según fuera necesario. «Antes nos convenía proteger a más gente y no era necesario vacunar a muchos que habían pasado el virus recientemente porque estaban ya protegidos, es una decisión más logística que clínica o médica», explica.

Asimismo, destaca que los anticuerpos que se generan tras la infección son distintos a los que se dan con la vacunación, ya que se crean IgA en las mucosas y se evita de manera más habitual la reinfección. Estos, a diferencia que los que generan las vacunas, atacarían al virus en las vías respiratorias de entrada al cuerpo impidiendo que se replicase y que hubiera infección. En cambio, los anticuerpos vacunales (que también se generan tras la infección) cargan contra el virus una vez este ya está en el organismo impidiendo, eso sí, lo más importante: una enfermedad grave y todas sus complicaciones derivadas hasta el fallecimiento.