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Pequeños grandes museos

Tanto la Casa Museo de la artista Concha Piquer o la del escritor Blasco Ibáñez, como el Museo de la Ciutat o el Taurino ofrecen un mosaico de experiencias únicas en la capital valenciana y no tienen nada que envidiar al Museo de Historia de València o La Almoina, los más visitados durante 2019, el año previo a la pandemia

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Un paseo por las entrañas del Museo Taurino de València J.M. López

Entrar a un museo es acceder a una cápsula del tiempo, al buzón de un época. Es navegar dentro de la columna neurálgica del arte, sentados sobre un hecho estético en sí y al galope de los tiempos vividos en otra vida. Porque cuando ni la mente y ni el ojo pueden confiar en retener aquellas historias de las que han sido testigos en siglos anteriores, salen al paso los museos para dejar constancia de ellas. Ahí, una exposición se levanta como método de conocimiento y autoconocimiento. Sea el museo que sea.

Incluso la propia sala de exposiciones te cuenta la historia de la zona en la que se levanta. Es el caso de la Casa Museo de Concha Piquer, en pleno barrio de Sagunt, donde nació en 1906. La artista ya lo cantaba: «La calle de Murviedro es un arrabal tan capaz, que podría por sí sola formar una ciudad decente…». El inmueble, con 120 años de historia, es la clásica vivienda unifamiliar de clase obrera -su padre era albañil y su madre, costurera- y un valioso testimonio de la arquitectura higienista de la época.

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La Casa Museo de Concha Piquer, en el corazón del barrio de Sagunt J. M. López

Unos baúles de viaje te saludan al inicio del recorrido, como uno de los documentos más claros de su vida. Porque Piquer vivió las tensiones de la Segunda Guerra Mundial en la gira de dos años que realizó por todo el Cono Sur. Dentro, la recreación de su camerino con los objetos de tocador, cosméticos, indumentaria y complementos dan la talla de una personalidad consagrada en el mundo del espectáculo y del teatro. Y la casa, con el dormitorio de sus padres, el comedor, la cocina y el taller de modista de su madre, ofrecen el recuerdo nítido de una infancia sencilla, doméstica, en la vida de una de las mejores voces del siglo XX. Sin embargo, fue uno de los museos menos visitados en 2019, con 766 asistencias, pero en este 2021 ya ha superado las 737 visitas.

«Nuestro esfuerzo está en convertir la cultura en una herramienta clave en el proceso de vuelta progresiva a la normalidad que tanto deseamos», aclara la concejala de Patrimonio y Recursos Culturales del Ayuntamiento de València, Gloria Tello. En ese sentido, también expone que «las visitas a nuestros museos no solo han ido recuperándose hasta lograr cifras similares a aquellas de antes de la pandemia, sino que, además, en muchos de ellos, como el museo de Ciencias Naturales, el de Historia, el del Arroz, en la Casa Museo Blasco Ibáñez o la de Concha Piquer, se han logrado en el mes de julio cifras incluso superiores a las del mismo mes del año 2019».

Precisamente, Concha Piquer conoció a personalidades de diversos ámbitos que admiraron su cante a lo largo de su trayectoria. Entre ellas, estaba el escritor Vicente Blasco Ibáñez, cuya casa museo se levanta en La Malva-rosa. Allí, la brisa del mar refrigeraba el reloj de su inspiración, dentro de un chalet que es un paisaje lunar, con una luz que más que luz, es un resplandor azulado, mediterráneo, de una transparencia inigualable: «Esta casa es el referente de la València republicana, la que nació a partir de la figura de este autor» expone con una ráfaga de autoridad el director de la Casa Museo Blasco Ibáñez, Emilio Sales. «Blasco es una figura que todavía está por descubrir y este museo es una gran oportunidad para ello», concluye. En 2019 superó las 7.000 entradas.

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Visita al chalet de Blasco Ibáñez JM López

La senyera que cubrió el féretro del escritor o la máscara mortuoria impactan de entrada en la planta baja, donde hay una serie cronológica de la vida de Blasco Ibáñez. Arriba, hay piezas que te acercan a su vida familiar y cotidiana, pero sorprende su bellísimo despacho, el mismo que tenía en el diario El Pueblo, fundado por él mismo en 1894.

Sangre y arena (1908) es una de las mejores obras de Blasco Ibáñez y, para entenderla en su totalidad, habría que pasearse por las entrañas del Museo Taurino de València, «un atractivo de primer nivel donde se muestra la magia y el misterio de una de las tradiciones más arraigadas al pueblo valenciano», sentencia el director del centro de Asuntos Taurinos de la Diputación de València, Toni Gázquez.

Parte de la taleguilla derecha de Joselito El Gallo, «El rey de los toreros», que visitó el día de su muerte en 1920, la chaquetilla de los hermanos Fabrilo de finales del siglo XIX; o el traje verde oliva y azabache, con un boquete a la altura del corazón, que llevaba Montoliu en Sevilla el día de su fallecimiento en 1992 muestran la grandeza de la colección. Un toro embalsado a escala natural, con los ojos incorruptos de bravura, que da medio con solo fotografiarlo corona una muestra que en 2019 alcanzó la cifra de 53.263 visitantes, sobre todo procedentes de Francia, Italia, Reino Unido, Países Bajos y Alemania. Su visita te hace apreciar una cultura milenaria como la tauromaquia y te abre la puerta a un templo inmenso, donde se oficia un misterio tan catártico como auténtico: la plaza de toros de València.

Y de respirar la pureza del entorno taurino, que ya flota en el pasaje doctor Serra -autor del primer tratado de taurotraumatología del mundo- concluimos el recorrido en el Museo de la Ciutat, dentro de un palacio del siglo XVII, situado en la espalda de la Basílica de la Virgen de los Desamparados. Allí dentro se tiene una sensación nabokoviana, casi de jactancia, porque se mezcla la pintura más moderna de mitad del siglo XX con la pintura religiosa más antigua, casi toda ella anónima, además de algunos descubrimientos íberos. Su nombre, en referencia a la ciudad, es un epigrama vacío, pero atiborrado de belleza. Quizá sobre. Porque hay mucho contenido pero sin ligazón, con poca armonía en su muestra, aunque en 2019 recibió 10.666 turistas.

Así se construye la historia. Como la vemos a través de los museos. De cuadro en cuadro. De artista en artista. De calle en calle. Tan fácil y tan difícil. Ahora hay que cuidarla.

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