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Ulises: La patria de los viajeros

Antes de pisar su patria, el héroe tuvo que decidir algo que abruma a los hombres en algún momento de su existencia. La duda era lícita. Cerca de la actual Corfú encontró a Nausícaa. Junto a ella vivió eso que algunos considerarían felicidad, después de tantos años de guerras y peligros. ¿Fue amor? ¿Se acordó de Penélope?

Ulises: La patria de los viajeros

La Guerra de Troya es una herida abierta de la que mana, miles de años después, todo un torrente de pensamiento. Frente a las murallas de la ciudad se forjó durante los diez años de asedio griego la esencia de la cultura occidental, los pilares de nuestras sociedades que han ido escalando el cielo hasta hacer de aquella batalla legendaria un sentimiento de evasión. Troya es la infancia de muchos, el anhelo de los que sueñan un mar, unos tiempos heroicos de olivos a la sombra, las ruinas originales donde se custodia a los dioses del pensamiento. El principio del viaje más asombroso que jamás se haya hecho.

Porque Troya fue el final de un pueblo, pero el inicio de otro. Desde sus playas partieron los supervivientes troyanos como refugiados hacia un mundo hostil que los rechazaba, pero también los vencedores, ávidos de contar sus hazañas por todos los rincones del mundo. Ambos probaron el sabor amargo de la soledad. Vencedores y vencidos practicaron el viaje por el Mediterráneo como vagabundos, mientras descubrían que, fuera de la guerra, Troya no existía para nadie. Los puertos a los que arribaban luchaban por sobrevivir, conjugando el lenguaje de la pesca con sus propias miserias. Unos y otros, unidos por la desdicha, no eran más que extranjeros. Su aspecto, a pesar de la suerte de la guerra, similar en pobreza.

Ulises había vencido gracias a su inteligencia. De él fue la idea del caballo. Gracias a su ingenio, las puertas de Troya se abrieron y la sangre de los troyanos corrió como el vino en las fiestas. Pero el destino no reservaba al mejor de los griegos una vuelta placentera. La primera ciudad a la que llega con su expedición es Ismaro, en Tracia, la actual Turquía, donde es recibido a punta de lanza. Los pueblos suelen acoger con desencanto a los vencedores de las guerras, temerosos de que añadan a sus conquistas su tierra. Después, con su barca, llega hasta Citera, una isla al sur del Peloponeso, y tras una breve estancia, marcha hacia el golfo de Gabés, en Túnez, para encontrarse con los Lotógafos, lugar en el que los marineros de Ulises olvidaron su patria y decidieron quedarse.

Ese es el gran peligro del viajero: olvidar su hogar, renunciar a los orígenes como el que deja a un lado una vida y abandona los recuerdos. El viaje encuentra su razón de ser en la idea de regreso, en el ejercicio memorístico de ver la patria en todos los países extranjeros que se visiten. Sin regreso no hay futuro. Sin hogar al que volver no hay viaje. Eso lo sabía Ulises, cuya mujer, Penélope, lo esperaba en Ítaca, una isla sencilla y hermosa. Y todos llevamos algo de Ítaca en nuestras patrias. Por eso el héroe griego abandona a los lotófagos y llega hasta la isla de los cíclopes, la actual Vulcano, en el archipiélago de las Eolias, al norte de Sicilia. De allí a Lípari, hasta dar con la península itálica en el monte Circeo, muy cerca de lo que, siglos después sería Roma. Caminos semejantes estaba recorriendo Eneas, ambos hermanados en la desdicha de navegar errantes por un mundo hostil.

La expedición se encuentra con las sirenas, encaramadas en unas islas deshabitadas frente a la costa Amalfitana, milenios antes del Martini y la ‘jet-set’. De allí van a la isla de Sicilia, un lugar donde Grecia se extenderá gracias a las diversas oleadas de colonos, que harán del sur de Italia una segunda Grecia, más próspera y soleada. Allí deberá enfrentarse a Escila y Caribdis, dos monstruos que habitan en el estrecho de Mesina, para después viajar hacia el inframundo. Será Ulises el que inaugure este tipo de viaje vertical por las brumas de los sueños, la catábasis que dirija sus pasos hacia el infierno, la ladera donde habitan los muertos. En el Hades le pronostican un regreso difícil a Ítaca, y ya en el mundo de los vivos, se dirige hacia las Columnas de Hércules, el estrecho de Gibraltar, formando una línea continua de este a oeste. No hay mejor metáfora para nuestro mar que el viaje de Ulises, de Troya al estrecho, siendo la historia y la vida todo lo que encierran sus costas.

Ulises regresó a Ítaca finalmente. Allí lo esperaba su mujer, decenios después, con una perseverancia que solo el amor y la inconsciencia permiten. Antes de pisar su patria, el héroe tuvo que decidir algo que abruma a los hombres en algún momento de su existencia. La duda era lícita. Cerca de la actual isla de Corfú, encontró a Nausícaa, la hija de un rey. Junto a ella vivió eso que algunos considerarían felicidad, después de tantos años de guerras y peligros. ¿Fue amor? ¿Se acordó de Penélope? Ulises tuvo que decidir si continuar una vida de aventuras, de isla en isla, conociendo a otras mujeres con las que confundir la soledad, o volver a su hogar, con su esposa, ya casi anciana como él, para dormir profundamente una mortal cotidianidad. Al final, Ulises optó por un hogar con los vicios de lo conocido, exento de sorpresas, tan normal como aburrido, pareciéndose los días entre ellos como piedras de la playa. Pero acaso Ulises sabía que en eso consistía la felicidad, en volver a Ítaca, en regresar del viaje para hacer del viaje eterno. Por eso su Odisea hoy en día sigue tan viva en el recuerdo, porque enciende el anhelo de los hombres entre escapar de nosotros mismos y refugiarnos en lo que siempre hemos sido.

Odisea.

Homero

[Editorial Blackie Books]

Una odisea.

Daniel Mendelsohn

[Seix Barral]

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