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"Los chicles pegados en el suelo son colonias de bacterias callejeras"

Científicos de la Universitat de València ganan el llamado ‘antiNobel’, que premia los artículos más insólitos, con un estudio sobre el comportamiento de los microbios en las gomas de mascar

El equipo de la UV liderado por Manuel Porcar (der.) que sido reconocido internacionalmente. | LEVANTE-EMV

El equipo de la UV liderado por Manuel Porcar (der.) que sido reconocido internacionalmente. | LEVANTE-EMV

Una de las científicas del equipo que dirige el valenciano Manuel Porcar pasó semanas mascando chicles para luego pegarlos en el suelo de la calle junto a su laboratorio. Todo ello por la ciencia. El objetivo era descubrir qué tipo de vida bacteriana hay en esos repulsivos pegotes oscuros de chicles que, en muchas ocasiones, pueblan las calles. Cuando Porcar pensó en investigarlo, lo primero que hizo fue buscar en Internet para ver si alguien lo había hecho ya. Pero ningún investigador en la historia había pensado en qué pasaba dentro de esos chicles abandonados a la intemperie en lugar de tirarlos a la basura como es debido. La publicación del artículo en la revista Nature en octubre del año pasado puso al grupo en el mapa.

Un año después, los resultados de esa investigación han valido al laboratorio de Porcar, un centro mixto entre la Universitat de València y el Centro de Investigaciones Sociológicas (CSIC), uno de los galardones más curiosos del ámbito científico. Se trata del Ig Nobel, que otorga la revista Annals of Improbable Research y que se entrega en la Universidad de Harvard. El premio se entrega, según la publicación, a «investigaciones que primero hacen a la gente reír pero después le hacen pensar».

Una isla para microbios

El experimento llevó a recoger muestras de gomas de mascar en los pavimentos más diversos: España, Francia, Grecia, Turquía y Singapur. «Llevamos los chicles sucios en las maletas de avión para traerlos», explica Porcar a Levante-EMV. Al mirarlos con lupa, cada uno de ellos generaba un ecosistema de vida microbiana diferente.

Pero, lo más importante, vieron que había dos partes en el proceso. «Imaginemos que alguien tira un chicle en la Plaza del Ayuntamiento de València», ejemplifica Porcar. El dulce viajará entonces hacia el piso junto a multitud de organismos vivos de la boca. Y ahí se quedarán durante cuatro semanas, hasta que mueran o se dejan de apreciar

«Luego empezamos a detectar otros, sphingomonas, por ejemplo, que son bacterias que tienen la capacidad de degradar. Ellas colonizan el chicle y por sus condiciones más rústicas resisten peores condiciones», narra Porcar. El vinarocense considera que estas «bacterias callejeras colonizan» ese espacio como si fuese una isla conquistada en medio de un pavimento que, alrededor, es más inseguro debido a las labores de limpieza que se realizan en las ciudades.

Con posibles aplicaciones

El líder de la investigación apunta a que su artículo puede dar lugar a diversas aplicaciones, como la «bioremediación». «Hemos visto que hay microorganismos que son capaces de degradar los componentes que tiene el chicle. Se podría usar en un proceso industrial para descontaminar los chicles del suelo», explica. Eso sí, apunta a que lo mejor siempre será educar a la ciudadanía «para tirar los chicles a la basura» para evitar situaciones tan antiestéticas como esos pegotes negros en el suelo. Y, por último, Porcar dice que no ha estudiado la supervivencia de virus como la covid en las gomas de mascar pero reconoce, con voz curiosa, que «sería interesante».

Premiar lo insólito

«Es una especie de parodia de los Premios Nobel, que con el tiempo se han convertido en algo tan serio y tan risible. Hay gente fuera del ámbito científico que lo ve como algo negativo pero entre los científicos está muy bien valorado, me han llamado muchos diciéndome que les daba envidia sana», cuenta Porcar, natural de Vinaròs y presidente de la empresa Darwin Bioprospecting. En total hay diez premiados en diez categorías. Todas son investigaciones sólidas y publicadas por revistas científicas de prestigio que, por lo que sea, tienen facetas humorísticas. El grupo de biotecnología y biología sintética de la UV y el CSIC es el único equipo español premiado este año y los primeros del país en conseguir un Ig Nobel desde 2018, cuando unos investigadores midieron las causas y efectos de gritar e insultar mientras se conduce.

Quizá lo más insólito de todo —que ya es difícil— sea que Porcar no tiene ni idea de quién los propuso para el Ig Nobel. «Alguien leyó nuestro artículo y le pareció sorprendente», dice. Las otras tres miembros del equipo son las también valencianas Alba Guillén y Àngela Vidal-Verdú y la iraní Leila Satari. Los cuatro se han coronado en el apartado de Ecología gracias al proyecto.

Los Ig Nobel nacieron en 1991 y su principal valedor es el científico Marc Abrahams. El reto es reconocer esas investigaciones científicas insólitas. Estos «anti-Nobel» no son como los llamados «anti-Oscars», los Razzies, que se dan a malas películas. Al contrario, premian las investigaciones sorprendentes y de extremo ingenio. La retribución, eso sí, es simbólica: diez trillones de dólares... Zimbabuenses. Una moneda obsoleta.

Porcar cuenta que, como microbiólogo, sus ojos están «acostumbrados a buscar cosas» donde nadie más pone interés. En este caso, qué microbios hay en cada apartado de la vida cotidiana. Así, sin necesidad de que un molesto chicle se le pegara al zapato, solo caminando por la calle mientras miraba hacia el suelo, se le ocurrió ver qué había más allá.

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