Madrugada en Gran Vía de les Germanies. El neón rosa de la puerta cambia por luces azules y rojas y música a todo trapo cuando se baja por las escaleras a la sala. Tres chavales se vienen arriba. Se levantan de la mesa copa en mano y empiezan a bailar muy tímidamente, vigilando que no les vean, pero con una sonrisa de oreja a oreja. La escena dura 30 segundos. En seguida llega un trabajador del local y les manda sentarse. La noche transcurre así, con el culo pegado al taburete, dentro de un cuadrado de cinta roja y blanca pegado al suelo. Sin poder salir. El DJ anima a la gente sentada.

Comensales en un restaurante del barrio de Ruzafa. | F.BUSTAMANTE

El ocio nocturno se la juega este fin de semana. «Esperemos que la gente responda bien», dice el encargado de la sala, como cruzando los dedos. Es la primera noche sin toque de queda en la ciudad después de más de un año; pubs, salas y otros locales recuperan sus licencias (antes solo podían hacer labores de hostelería). Aforo del 50 % en interior, pueden abrir hasta las 3 y se puede servir bebida hasta las 2:30.Y nada de codo en la barra, que solo se puede usar para servir las bebidas. Es lo más parecido a la normalidad hasta ahora. Si todo va bien, y tal y como anunció el president Ximo Puig, las restricciones se volverán a relajar el 27 de septiembre y se eliminarán por completo el 9 de octubre.

Decenas de personas esperan a las puertas de un local.

Pero la cosa (al menos la madrugada del sábado) no acababa de despegar. «Si no se puede bailar, esto no arranca», dice el encargado de una sala en la plaza del Tossal. Con otras palabras lo confirmaban distintos gerentes de otros locales consultados. «Nuestro público es sobre todo joven y quiere moverse, conocer a otras personas, salir a la pista, no quedarse sentado en una mesa». Si no puedo bailar, tu ocio no me interesa.

Libre circulación

Al menos fue la primera vez en 18 meses en la que era posible salir sin estar pendiente del reloj. «Desde el principio del toque de queda, en mayo pasado, que no nos juntábamos todos así», dice Juan Carlos, comensal de una mesa de ocho personas en un restaurante de la zona de Ruzafa. «Yo soy fallero, así que desde hace solo dos semanas realmente, ahí nos vimos y juntamos muchos», replica su amigo Javi en la misma mesa. Pese a que el toque de queda ha caído, dicen que no irán a otro sitio después de cenar.

Las calles de Ciutat Vella eran un hormiguero. El bullicio es constante, y tiene acento inglés, marroquí, valenciano y alemán. En las plazas sube de decibelios porque las terrazas están a reventar. Cuesta ver una silla libre. Algunas parejas de jóvenes pasan mientras agarran, uno de cada asa, la bolsa de plástico con el botellón. Alrededor de las 11 muchos locales ya están parando a la gente que quería entrar a los locales con un «aforo completo, lo siento». Pese a todo, según comentaban camareros y encargados de la zona, el cambio no fue radical respecto a otros días. «Diría que hay el mismo ambiente, pero como el horario se ha ampliado sí que hay mucho más movimiento de gente. De momento han respondido bien», contaba un camarero del local ‘El Negrito’, en el barrio de El Carmen.

En las calles era bastante común ver pelotas de gente a las puertas de un local. O filas cuando había cordón para hacerlas. Hay más movimiento, sí, pero los aforos siguen reducidos. «De poder meter a 300 personas a solo 150 se nota mucho», comentan en Germanies. «De 200 personas que solíamos tener dentro hemos tenido que pasar a 43. Tampoco puedes hacer bien el servicio de barra. Y ahora tenemos a varias personas que se dedican exclusivamente a que la gente no baile. Hacemos más de policías que de otra cosa», explicaba el encargado de ‘Bolsería’ en la Plaza de Tossal, también hasta la bandera en la parte de las terrazas.

Víctor Pérez, presidente de la Federación de Ocio y Turismo (Fotur) de la C. Valenciana, eleva sus quejas con un «sin baile no es ocio». Reclama que se pueda bailar con mascarilla dentro de los locales y que esta se quite para beber en las mesas. «Tenemos que volver a hacer vida en algún momento. Con los buenos datos que tenemos, se tiene que normalizar volver a bailar, no puede ser que nos pasemos los conciertos sentados», denuncia, y añade que tal prohibición no existe en muchos países de nuestro entorno.

El ocio nocturno, prosigue Pérez, se ve como parte de la solución, no del problema. «Con estas medidas solo se fomentan la economía sumergida y las fiestas clandestinas, en lugar de permitir a las personas que entren a locales controlados, y con personal cualificado». Reclama, además, que se amplíen mucho más los horarios. «No entiendo por qué a las 3 pero no a las 6. Eso ayudaría a que el público saliera de manera más fraccionada, y no todo de golpe como pasa ahora», señala.

Pero en otras zonas de València la historia fue bien distinta. Ximo Lorenzo es dueño de ‘El Clandestí’, local de copas de Benimaclet, y dice que la madrugada del sábado recibió «el doble o incluso más» de personas que cualquier otro fin de semana. «Estoy seguro de que se quedó más gente fuera del local de la que entró en todo el día», explica. Confirma el hecho de que hubo mucho más movimiento que semanas anteriores, con muchas más personas frecuentando el ‘pub’ por la tarde. Por la noche, pronto tuvo que colgar el cartel de «aforo completo».

Confiesa que le sorprendió el levantamiento de medidas y que las toma con mucha cautela. «Ha sido muy duro. Todo este tiempo cerrado, y cuando abres volver a cerrar al poco tiempo, así que las cojo con pies de plomo», dice. Y pese al reventón de anoche en su local sigue lastrado por temas de aforo. «Al final estás metiendo solo a la mitad de personas, y eso se nota muchísimo a la hora de ganar dinero», apostilla. Justo este 9 de octubre se cumplen 4 años desde que Ximo abriera el bar, y espera que sea un día de celebración. «Por lo económico, pero también porque ya no hay restricciones, sentencia».

Tras cerrar el Clandestí, y el resto de pubs, la plaza de Benimaclet se presentaba hasta la bandera, con decenas de personas haciendo botellón, y siguió así hasta altas horas de la madrugada.

«Notas que te falta algo», dice David, desde la pista de baile de Radio City, uno de los locales más frecuentados del barrio de El Carmen, en el Centro de València. Pero ya no hay pista, en su lugar han puesto mesas altas . Juan, a quien David apodó en ese momento «el precavido», dice que no le parecen bien las medidas. «Creo que no pasaba nada por esperar quince días más, sobre todo pensando en las fallas que acabamos de celebrar, y si eso va a tener un efecto en los contagios. Podríamos haber visto los datos y luego decidir», precisa. A su lado, un tercer amigo bromea. «Pues yo no he bailado en mi vida, así que bien».