La erupción de La Palma nos ha causado, al tiempo, admiración y temor. Así es la naturaleza, un recurso maravilloso que, en ocasiones, se comporta de forma extrema. Y así ha sido desde el origen de la Tierra. Porque la Tierra es de la naturaleza. Nosotros llegamos mucho más tarde y la ocupamos, la explotamos y, en muchas ocasiones, la depredamos. Hemos hecho con frecuencia un uso abusivo de sus recursos. Hemos pretendido domesticar la naturaleza. Pero la naturaleza tiene su funcionamiento que debemos conocer para no rebasar los límites de nuestras actuaciones sobre ella. Esto cuesta entenderlo en las sociedades contemporáneas. Pretendemos una naturaleza a nuestro servicio, que satisfaga nuestras necesidades siempre, en todo momento. Este verano hemos tenido en nuestro país, inundaciones, deslizamientos de terreno, terremotos y ahora una erupción volcánica. Y hemos comprobado, con las imágenes de las televisiones, que en todos los espacios afectados hay viviendas ocupando el territorio de la naturaleza, que es también un territorio de peligro. La naturaleza se ha vuelto un problema. Ahora nos damos cuenta de las barbaridades cometidas, del mal uso del territorio, del afán por querer una naturaleza domesticada. Los episodios extremos de la naturaleza, como el que ahora se vive en La Palma, es sólo la comprobación de que la Tierra está viva, que se mueve con su propia dinámica. Lo lógico sería adaptar nuestras actividades a su funcionamiento. O al menos no rebasar ciertos límites que someten a la gente a una exposición muy alta ante un posible evento extremo. Pero no aprendemos. Queremos más y más. Y los efectos se seguirán presentando en forma de destrucción y muerte. El problema somos nosotros.