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La vida después de un expediente brillante

Una empresa de telefonía móvil, terapias contra el alzhéimer y un doctorado premiado son los frutos del esfuerzo

El investigador en Filosofía César Ortega y el empresario tecnológico Carlos Lledó. | MA MONTESINOS

Ha llegado septiembre y con él las aulas se han llenado de chicos y chicas de 18 años que han entrado por primera vez en las facultades universitarias. Entre todos esos alumnos recién salidos del instituto, hay algunos que pueden sentir una presión añadida durante estas semanas: son aquellos que vienen de sacar, hace apenas tres meses, las mejores notas de selectividad en toda su promoción.

La valenciana Rebeca Blanch, en San Diego (EE UU). | LEVANTE-EMV

Dan entrevistas, reciben felicitaciones por doquier y en ese entorno quedan enfrentados a una decisión trascendental como la de elegir una carrera. Si se hace otra ampliación con lupa, hay un grupo de esos estudiantes brillantes que suele estar presionado para elegir un grado por sobre otro debido a sus altas calificaciones en bachillerato, en selectividad o en ambas. Toman la decisión —influenciados o no por su contexto— y a partir de entonces pocos serán los que sepan más sobre sus vidas posteriores.

Un 14 sobre 14 en el selectivo

El valenciano Carlos Lledó Jannone tiene ahora 29 años y en su día sacó un 14 sobre 14 en las Pruebas de Acceso a la Universidad, algo raramente visto en la Comunitat. Entonces, al recibir aquella nota perfecta, dijo a Levante-EMV que quería estudiar Ingeniería Aeroespacial. Y eso hizo en la Universitat Politècnica de València. Pero ha llovido mucho en su vida cuando se reencuentra con este periódico once años después. El Carlos de 2021, todavía joven, poco tiene que ver con el del año 2010. Y considera que, con los cambios de rumbo que ha dado, es «feliz».

«Cuando estaba en el último año de Ingeniería Aeroespacial ya veía que no me convencía dedicarme a eso durante los siguientes cuarenta años», revela. En paralelo a ese descubrimiento personal, creció en él un interés cada vez mayor por el mundo de los negocios. «Mi entorno me recomendó continuar y hacer un máster y dedicarme a la ingeniería, habían sido muchos años de sacrificio pero decidí tomar la opción más arriesgada y ha dado buenos resultados», sigue.

En 2019 comenzó junto con su socio un proyecto de telefonía móvil, Iwaky, que ofrece venta y reparación de productos al por mayor y a cliente final. Tiene una tienda en València, otra en Madrid y pretende ampliar sus operaciones. Realiza unas 1.000 ventas al mes, emplea a trece personas y en el último año ha multiplicado por cuatro su facturación.

«Una vez terminé la universidad sabía que quería ir encaminado hacia el mundo del emprendimiento. Ha sido un camino duro pero ha merecido la pena», indica Carlos. La ingeniería aeroespacial y la telefonía móvil tienen poco o nada que ver.

«Lo único que tienen de relación es la tecnología, que siempre me ha gustado», apunta. Por lo demás, fue un volantazo de grandes dimensiones que dio en 2017, tres años después de acabar la carrera. Ese año se metió de lleno en el mundo de la telefonía, con la visión de darle una segunda vida a teléfonos usados de alta gama.

La estabilidad económica —ansiada por una generación que en su mayoría vive la precariedad y la incertidumbre laboral— le ha llegado por un medio bastante diferente al que, a buen seguro, pensó al principio. Al ser preguntado por si aquel vertiginoso 14 sobre 14 tuvo que ver en la elección de la carrera, dice que «sí que influyó». «Estaba casi seguro de que quería una ingeniería, y esa era la que más nota tenía, la que más difícil era», rememora.

Matrículas de honor

La historia vital de César Ortega Esquembre guarda similitud con la de Carlos hasta el final del Bachillerato. César sacó matrículas de honor en esa etapa y, en su caso, sabía que apostaría por una carrera que no requería una nota de corte elevada. «Finalmente opté por Filosofía, desde luego no motivado por un afán de riqueza», bromea. César afirma que su elección de hace unos años respondió a «lo que se suele decir una cuestión vocacional».

Antes de entrar a la facultad tuvo que oír la pregunta que multitud de estudiantes de carreras de Humanidades deben soportar. «¿Y eso para que sirve?», le decían. César se doctoró en 2018 con premio extraordinario de doctorado de la Universidad de València.

Ahora, este joven natural de Yecla (Murcia) es investigador posdoctoral en ese centro y ha desarrollado parte de su posdoctorado en la Universidad de Columbia de Nueva York. Ha conseguido trabajar en ese ámbito por el que le inquirían. «Saber que cada día vas a poder dedicarte a indagar y reflexionar sobre cuestiones que consideras importantes es muy ilusionante», añade.

Existe, en cualquier caso, la cuestión de «que las fuentes de financiación siempre pueden ser mayores». La UV reivindica la urgencia de un convenio que mejore la situación económica y laboral de sus contratados. Así, subrayan desde la universidad, habrá más oportunidades para personas que destacan en Humanidades y Ciencias Sociales.

«Optar por las humanidades, o por ciertas ramas de las ciencias sociales con una tasa de empleabilidad relativamente baja, no es una condena, aunque sí entraña algunos riesgos», analiza César. Pero apunta que, «si nadie asumiera estos riesgos y estas disciplinas desaparecieran», la sociedad sería «demasiado horrible». Sea como sea, él se siente «afortunado por las muchas oportunidades» que ha tenido para ejercer.

Una de las caras de las carreras con mayor corte de admisión es la de que no siempre aseguran estabilidad. «Al empezar, nadie nos contó cómo iba a ser a nivel laboral», explica Rebeca Blanch, que estudió Biotecnología y se especializó en biomedicina, desde la Universidad de San Diego (EE UU). Allí realiza una estancia doctoral. También entró de las primeras en su curso. «Me siento afortunada, pero si sigo investigando optaré por salir al extranjero. No soy la norma entre mis compañeros», asegura, Sí cuenta que aquella nota pretérita en selectividad le dio ventaja para la beca doctoral que disfruta ahora.

Rebeca ha tomado las decisiones «sobre la marcha» y se orientó en cada momento a lo que más le gustó dentro de un ámbito que al principio le atraía y luego la atrapó. «He estado diez años formándome y me gusta mi trabajo», dice esta valenciana que se dedica a investigar terapias clínicas para enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer.

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