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El debate del año exhibe dos realidades paralelas a años luz

Se encuentra con un PP que dibuja un caos en la gestión de la crisis y un Consell en guerra

Puig y Oltra se saludan ante la mirada de Illueca tras el discurso del jefe del Consell. m.a.montesinos

Había algo extraño en la mañana. No era un Debate de Política General usual. Fundamentalmente, porque la sesión parlamentaria del año era la segunda cita del día para la mayoría de miembros del Consell, que pasaron antes por el Palau de la Generalitat para aprobar un alivio de las restricciones covid acorde con la situación sanitaria, de riesgo bajo. También porque debutaban tres portavoces (María José Catalá, PP; Ruth Merino, Ciudadanos, y Pilar Lima, Unides Podem) y un vicepresidente (Héctor Illueca). Y porque en los pasillos se detectaba un ambiente frío entre los socios principales del Consell después de semanas de fricciones por los presupuestos y la tasa turística.

Lo que sucedió era quizá esperable, pero no por ello menos relevante. Entre el discurso de Ximo Puig y el de Catalá (lo de Vox ya se suponía) medió una distancia abismal, muy por encima de las normales y saludables discrepancias. Es como si en la Comunitat Valenciana pudieran convivir dos realidades paralelas, como si la verdad fuera gaseosa y pudiera ser una y la contraria. Un fenómeno muy de este tiempo, donde las exportaciones (por poner un ejemplo) pueden subir y bajar en cuestión de minutos según quien maneje las cifras. Una jornada muy de 2021, en fin. Fue tan evidente que la síndica de Cs modificó su discurso para reflejar estos universos paralelos, que ella resumió entre «el mundo feliz» de Puig y el panorama «desolador y apocalíptico» de Catalá.

Si la extensión tiene algo que ver con la importancia, el día de ayer era trascendental para el president de la Generalitat porque llegó con un discurso de 12.000 palabras y cien minutos de duración. Llegó con un resumen de la gestión del Consell durante la crisis sanitaria hasta unas cifras mejores que la media española y con un macroproyecto transformador de la C, valenciana a base de fondos europeos. Llegó con la oferta de una segunda Transición en los servicios públicos, un nuevo estado del Bienestar que profundice lo realizado en los años ochenta, durante la puesta en marcha de la autonomía. Por supuesto, no convenció a la oposición, que vio a Puig agotado (Catalá) o utilizando material reciclado (Merino).

Pero más allá del torrente de anuncios que es norma en el discurso sobre el estado de la Comunitat Valenciana, Puig quiso elevar la mirada y abordar también la polarización y radicalidad de estos tiempos. Pidió así unidad ajena a partidismos para esta pospandemia y anheló una sociedad libre de los «venenos» del odio y el fanatismo.

Lo de no «ofuscarse» en partidismos tiene una proyección hacia la oposición, pero también hacia el seno del Gobierno tripartito, en un momento en que la negociación de los presupuestos de la Generalitat de 2022 ha encendido la máquina del enfrentamiento interno sin veladuras.

Catalá fue la que más hundió la dentadura en ese bocado. Retrató un Consell que «no se habla», donde los «cuchillos navajeros» vuelan. Puig respondió que en un Gobierno que lleva «un tiempo juntos hay momentos de todo». Y tiró de ironía: «Usted es ya la tercera portavoz que he tenido esta legislatura: lecciones de cohesión, las justas».

Pilar Lima bajó asimismo el suflé de las divisiones y dio una lección sobre coaliciones de gobierno. «La pluralidad es fortaleza y no debilidad. Hay que desdramatizar las diferencias. No son un drama. El drama es no ser capaces de llegar a acuerdos», afirmó. «Gobernamos mejor cuando lo hacemos en equipo», aseveró al respecto Fran Ferri, que reclamó «Botànic y más Botànic».

Lo del veneno del odio y el fanatismo tiene mucho que ver con lo que se vio en el hemiciclo. Puig instó a cerrarle la puerta. «Está en juego la democracia». Los peligros recuerdan los de otros tiempos, que parecían lejanos, dijo. Pero también nos parecía lejana una pandemia como esta.

Puig se preguntó qué hubiera pasado en esta pandemia sin democracia. «Hubiera sido una catástrofe humana, cívica y social». «Hago una llamada a no permitir que los fanáticos erosionen la democracia». Y puso el ejemplo de Alemania, donde todos los partidos «responsables» han pactado alejarse de la extrema derecha, «los que viven atrapados en el pasado». «Es una gran lección», concluyó. E insistió en ello cuando contestó, tras confesar que dudaba de la utilidad de hacerlo, a la portavoz de Vox. Una intervención que calificó de «ensayo de negacionismo».

En estos debates es importante también lo que no se dice. Así, es significativo que Puig ni mentara la tasa turística ni la ampliación del puerto de València en su largo discurso. Lo hicieron los socios con profusión. «Estaría mejor que las decisiones sobre un puerto se hicieran teniendo en cuenta lo que piensa la ciudad», dijo Fran Ferri (Compromís) a cuenta de la descentralización que forma parte de la agenda reiterada de Puig y el Consell.

La dureza de Catalá con Oltra

También es relevante que el jefe del Consell no respondiera a las acusaciones del PP sobre la vicepresidenta Mónica Oltra y la sentencia contra su exmarido por abusos a una menor tutelada. Catalá fue muy dura sobre la actitud del Consell con la joven «para salvar la carrera de Oltra». Pero nadie le contestó.

De lo que sí se habló es de Madrid. Fue la comunidad más citada durante la jornada, casi tanto como la valenciana. O modelo o lo peor. Puig echó en cara a la portavoz del PP que pusiera como ejemplo una comunidad con una letalidad muy superior a la valenciana (de las más altas de Europa).

Y tampoco podía faltar la relación con el Gobierno central. Financiación, trasvase Tajo-Segura y Cercanías fueron líneas rojas que Puig marcó antes de que lo acusaran de debilidad ante Pedro Sánchez. «Toca ya. No vamos a esperar», afirmó, si bien subrayó a continuación que «se han recibido más recursos del Estado que nunca. De financiación habló mucho también Ferri, evidenciando que su grupo pretende la bandera de esta batalla. Del trasvase Puig dijo que es «irrenunciable», si bien se está abierto al diálogo para aumentar los recursos. Y de las Cercanías refrescó, como le recordó Catalá, la reivindicación de recibir la competencia (y el dinero para sostenerla).

Al final, Puig acabó como había empezado. Pidió unidad ante el tiempo que empieza, una «década de oportunidades», una etapa de crecimiento económico y prosperidad social. Están los recursos y los proyectos para ello, dijo. «En esta hora trascendental», pidió la unión de El abrazo de Juan Genovés, símbolo de la reconciliación tras la dictadura, para «buscar la luz» y «dejar la noche». No parece fácil, a tenor de lo visto y oído.

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