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El agujero negro de la salud mental en las prisiones

Se estima que el 40 % de la población reclusa sufre alguna enfermedad mental

Las dos exreclusas entrevistadas para el reportaje. | FERNANDO BUSTAMANTE

«Las mujeres allí estaban destrozadas. Entraban siete personas a la celda, se les iba la mano y te lo quitaban todo; el colchón, las mantas, el tabaco, el mechero... Esa noche dormí en el suelo y sin manta. Solo porque nos daban brotes, pero yo no era consciente de lo que me estaba pasando».

Sandra (nombre ficticio) entró en la prisión de Villena diagnosticada y con fármacos para la esquizofrenia y el trastorno de personalidad. Además, era adicta a la heroína y la cocaína. «El médico me fue quitando la medicación porque decía que ya no la necesitaba. Pero él no era psiquiatra ni nada. No sabía qué me podía pasar si me la quitaba. Imagínate, quitándome la coca y la heroína de golpe y encima sin medicación. Fui una bomba», afirma.

No hay médicos especialistas en psiquiatría ni psicólogos clínicos ni psiquiatras en las prisiones valencianas (con la única excepción de Fontcalent). No los hay a pesar de que el 65 % de los internos tiene problemas de adicción y el 40 % trastornos de salud mental, según un reciente estudio del observatorio Odsp.

Algunas personas padecen «patología dual» (adicciones y trastornos). Es el caso de Amparo y Sandra, dos mujeres que pasaron por las prisiones de Villena y Picassent hace menos de tres años, y que han vivido en sus cuerpos la falta de profesionales de salud mental en los centros penitenciarios. Ambas prefieren mantenerse en el anonimato por el estigma que pesa sobre las personas judicializadas y con trastorno mental.

«El caso de Sandra es el ejemplo perfecto del desastre», explica Javier Vilalta, coordinador del informe Odsp y trabajador de la asociación Àmbit. «Necesitamos profesionales para tratar a estas personas porque está demostrado que si se les atiende evitan la llamada ‘puerta rotatoria’» asegura. En el informe se reclama un incremento de profesionales de salud mental en las cárceles y la inclusión de estos centros dentro de los servicios públicos de salud mental, tal y como obliga la ley desde 2003. Amparo es otro ejemplo de fracaso del sistema penitenciario debido a la falta de profesionales. Pasó un año y nueve meses en Picassent sin ser diagnosticada de trastorno de personalidad. No fue hasta que salió del centro cuando la sanidad pública valenciana conoció su trastorno.

Dejadez administrativa

«Allí es imposible que te diagnostiquen. Los médicos no son psiquiatras. Como mucho te dan un Lorazepam y ya», denuncia Amparo. En su paso por prisión, y a pesar de que vivió varios brotes, nadie se molestó en llamar a un especialista en salud mental para que pudiera ver qué le pasaba. «Cuando iba a darme un brote y pedía ayuda los funcionarios me contestaban con un ‘cállate’ y con malas palabras», afirma Amparo. Explica que la prisión «es un patriarcado y un mundo de sumisión para las mujeres».

Sandra entró en primer grado de la prisión de Picassent por error. Tenía la documentación que acreditaba sus trastornos mentales pero la internaron en el módulo de enfermería de una prisión sin psicólogos. Todo el día sola en la celda sin ningún objeto a su alcance, sola en el patio al que podía salir únicamente una hora al día... durante ocho meses en los que además padeció de insomnio.

Programa Paiem

Pese al ‘error’ que cometieron, Sandra explica que al final no todo fue malo, ya que finalmente la trasladaron al programa Paiem (de atención a reclusos con problemas de salud mental) en la prisión de Picassent, también en el módulo de enfermería. «Allí me visitó un psicólogo y la psiquiatra tardó pero también me llegó a atender»

Respecto a la relación con el resto de reclusas, las entrevistadas también cuentan que pesaba mucho el estigma de la salud mental. «Mira que hay gente mala en la cárcel, pero a mi me tenían apartada. Decían: ‘ahí viene la loca’, y yo pensaba ‘me estás criticando a mi, con lo que has hecho tú’», lamenta Sandra.

El primer día en la cárcel es la visita a otro mundo. «Allí todo funciona distinto. Es una ciudad con otras normas», revela Amparo. Pese a todo, «estás en la calle y tienes ganas de entrar. Sé que suena duro, pero tienes techo y comida», añade Sandra.

Hoy, las dos entrevistadas han dejado atrás ese pasado. Ambas tienen ingresos que les permiten vivir y han recuperado la relación con la familia en un camino para nada fácil. «Si vieras a Sandra, ahora está estupenda», dice Amparo. Cuenta que está muy contenta, porque su hijo (tiene tres) ha sacado un sobresaliente en una asignatura de la carrera.

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