«Arquitectura en corto» para «hacer la arquitectura más fácil de entender para la gente y más divertida para los arquitectos» es el acto que acogió ayer el Colegio Territorial de Arquitectos de València (CTAV) en el que tras proyectar un documental tres arquitectos debatieron sobre la importancia de la arquitectura del día a día.

Andrés Sassi, promotor de la iniciativa «Arquitectura en corto» que cierra ciclo en València tras visitar otras ciudades de España para acercar el mundo del cine y la arquitectura asegura que esta iniciativa pretende «llevar la emoción de la gran pantalla al mundo de la arquitectura, a través de 50 eventos, 50 cortometrajes y ponentes de grandísimo valor».

El cortometraje «The divine way» («La vía divina»), de la directora Ilaria di Carlo, que dio pie al debate celebrado ayer en el Colegio Territorial de Arquitectos de València (CTAV) transcurre en Berlín. Ha obtenido 35 premios, entre ellos en la bienal de València «Mujer y Cine». En el corto se ve a una mujer que baja peldaño tras peldaño unas escaleras que son el escenario y protagonistas de este cortometraje: cincuenta escaleras. El audiovisual está Inspirado en la Divina Comedia de Dante, y representa «una metáfora de las escaleras: el viaje de autodescubrimiento en relación con la arquitectura y el paisaje».

Sobre estas metáforas y sus escaleras favorita debatieron tres destacados arquitectos: Ramón Esteve, Carlos Salazar y Fran Silvestre. Para Silvestre sus preferidas son «las del Palau dels Borja en Gandia, como un preludio en piedra de las escaleras en catenaria invertida, las bóvedas a la catalana o bóvedas de Guastavino, que nadie sabe hacerlas. Y a nivel internacional, la del Museo de Santo Tirso de Álvaro Siza, en la que cada peldaño cuenta una historia y condensa toda la arquitectura de Siza en una escalera».

Para Carlos Salazar «las mejores escaleras de València están en el monasterio de Sant Jeroni de Cotalba o en la Lonja. Y un arreglo que hice en la calle Moratín 17, con una escalera de honor que te recibe y te dice ven para acá». Y en el exterior «la Biblioteca Laurenziana de Miguel Ángel en Florencia y la de la ópera de París que tienen un punto barroco y en el que los escalones se mueven, son como ondas que van bajando».

A Ramón Esteve le interesan más « las escaleras góticas que generan espacio en sí mismo, como la de la Lonja. O las de Florencia y el Vaticano en las que vas subiendo en paralelo a la cúpula». Preguntados durante el debate con el público si tienen amor o odio hacia las escaleras como arquitectos, los tres se mostraron favor. Para Ramón Esteve, «es un elemento más que forma parte de la iniciativa del proyecto. Es una continuidad de todo lo que pasa en la historia que es un proyecto: conecta varios niveles. Es un lugar donde hay un accidente: cambias la actitud y posición. Y esa singularidad me parece un punto muy interesante. Aunque es una pieza donde puedes mejorar mucho un proyecto o estropearlo», defendió Esteve.

«Como piezas de relojería»

Al tiempo que recordaba un proyecto en Roma, en un palacio del siglo XIX «con una escalera que es como una pieza de relojería y en el que colaboré, con artesanos que trabajan el latón».

Al arquitecto Carlos Salazar, las escaleras le interesan « como espacio dinámico, es una manera de recibirte. Una vez leí que la escalera es el alma de la casa. La escalera es como alguien que te recibe. Y lo ideal es que no sea una escalera previsible y que te sorprende según la recorres. Las que te permiten mirar y ver la casa de arriba a abajo».

Para Fran Silvestre, las escaleras son «como un travelling, recorridos como en ‘Alicia en el País de las Maravillas’. Las escaleras con muy pocos niveles son las que más disfrutamos en el despacho. Son mesetas en las que van pasando cosas. Una sucesión que nos sigue divirtiendo».

Los tres arquitectos también repasaron, entre otros asuntos del debate, las escaleras urbanas que «en ciudades con mucho desnivel generan espacios muy interesantes» como la de la plaza de España en Roma, la del Puente del Mar de València, las de Toledo o las de Chipperfield en Teruel. «Son ejercicios para salvar espacios urbanos que son muy chulos».